Vida y familia

¿POR QUÉ SE VAN LOS BUENOS?

Por: Tomás  González Pondal

Días atrás, la muerte visitó al jugador de básquet, Kobe Bryant, y a otras ocho personas. El helicóptero privado del jugador se estrelló en una zona de Calabasas, California, cayendo a una velocidad de seiscientos diez metros por minuto. Muchas cosas se han dicho sobre el trágico suceso, mas, por mi parte, quisiera detenerme a considerar una expresión que a lo largo de mi vida he escuchado con frecuencia cuando se da la muerte de tal o cual persona, y ahora, ante el deceso de la celebridad consabida, nuevamente también la he escuchado en boca de algunos que dicen ser creyentes. Esta es la expresión: “¿Por qué se van los buenos?”.

Circunscribo mi análisis, a la frase en boca de quienes manifiestan estar vinculados al mundo de la fe, y no, a la frase en boca de quienes se consideran ateos (más adelante volveré sobre esto último). Y también quede claro que cuando he escuchado la referida manifestación, el tono de la misma no es a modo de pregunta como la que efectúa el que no sabe y espera una respuesta, sino a modo de crítica, muchas veces cargada de enojo, como la que lleva a cabo aquél al cual no le sale algo que ha planificado; y dicha crítica exteriorizada por estos últimos, da a entender que hay alguna injusticia en el fallecimiento de la persona a quien se tiene por buena.

Realmente no sé casi nada de la vida del baloncestista de cuarenta y un año que jugaba para ‘Los Ángeles Lakers’, pero, a los fines de mi artículo, conforme al objetivo que busco y como hipótesis, imaginaré que ha sido un santo varón y que como tal murió.

No discutiré tampoco sobre lo bueno y lo malo. Hay malos que desean la desaparición de buenos, y hay buenos que entienden ser justo la pronta partida de los malos. En un campo más relativista, hay malos que se tienen por buenos y que desean la desaparición de buenos a quienes tienen por malos. También alguien podrá argüir que hay que ver qué entiende por “ser bueno” aquél que está efectuando la crítica debido al fallecimiento de quien él quería. Repito, no ingresaré en esos ámbitos. Y una cuestión más a tener presente para cuando esboce lo que veo como solución al cuestionamiento, y es que ese cuestionamiento las más de las veces viene acompañado al factor tiempo. Quiero decir que la queja no se emite generalmente porque ha muerto alguien considerado bueno, sino porque ese humano ha muerto con pocos años de vida, en la flor de la juventud, o, como se suele decir con frecuencia, cuando aún “tenía toda una vida por delante”. En definitiva, centraré mi análisis en esa suerte de reproche que intenta decirle a Dios cómo debería hacer las cosas.

Como punto de partida y adelantando una respuesta, a quienes les desagrada que partan los buenos y que afirman en tono crítico “¿por qué se van los buenos?”, les respondería con un “¿por qué no?”. Todos sabemos que aquí estamos de pasada, y, guste o no guste, nadie quedará en píe que no experimente la muerte; de modo que, como todos nos iremos, hay algo en esa pretensión ‘antipartida’ que está cargada de un casi imperceptible engaño, consistente en hacer creer a los hombres que aquí se puede vivir para siempre. Todos sabemos igualmente que el mundo está repleto de mundanismo, vale decir de males y perversiones, de modo que el sentido común me arroja otra sugerencia, y es que, para alguien que vive en el bien y en la verdad, no está mal ser llamado de esta vida a la otra prontamente; entonces, en la vida de ese humano se da esta paradoja: que no padece engaño cuando de modo humilde asevera que está de acuerdo con un adelanto de la partida, o, traducido a interrogante-afirmación, quien dijere: “¿por qué tardan en irse los buenos?”. Esto último engarza perfectamente en el campo de la fe. El hombre en amistad con Dios quiere cuanto antes estar con Él. Me viene a la mente, por caso, un alma como la de Santa Teresa de Ávila. En ella se ve bien que el amor produce deseo del Amor, y que aquí en esta tierra de milicia, la gracia que aviva la amistad divina también le dice a Cristo “quédate con nosotros porque se hace tarde”, pasaje que quiere apartar la tardanza y perpetuar el encuentro amical, allende a este valle de lágrimas. Y así se explica entonces que un alma como la de ella, inflamada de amor, haya lanzado exclamaciones como “muero porque no muero”. El poema teresiano es más largo, pero valga esta pieza para sentar aún más lo que vengo diciendo:

“¡Ay, qué larga es esta vida!
¡Qué duros estos destierros,
esta cárcel y estos hierros
en que está el alma metida!
Sólo esperar la salida
me causa un dolor tan fiero,
que muero porque no muero.”

