
Por: Luis Yunis
Presumiendo que los peruanos de bien estamos indignados por los sucesos acontecidos en Puno, mi disgusto, enfado, pesadumbre y amargura se lo hacía saber a un general del ejército, amigo él, Comando Chavín de Huántar y soldado por donde se le mire. Le decía, y prácticamente le increpaba muy suelto de huesos: “¿Qué está pasando con tu Ejército? ¿Cómo es posible que no haya órdenes precisas para un cumplimiento de operaciones y que se permita asesinar a humildes jóvenes que se han ofrecido voluntariamente a servir a la patria…presumo que debes sentir vergüenza ajena por todo lo que viene ocurriendo…es cobardía, falta de huevos, decisión política o los militares no saben qué hacer?”
Arequipeño mi amigo, inmediatamente me contestó: “Es muy fácil criticar, todo el mundo opina, dice una cosa y luego otra, pero nadie da salidas a este entrampamiento, ¿y qué se debe hacer?” De inmediato le contesté que la salida es absolutamente política y que por lo tanto, el Ministro de Defensa y el jefe del Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas deberían así exponérselo hasta la saciedad al Premier para que éste con el respaldo de ambos le exponga a la presidente Boluarte de que si no toma acciones tajantes y contundentes para contener el terrorismo galopante la situación empeorará y el país continuará generando más crisis, sumando más muertos y creando mayor inestabilidad social.
Él, cortésmente saludo la respuesta, pero militarmente replicó palabras muy nobles y definitivamente justas: “Comparto tu indignación porque yo no puedo permitir que me entreguen hombres sanos y valientes para servir a la patria y luego tenga que devolverlos a sus familias en cajones muertos de manera humillante. No es lo justo. Si yo hubiera estado allí y veo que la vida de mis soldados está en peligro, inmediatamente hubiera ordenado disparar para amedrentar y si no hubiera tenido efecto, de inmediato la orden hubiera sido disparar a las piernas. Aquí debe haber un responsable político”. Coincidí con él, y sentí la rabia e impotencia en su voz.
La noche del 9 de enero pasado, en la ciudad de Juliaca (Puno), el Suboficial de segunda PNP, José Luis Soncco Quispe se encontraba realizando labores de patrullaje a fin de preservar la vida de los ciudadanos juliaqueños, lamentablemente fue violentamente interceptado por vándalos que cobardemente lo quemaron vivo dentro de su patrullero, algo que desde todo punto de vista es reprobable y totalmente condenable, sin que hasta hoy tengamos responsables, ni autores materiales, ni culpables políticos pese a que a todos los peruanos de buena voluntad nos causó terror la noticia.
Puno sigue convulsionado llorando sus diecisiete muertos ocurrido el día que asesinaron al Suboficial Soncco y desangrando a sus fuerzas del orden sin que hasta ahora se encuentre una forma de dialogar y hallar un punto medio para poner fin a un ataque que le hace daño a la región y al país en general.
Se tiene conocimiento que el 05 de marzo, un aproximado de 800 a 900 vándalos rodearon el camino donde patrullaba un pelotón de 21 soldados al mando de un capitán, siendo sorpresivamente atacados con piedras lanzadas con hondas y huaracas y hostigados de tal manera que fueron presionados a lanzarse al río Ilave dentro de una lluvia de rocas que hasta el momento ha causado la muerte de seis soldados y varios heridos. Se especula que murieron ahogados, pero el protocolo de necropsia dirá la verdad de las causas de la muerte; y conforme señala uno de los sobrevivientes: “Lanzarnos al río era la única salida que teníamos para salvar nuestras vidas”, y hasta el momento, tampoco tenemos responsables, ni políticos que asuman su responsabilidad, solo comunicados oficiales absurdos con olor a sangre, traición y muerte, y todo frente a los ojos de los puneños que van a la deriva.





