
Por: Luciano Revoredo
En toda república, el congreso está llamado a ser el soporte institucional de la democracia: legisla, fiscaliza y representa la voluntad popular bajo el marco de la Constitución. En nuestro país, exhausto por la crisis política, la inseguridad y el colapso moral; el parlamento debería asumir un rol aún más decisivo. Debería a través de leyes adecuadas y un ejemplo de institución intachable, ser el freno de la corrupción y el motor que impulsa leyes urgentes y necesarias. Sin embargo, la institución se encuentra atrapada en su peor versión: un congreso que, lejos de encarnar los valores republicanos, ha devenido en uno de los principales factores de deterioro moral.
Es cierto que existen excepciones notables. Algunos esfuerzos legislativos son logros reales que merecen ser reconocidos. Pero esas voces valiosas no logran revertir la tendencia general. En un mar de mediocridad, su contribución se diluye, no por falta de mérito, sino porque el peso de la decadencia institucional es demasiado grande.
Lo que predomina en el congreso y marca la vida nacional, es la corrupción y la mediocridad convertidas en regla. Blindajes vergonzosos, redes de intereses subalternos, operadores disfrazados de legisladores y una caterva de impresentables que han degradado del parlamento nacional hasta convertirlo en una agencia de empleos, un mercado o hasta un centro podológico, cuando no un puticlub.
La fiscalización se ha degradado en espectáculo y la legislación en un proceso improvisado, caprichoso y populista. La crisis es moral, técnica y política.
El parlamento peruano debería ser un espacio de excelencia, pero hoy es un escenario donde la incapacidad domina el debate. Una institución que no entiende el tamaño de la responsabilidad que tiene entre manos.
Ante esto, la urgencia de reivindicar al congreso es absoluta. Porque sin un parlamento decente y competente, el régimen republicano se convierte en una caricatura de sí mismo. Limpiar la institución es indispensable: expulsar del espacio público a los corruptos, cerrar la puerta a los improvisados, impedir que la mediocridad siga campeando. El país necesita un congreso que recupere la seriedad perdida, que vuelva a ser un contrapeso real y no un mercado de favores.
Lamentablemente algunos partidos parecen decididos a impedir cualquier recuperación. En lugar de elevar el nivel, lo hunden más. Estamos ad portas de un nuevo proceso electoral y ya postulan figuras de la farándula, personajes sin trayectoria, etc. Prefieren el cálculo pequeño, el escándalo fácil, el rostro famoso, antes que la responsabilidad democrática. Esa apuesta por la frivolidad es un insulto al sentido común y a la ciudadanía.
El Perú necesita un congreso a la altura de su historia y de los desafíos que enfrenta. Lo que hoy tiene es una institución capturada por intereses subalternos, erosionada por la incompetencia y sostenida por una clase política que ha renunciado abiertamente a la posibilidad del buen gobierno. Por eso, la tarea de limpiarlo y reconstruirlo no es solo una necesidad, es una obligación impostergable si queremos recuperar la República.