La falsa ilusión de una vida aquí abajo que no acaba, choca contra la esperanza de una vida eterna en quien es en verdad la mismísima vida eterna, Cristo, el cual dijo, claramente, “Yo Soy el Camino, la Verdad, y la Vida”.

Hace algunos años atrás escribí un libro en homenaje a seis pequeñas que murieron en una tragedia yendo a misionar, niñas de entre diez y once años, y que, un mes antes de que la muerte las sorprendiera, venían preparándose para la misión. A juzgar por los testimonios que fui recabando, principalmente de sus padres, fui descubriendo a seis almas a quienes al día de hoy admiro y frente a las cuales me sigo sintiendo una real basura a causa de mis miserias. Pero ante su muerte, escuché cosas como que “no tendrán ya la posibilidad de armar una vida”, o cosas por el estilo. Ayer y ahora sigo viendo eso como algo cargado de superficialidad, y ayer comencé mi libro con un texto del libro de la Sabiduría, y ahora lo vuelvo a citar: “…no hacen venerable la vejez los muchos días ni los muchos años, sino que la prudencia del hombre suple las canas y es edad anciana la vida inmaculada. Porque agradó a Dios fue amado de Él; y como vivía entre los pecadores fue trasladado a otra parte. Fue arrebatado para que la malicia no alterase su modo de pensar, ni sedujesen su alma las apariencias. Pues el hechizo de la vanidad oscurece el bien; y la inconstancia de la concupiscencia pervierte el ánimo inocente. Con lo poco que vivió llenó una larga vida. Porque su alma era grata a Dios; por eso se apresuró Él a sacarle de en medio de los malvados. Mas viendo las gentes, no entendieron, ni reflexionaron en su corazón (…). Verán el fin del hombre prudente y no comprenderán los designios de Dios sobre él, ni como el Señor le ha puesto a salvo” (Sabiduría 4, 8-18). No debe inducir el texto a las falsas deducciones, como que si alguien no muere joven entonces no es agradable a Dios; o que todos lo que mueren jóvenes son gratos a Dios. El texto habla de muertes de quienes tuvieron “vidas inmaculadas”. Principalmente es una lección para anonadarse ante los misteriosos caminos de Dios, los cuales deben llevar al hombre a aceptarlos sin rebeldía, sabiendo que no hay mejor plan que el plan de Dios.

Hace unos días, el 14 de febrero, como todos los años,el mundo obsequia al desprevenido, un rimbombante espectáculo de su gran farsa. Anticristiano según su costumbre, pero usando del nombre de San Valentín. Si supieran que ese gran católico de los primeros siglos se dedicaba a concretar matrimonios. Tan contrario al moderno circo de uniones y al festejado divorcio. Pero quiero detenerme brevísimamente y en unión a nuestro tema principal, en que San Velentín fue mártir. Los primeros siglos del catolicismo están repleto de mártires. Muchísimos de ellos jóvenes. Lo confirma la pura historia, respecto de la cual hay quienes prefieren apartar la vista, e ignorar esos períodos y esas magnificas confesiones de fe. Murieron por Cristo y sus cosas. Sabían que marchaban pronto junto al Amigo, a ese Amigo que por ellos también dio su vida, y sabían sobradamente que la perdida de la vida biológica no tenía punto de comparación con la ganancia de la vida celestial.

A raíz de la reciente muerte de un sacerdote que estaba vinculado a la NASA, estuvo circulando un vídeo en donde se lo ve en discusión con un ateo. El vídeo festeja una suerte de rotundo triunfo del cura sobre el no creyente, pero para mí el festejo es excesivo, porque no veo esa contundencia que se atribuye a los argumentos de uno sobre el otro. A pesar de eso, quiero detenerme en unas palabras del ateo. Él dijo que lo deja muy tranquilo el saber que cuando muera todo se acabará, dando a entender que ahí termina todo, que luego no hay más nada ni para él ni para nadie. Si luego de la muerte no hubiera nada, hacer el bien en esta Tierra sería la imbecilidad más grande que se haya concebido, sería la obra maestra de un siniestro absurdo, sería un monstruoso plan imaginado por alguna portentosa mente humana en alguna perdida época histórica, y puesto en funcionamiento por generaciones y generaciones de gentes hipnotizadas de tal manera, que estuvieron creyendo en la necedad más grande que se haya ideado, al tiempo que se creían racionales. Hasta absurdo sería que el ateo lamentase el pronto fallecimiento de alguien al que consideró bueno. Pienso que el ateo que pronunciase un interrogante como el que expuse, se topa automáticamente con un gran inconveniente. En el mundo del ateísmo las nociones de buenos o malos quedan en meras entelequias de su propia fabricación, o, cuanto más, muy a mitad de camino de lo que implica todo el camino, pues como en el universo del ateo no hay Dios, ¿dónde halla sustento para hablar de bien o de mal? O ¿de qué sirve hablar de bien o de mal si no hubiera un Dios? Podrán decir que sus conceptos de bien o de mal los sacan de lo dado por naturaleza, de una naturaleza universal, con órdenes universales. ¿Y? Una vez más, ¿de qué serviría hacer el bien si todo quedase en la nada? ¿Por qué debería evitar el mal si todo acabase con una descomposición? Los que actúan mal serían dignos de aplausos, pues, no solo la pasarían mucho mejor que los buenos, sino que hasta podrían ellos alterar todo y llamarse buenos a sí mismos y malos a los buenos, y estarían muy justificados.

