Vida y familia

UN JUSTO EN EL BANQUILLO

Por: Tomás I. González Pondal

Como no podía ser de otra manera, la causa asesina que se alza contra los bebitos intrauterinos, festejó la inicua condena que recayó sobre el galeno argentino Leandro Rodríguez Lastra. El festejó no soslayó la novedad, y ellos mismos registraron: “Por primera vez, declaran culpable a un ginecólogo que negó un aborto legal”. Perfecto resumen del camino del engaño mortal: al asesinato se le da rango legal (“aborto legal”); el médico ya no debe bregar por la vida sino que debe estar dispuesto a matar (“ginecólogo que negó”); y quien no mate se lo condenará (“declaran culpable”).

Una nación no toca fondo porque a un galeno se lo condene por no matar bebitos en gestación, sino que toca fondo cuando aprueba que se los mate. Desde ese mismo momento todo es esperable, incluso lo que hoy tenemos que soportar, esto es, que un doctor que bien actúa sea declarado culpable por causa de haber hecho el bien.

El justo procede según justicia, pero el justo no está exento de caer en las garras de la iniquidad, y, por eso mismo, en históricas ocasiones, tras ver a algún justo en el banquillo, lo vemos pagar como culpable. “¿Quién te denunció, Leandro?” Una diputada defensora de asesinatos llamada Marta Milesi. “¿Y por qué lo hizo?” Porque no asesinaste a un pequeño ser humano de cinco meses de gestación. “Y al hacerlo, ¿qué estrategia usó?” Decir que violaste los deberes de funcionario público. “¿Y quién admitió un proceso tan nefasto?” El juez Álvaro Meynet. “¿Y cómo sentenció?” Como era de esperarse: declarándolo culpable. Las cartas fueron echadas, pero sabíamos que se cartearon, por eso tiempo atrás adelantábamos el resultado en otros dos escritos sobre igual materia.

“¿Pero qué dijo el juez para intentar justificar lo injustificable?” Que lo encontró responsable de incumplimiento de los deberes de funcionario público. “¿Y qué más?” Que no respetó la voluntad de la paciente. Quien como juez debe ser garante del derecho da sobradas pruebas de despreciarlo, y quien con rigurosidad debe conducirse según razón, hace prevalecer la sinrazón por sobre el sentido común. Quien como funcionario público viola su deber de impartir justicia, condenando a un funcionario público por haber cumplido con su deber de luchar por la salud y la vida. Pues juez y médico, en el caso que nos convoca y por causes distintos son funcionarios públicos, pero el juez señaló al médico aquello que, mientras lo señalaba, él mismo inescrupulosamente violaba, a saber: con su deber de funcionario público. Ya sabemos que ni ley divina ni ley natural le ha importado nada al magistrado; ya sabemos que ni el sentido común le dijo algo. También sabemos que el orden constitucional no le importó, pues, ¿a título de qué una Convención sobre Derechos del Niño y que tiene jerarquía constitucional, sostiene que ‘niño es todo ser humano desde la concepción y hasta los dieciocho años’, sino va a servir más que como letra muerta? Pero insistirá el juez recurriendo al sofisma, que debe ser oída la paciente, probando así que nada le importa descubrir la voluntad del otro ser humano al cual manda a la muerte.

Sin desconocer las buenas intenciones de muchos, rechazo sus razones cuando pretenden defender a Rodríguez Lastra, basándose en lo que sostiene la OMS con su tiempito arbitrario, eso de que no se podía abortar al nasciturus porque ya había transcurrido más tiempo del fijado por parte de la organización referida y según la cual el aborto sería permitido. ¿Para qué fundarnos en algo que es un atropello al bien, a la verdad y a la ciencia más avanzada? ¿Qué pasaría si un bebito se hallase dentro del tiempo que la “OMS” aprueba para abortar? ¿Entonces sí podría un médico abortarlo? ¿Entonces sí sería condenable un médico que no lo hace? ¡No! La vida humana empieza en la concepción, y el hombre no tiene poder alguno para arrebatar aquello que no puede crear. No es Dios. Por eso lo que dice la OMS, lo que expresa el fallo FAL, lo que manifiestan los protocolos, esas cosas son las verdaderas letras muertas: pues no tienen vida en la verdad y conducen a la muerte injusta.

Con una sentencia nefasta y abstracta devenida en “ley” hay quienes marchan al futuro en busca de nuevas vidas que extinguir, y por iguales fueros algunos, como el juez Meynet, viajan al pasado, para hacer saber que hay alguien que hoy teniendo vida debería estar muerto.

El médico actuó con justicia dando a cada uno lo suyo, y el Juez, que debería más que nadie hacer lucir la justicia, actuó con una injusticia repugnante no dando a cada cual lo que le corresponde. En el atropello anterior queda incluido lo que se le quita indebidamente al bien común, el cual se ve minado por una sentencia que en vez de ser promotora de la paz, intenta, entre otras cosas, sembrar el miedo.

Doble carga sobre el magistrado por doble injusticia, y una tercera por ser pionero en un mal. Porque dos fueron los inocentes a quienes se los vio culpables: la sentencia inicua al declarar digno de condena al médico que salvó la vida de un niño, declara también de modo concreto su aprobación contra la vida del niño que debería haber sido extinguida con el aborto. Para el magistrado hay un médico condenable porque no hay un pequeño asesinado, o, lo que es lo mismo, para el magistrado habría un doctor inocente si hubiera hoy un bebito liquidado. Y es en razón de su pionero fallo perversamente fallado, que al haber abierto un rumbo que tal vez otros sigan, se echó encima el peso de lo que pueda sobrevenir tras su perniciosísimo ejemplo.

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