
Por: Luciano Revoredo
Durante años, la izquierda caviar y sus aliados en las ONG intentaron desarmar nuestra capacidad de discernimiento mediante un mecanismo cínico: el verbo “terruquear”. Inventaron este término para blindarse, convirtiendo una advertencia legítima en una supuesta falta de argumentos. Nos dijeron que llamar terrorista a quien apoya la violencia subversiva era un exceso, una táctica facha, una invención para descalificar al adversario.
Hoy, la historia les ha dado una lección brutal. Aquellos que se rasgaban las vestiduras por el supuesto estigma del terruqueo son los mismos que, en la práctica, facilitaron la infiltración del aparato estatal por remanentes del senderismo y el movadefismo. La realidad no solo ha superado la ficción; ha dejado al descubierto que el “terruqueo” no era una falacia, sino un diagnóstico médico sobre la salud de nuestra democracia.
La estrategia fue clara: aprovechar la democracia para destruirla desde adentro. Vimos cómo Pedro Castillo, un hombre con evidentes vínculos con el MOVADEF, escalaba hasta Palacio de Gobierno. Pero el peligro no se fue con su caída. Con el advenimiento de un renovado partido JP y de Roberto Sánchez, el candidato que viene precedido por una fama de sinverguenza y traidor, la política peruana se ha visto permeada por personajes con historiales que hielan la sangre.
Casos como el de Iber Maraví, cuya sombra siempre ha estado vinculada a la violencia senderista, o la llegada al Parlamento de figuras como César Tito Rojas, fundador del MOVADEF, brazo político de Sendero Luminoso, no son coincidencias. Estos sujetos, que han buscado instrumentalizar organizaciones como la FENATE para sus fines extremistas, no están ahí para legislar, sino para legitimar la agenda de quienes alguna vez nos llenaron de coches bomba y asesinatos selectivos. Es una ofensa a la memoria de las miles de víctimas que, mediante listas presentadas por sectores como el de Roberto Sánchez, los apologistas del odio logren ahora un escaño.
Tras unas elecciones marcadas por las irregularidades en la primera vuelta, nos encontramos que tras una segunda vuelta con mayor control y previsones estamos ante la inminencia de un triunfo democrático encabezado por Keiko Fujimori y que establecerá un gobierno que rechaza el modelo estatista, populista y totalitario. Frente a esto la izquierda ha quitado la máscara. La narrativa de la “protesta social” ha muerto. Lo que estamos viendo en convocatorias a marchas sobre Lima o discursos de “guerra civil” que se escuchan en Puno, no son muestras de descontento social. Estamos ante el borde del precipicio de una asonada terrorista, ejecutada por desadaptados que buscan el caos para victimizarse y forzar una ruptura constitucional.
Estemos advertidos que cuando un grupo ataca la infraestructura pública y pone en riesgo vidas humanas, el eufemismo se vuelve cómplice. Quienes ejecutan estos actos de sabotaje, quienes buscan paralizar al país mediante la violencia selectiva, son terroristas. No hay matices. Llamarlos manifestantes es insultar a la ciudadanía que desea trabajar en paz.
Reivindico el derecho a llamar las cosas por su nombre. El “terruqueo” ha dejado de ser un insulto para convertirse en un acto de higiene mental y un deber cívico. La izquierda ha intentado imponernos la autocensura, pero no podemos permitir que el miedo al qué dirán en redes sociales nos paralice.
Si un individuo promueve ideas que se traducen en muerte, destrucción y odio, llamarlo terrorista no es un ataque político; es una definición. La doble moral de quienes se escandalizan cuando uno señala al enemigo, pero guardan silencio cómplice ante los incendios en las regiones o la infiltración de senderistas en el Congreso, es obscena.
El Perú se encuentra en una encrucijada definitiva. O defendemos la libertad frente a los que quieren secuestrar al país bajo la excusa de la lucha de clases, o nos hundimos en la abulia de la corrección política.
Yo elijo la claridad. Que lloren los aliados del terror, que inventen mil términos para seguir victimizándose. Mientras sigan intentando destruir nuestra nación, seguiré terruqueando: alto, claro, sin anestesia y sin remordimientos. Porque en tiempos de guerra ideológica, el silencio es la forma más cara de traición.