Quien no cree en Dios, quien cree que tras la muerte todo acaba, en caso de que haga bienes que objetivamente son bienes y a los que no solo ve como bienes sino que incluso los defiende como tales, ese ateo está participando de algo a lo que ataca, y respecto de lo cual, con su final tétrico, no advierte que deja a esos bienes completamente ridiculizados.

Y aparece algo que entiendo demoledor para el mundo ateo. Ellos niegan que Dios exista y sostienen que con la muerte viene el punto final, no habiendo luego más nada; también como quedó dicho, el bien y el mal en ese mundillo de los ateos no logra un justificativo ni lógico, ni coherente, ni racional. Es más, como lógicamente se patentiza, bajo las premisas de ellos, mejor sería obrar aprovechándose de todos en cuanto estuviera en nuestras posibilidades hacerlo, pues si eso es causa de una felicidad terrena, bienvenido sea, total, de producirse el deceso humano, la muerte acaba con todo. Entonces, bajo tales posiciones deviene totalmente incoherente cuando un ateo objeta contra Dios que “¿cómo es posible que un Dios que se lo tiene por bueno permita que haya males en el mundo?”, porque el mal en la ideología atea no tiene importancia ante una muerte que todo dejaría en la nada. Una vez más, ¿cuál es el parámetro de mal por él utilizado? Si, por ejemplo, tiene a la guerra por un mal, ¿de dónde saca que eso es mal? Si lo inventa él mismo, entonces le reprocha a Dios una invención suya; más si reconoce que hay algo objetivo proveniente de una ley natural, fundamento primero para distinguir moralmente toda conducta, principio que reza “hacer el bien y evitar el mal”, a pesar de que le pese al ateo saberlo, está trayendo al campo de batalla a un legislador, pues no hay ley sin que alguien legisle. Vemos que existe en nuestro interior una orden (¡sí, realmente una orden!) universalísima que dice “haz el bien y evita el mal”. Es una escritura grabada en el interior nuestro, y que, a poco volvernos sobre nosotros mismos la advertimos; existe sí, pero no la podemos tocar, es completamente inmaterial; pertenece al mundo del espíritu; es una escritura, como dije, escritura invisible, y, como se sabe, es imposible que haya escritura sin que exista un escritor. El mismísimo proceso de conocimiento en el cual se deja de lado la materia, y en el cual encima de modo consciente se advierte ese dejar de lado, habla a las claras de un alma inmaterial.

Como para el ateo todo finaliza con la muerte, cuando lo veo dar consejos sobre hacer el bien, o criticar corrupciones, o hacer profundas disquisiciones para mostrar que tal o cual cosa es verdad y tal o cual otra es un error, teniendo en cuenta lo que dije en el párrafo anterior, solo lo veo probar que está reconociendo en el fondo lo que niega con su doctrina, y que prueba además con tales hechos estar siendo incoherente con sus propias enseñanzas.

