Iglesia y sociedad

SEÑOR PRESIDENTE, DEJE DE PERSEGUIR A LOS CRISTIANOS

Por: Manuel Castañeda Jiménez

Los cristianos, en general, y no solo los católicos, somos conscientes de que el poder de la autoridad proviene de Dios. Sea que se manifieste a través del pueblo por una elección, o por sucesión dinástica, la autoridad existe para que la sociedad pueda desenvolverse en orden y caminar hacia la paz y la prosperidad conjuntas. Y quien colocó en el ser humano el instinto de sociabilidad es el propio Autor de la creación; por lo que no hay que emplear mucha lógica para entender que si Dios hizo al hombre como un ser sociable, y la autoridad se requiere para armonizar los intereses de la sociedad humana, entonces la autoridad proviene del propio Dios, sin necesidad de que baje un rayo del cielo que ilumine a un presidente o a un rey, o que el rey o el presidente saquen una espada de una piedra.

Jesucristo por eso le dice claramente a Pilato que él no tendría autoridad alguna si no fuera por el Padre que está en los Cielos. Y así, los cristianos cometemos una grave falta si nos rebelamos contra la legítima autoridad; por lo que no existe sociedad más pacífica que aquella conformada por buenos cristianos… y buenos gobernantes que sean a su vez buenos cristianos.

Por supuesto que, estando la autoridad revestida del poder de mandar y hasta de condenar para preservar la paz social, se encuentra NATURALMENTE obligada a actuar para el bien los súbditos del Estado, y cuando se sale de ese cauce, empieza a afectar su propia legitimidad, y vienen los problemas, las rebeliones, insolencias y hasta sublevaciones, perturbándose la vida social. Por eso San Agustín, recogido el principio por Santo Tomás de Aquino, señala muy claramente que la ley injusta no es ley. Y eso releva a los cristianos de su cumplimiento.

Por cierto, el carácter justo o injusto de una ley puede estar sujeto a discusión, y por eso la norma moral que señala que “en la duda es mejor abstenerse” si se duda de si tal cosa es moral o no, también es aplicable al caso de la discusión de una ley, sobre su justicia o injustica. Claro que, así como hay casos discutibles, hay casos que no merecen discusión alguna, como es la de ordenar matar a alguien por sus creencias religiosas o por arbitrariedad. O quitarle la propiedad a alguien para dársela a otro, lo que no sería otra cosa que un robo amparado en la fuerza de los tanques, como sucedió con la malhadada Reforma Agraria del velascato.

Somos por ello conscientes que las medidas de precaución adoptadas a raíz de la pandemia deben acatarse, a pesar de que podamos discordar de tal o cual de las medidas, o criticar su idoneidad, como lo fue la torpe disposición de que ciertos días salgan hombres y otros las mujeres. Inclusive creemos que las disposiciones que impiden salir del domicilio en determinadas horas pueden ser hasta discutidas en su constitucionalidad, pero igual debemos estar dispuestos a acatarlas, incluso si no estuviese la espada de Damocles de una posible multa o “retención” –según la poco feliz expresión del Ministro del Interior, señor Elice–.

Hasta podemos entender, a disgusto, por supuesto, que se haya dado al comienzo una disposición de cierre temporal de los templos; la cual, por lo demás fue acatada por las autoridades religiosas sin objeción, las que se volcaron, más bien, a elaborar los debidos protocolos de bioseguridad, preocupadas, obviamente, por la salud de los fieles cuya vida espiritual se encuentra a su cuidado, pero que si la vida material no existiese no habría nada qué cuidar. Las normas de la religión no son arbitrarias –aunque podrían serlo–, sino que están orientadas a preservar la concordia entre los seres humanos y facilitarles el tránsito de esta vida hacia la otra ya definitiva. Así que la preservación de la vida acá en la Tierra, es una obligación religiosa, y la Iglesia se destacó siempre, desde los primeros cristianos en las formas de ayuda sanitaria, curación de heridas y alivio del sufrimiento.

Sin embargo, a partir de que los protocolos estuvieron listos, el gobierno del antecesor del señor Sagasti, se obstinó en mantener los templos cerrados. No solamente los templos católicos, sino los de los hermanos evangélicos, que aunque no se encuentren en la unidad de la Iglesia, son seguidores del mismo Cristo y compartimos los católicos con ellos el noble título de cristianos.

Por desgracia las primeras noticias de propagación del virus que llegaron a nivel mundial, fueron de unos eventos religiosos evangélicos en Korea, y ello motivó que en todas partes se considerasen las celebraciones religiosas como tumultuosas y propiciadoras de la expansión del virus de marras que nos viene afectando. Visto en retrospectiva, eso no fue sino un pretexto que tomaron muchos gobiernos para prohibir las reuniones religiosas. Porque sean los católicos o los evangélicos, nadie quiere contagiarse y exponerse a morir. Eso sería tentar a Dios, y también constituye un pecado grave. Así que son las mismas autoridades, nuestros obispos católicos y los pastores evangélicos, los principales interesados en que la feligresía no se enferme y muera. No existen, por lo demás, grupos más disciplinados que los fieles cuando acuden a un templo a orar, así que nada debió haber impedido que los templos se mantuviesen abiertos con un aforo razonable para que los fieles, con las medidas de precaución del caso, pudiesen entrar y adorar el Santísimo, o rezar según su fe.

Pero vemos con gran preocupación que el gobierno del señor Sagasti ha persistido en el despropósito de ordenar el cierre de los templos, impidiendo la celebración de la Santa Misa con asistencia de los fieles, lo cual ya había venido funcionando sin problemas hasta que, por instigaciones –lamentablemente también de obispos–, se produjeron las marchas y manifestaciones que acabaron por encumbrar al actual presidente.

Así que no son los templos lugares de contagio. Y menos aun cuando las tiendas, los mercados y los bancos permanecen abiertos, así como múltiples actividades. Por ese motivo, la persistencia del Gobierno en ordenar que los templos permanezcan cerrados y los fieles no puedan acudir a orar, empieza a tomar visos de persecución religiosa, pues se permiten diversas actividades y se tolera que las personas se trasladen en ómnibus o micros (¡y no en sus propios vehículos!!), mientras que se les impide el alimento espiritual como si el hombre viviera solamente de pan. Le recuerdo al señor presidente que fue Satanás quien tentó a Cristo para que convirtiera las piedras en pan; y la respuesta de Cristo fue contundente: NO SÓLO DE PAN VIVE EL HOMBRE, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.

Desde acá advertimos, pues, al Gobierno, que está exponiéndose a que en cualquier momento pierda enteramente legitimidad, y aunque tenga el poder del fusil a su servicio, los fieles cristianos no vamos a continuar admitiendo el despropósito inicuo de que nuestras iglesias y templos continúen cerrados impidiéndose a los fieles acudir a los servicios espirituales que necesitan, a pesar de que, al parecer, la conciencia de esa necesidad no le entre en la cabeza a los actuales gobernantes. Señor Presidente, deje ya de perseguir a los cristianos que son la inmensa mayoría de los peruanos. Mayoría a la que, todo indica, usted y prominentes autoridades de su gobierno no pertenecen.

1 comentario

  1. Hay algún grupo de sacerdotes dispuesto a celebrar misas clandestinamente? No lo diga aquí, por obvias razones, si los conoce y puede celebrar, hágalo, rece por quienes no podemos, el Santo Sacrificio, es infinito y puede ablandar los corazones.

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