
Por: Mario Linares
Las enfermedades que nos hacen miserables, la postración, las escaras, las llagas, nuestros residuos incontrolables, la dependencia absoluta, la depresión, el extravío de la demencia, el dolor agudo de un cáncer, son situaciones de las que es difícil hablar y más difícil padecerlas, en carne propia o en un ser querido.
La muerte de los hijos, del esposo, la esposa, el abandono, la pobreza extrema, el no ser escuchados, el no tener justicia, la tragedia del mal que irrumpe en la felicidad del hogar; todo ello y más, puede hacer que muchos en lugar de acercarse a Dios en pos de consuelo, asuman con desolación y quizás con ira, que el Dios del amor no existe y que no importa nada, que nada tiene sentido sino el presente, el hoy y ahora, que no hay eternidad, que nos han vendido una ilusión que hemos comprado por nuesto anhelo de felicidad.
Quienes así piensan omiten que el sufrimiento es producto de nuestra frágil condición humana y de nuestras decisiones o la de terceros, siendo que las realidades terrenas corren independientemente del amor de Dios que sirve justamente para afrontar nuestras desgracias.
Ante lo anterior es menester caer en la cuenta que desde Getsemaní y hasta el Gólgota ha transitado el dolor de aquel que nació en Belén sobrenaturalmente asumiendo condición humana, haciéndose “hijo del hombre” y que por ello entiende y sabe de nuestra fragilidad, de nuestro sufrimiento, de nuestro dolor.
Saberse traicionado por quien se ama, te aturde, te destruye, te nubla el entendimiento pudiendo sobrevenir la idea de pagar mal con mal, de odiar. Asimismo, ver que tus sacrificios por los tuyos no son retribuidos sino con indiferencia o desprecio, generan la tentación de dejar de sacrificarse, de dejar de amar.
¿Acaso todo lo anterior no tiene paralelo con el sufrimiento de Jesús al punto de que este, vislumbrado en Getsemaní el futuro inmediato, sudó sangre y rogó que de ser posible no pase por el trance difícil venidero? ¿No se equipara con nuestra realidad el verse abrumado por la traición y el abandono de los suyos y por ser consciente de que su sacrificio será inútil para muchos que igual ejercerán su libre albedrío para el mal?
Los ojos casi cerrados por la hinchazón producto de los golpes, el zarandeo ante las autoridades, los escupitajos, la burla, la humillación, el desprecio, las espinas lacerantes causantes de agudo dolor en su cabeza; la espalda hecha colgajos de piel abierta a golpe del látigo con puntas de plomo, el cuerpo hecho un amasijo de sangre, polvo y sudor, las rodillas sangrantes, la llaga en la zona de apoyo de la cruz, su desnudez, la perforación de pies y manos, su izamiento doloroso en la cruz, la deshidratación y los esfuerzos por respirar que causan dolor y nublan la lucidez cada vez que trata de utilizar sus pulmones, la ignominia de ser castigado como un criminal siendo inocente, todo ello, todo, tiene un paralelo con el sufrimiento de los despreciados, los abusados, los maltratados, los traicionados, los abandonados.
El nazareno, como no, sabe de sufrimiento físico y espiritual, lo sabe en carne propia, pero, también conoce de confianza en el padre a pesar de todo, conoce de perdón aún en los momentos más difíciles, sabe de consuelo, paz y esperanza, aquí y allá, sabe también y por eso ofrece, concordante con su amor, de felicidad perfecta y eterna.
El sacrificio del hijo de Dios y Dios mismo, además de ser auxilio de quien sufre, es oportunidad también para quienes padecen el vacío de la intrascendencia, del materialismo, de la ausencia de amor, del hartazgo de verse sumisos al mal que se hace conscientemente o disfrazado del bien.
Sea propicio este viernes santo para en el marco del misterio del sacrificio de Jesús en la cruz, le entreguemos nuestros dolores y sufrimientos con la convicción de sabernos amados en toda circunstancia y lugar.