Los otros días leí en un cartel dejado por un ateo, lo siguiente: “El día que alguien me dé la más mínima evidencia de la existencia de un Dios, ese día me haré creyente. Mientras, seguiré en mi ateísmo”. Debería advertirse que un texto como el transcripto, viniendo de quien viene, es un sinsentido, pues prueba en sí, y ¡con total evidencia!, que quien lo dice piensa estar en la verdad, siendo que si no hay Dios y la muerte da todo por finalizado, hablar de verdad o error no tiene razón de ser. Ahora, como queda de manifiesto que en el hombre hay una potencia espiritual (y en el mismo proceso de re-flexión puede verse esto) diseñada para la verdad, y como eso también queda evidenciado en el texto de quien libremente piensa estar en ella, queda entonces en escena la presencia del diseñador de la misma. Insistiré en lo anterior, porque hace falta que quede bien pero bien resaltado, que los postulados ateos fundados en la sinrazón, mirados de atrás para adelante, están cargados de falta de sinceridad. Si, frente al deceso de un ser humano (atrás), todo queda reducido a una simple nada según postulado ateo, hace muy mal ese ateo en meterse a hablar de verdad y error (adelante) pues no tendrían razón de ser, debido a que todo da igual en un mundo fruto de la nada y que conduce a la nada: así como de la nada no viene la verdad y el error, luego de la nada tampoco hay lugar para ello, y eso mismo es el ateísmo mirado ahora de adelante para atrás. Los postulados del ateo lo incapacita totalmente para cualquier intento que quiera hacer sobre consejos de lo que está bien o no, de lo que es verdad o no. Cuando Stephen Hawking en su libro ‘El Gran Diseño’ expresa la suprema necedad de que, “a diferencia del universo, un libro no aparece de la nada”, es decir, para él el universo sí, y, cuando se sabe que entre sus creencias una vez acabado el humano se llega al fin de todo, entonces, como queda ya dicho con asaz reiteración, deviene de lo más superficial, absurdo e incoherente, cuando esos tales vienen a dar pautas de lo que es bueno o malo, verdadero o falso. Y es esta lección a la que se llega con el solo sentido común, la que explica de alguna manera las palabras de la Escritura: “Dijo en su corazón el necio: No hay Dios”. Al apartar el ateo a Dios, al poner a la nada como comienzo y fin de todo, evidencia que hace de su vida y pensamiento un absurdo existencial. De modo que, con lo que llevo expresado, me atrevo a decir que una mínima evidencia de la existencia de Dios es la propia incoherencia del ateo. Esa tiniebla carente de razón, habla con mucha claridad sobre la luz que no quiere verse, pues, en verdad, hay que querer no ver para no ver.

El escritor Juan José Sebreli escribió un voluminoso libro que intituló ‘Dios en el laberinto’, y ya en sus primera páginas desliza: “Escribo para disuadir, para convencer de que mi interpretación es, no diré la verdadera, pero sí la más adecuada aunque siempre expuesta a ser modificada por nuevos descubrimientos, por distintas experiencias. Alguno de mis críticos me reprocharán no tanto las repeticiones sino las contradicciones sin percatarse de que solo el que no piensa, no cambia y permanece inmutable, aferrado a su pasado, se resiste a la crítica de su error”. Ya entonces tenemos una idea de lo que va a ser el itinerario de quien pretende hablar sobre Dios, confesando que no sabe si su interpretación es la verdadera mas asegurando que si es la más adecuada. Por lo pronto, partir de una duda sobre la verdad de lo que pretende hablarse, para, a partir de ella, pretender “disuadir”, no resulta desde un comienzo lo más “adecuado”. A su vez, quien sí está convencido –y al parecer eso sí lo tienen como principio y verdad incuestionable- de que lo que se diga luego puede ser modificado por nuevos descubrimientos y experiencias, entonces, sencillamente, no conviene escribir nada en absoluto, ni darlo como adecuado. ¿Para qué decir “blanco” hoy sobre un tema trascendental, si estoy, en el fondo, convencido de que mañana el “negro” también puede ser válido? Quien así escribe, en verdad no está convencido sobre lo que pueda decir de lo blanco, sino que está convencido de que todo es modificable, lo cual es no convencer de nada. Para que se aprecie en mayor profundidad lo que excogito en el texto de Sebrerli, pongo este ejemplo concreto alcanzado de sus mismas palabras: él sí tiene por verdad que “el que no piensa, no cambia”; pero si fuera coherente con su anterior pensamiento (eso de que las ideas están “siempre” sujetas a modificación), debería considerar como posible verdad que “el que no piensa, cambia”. Estamos frente a la moderna tendencia de quienes se tienen por buenos pensadores poniendo al cambio constante como base de todo, y entonces te considerarán un tipo de mente amplia. El que verdaderamente piensa, es aquél que cambia de idea si ve que está en el error, pero que no cambia nada en absoluto si se sabe bien parado en la verdad. Recomiendo vivamente la lectura del libro “Dios y la filosofía”, escrito por el eminentísimo filósofo Étienne Gilson, en la cual deja bien claro que el problema del cientificismo es meterse a realizar consideraciones que exceden el campo de la ciencia y que ingresan en la metafísica. Se trata del cientificismo que, al decir del filósofo mencionado, si la ocasión lo requiere, no tiene problemas en preferir “siempre la ausencia completa de inteligencia a la presencia de una inteligibilidad no científica”.

Lo dicho es de entera aplicación al marxismo, ideología perversísima que negando a Dios, negando la existencia del alma, basándose en el materialismo y descreyendo rotundamente en una vida después de esta vida, con todo, viene a querer hacer creer que puede dar pautas sobre lo que es bueno o malo, verdadero o falso para una vida social. Nuevamente aquí se ve que lo único que prueba tal desvarío ideológico es una impresionante falta de respeto al más mínimo sentido común, ya que los hijos de la nada probarían más coherencia imitando a una ameba, o, lo que quiero decir con la figura es que, ya que tienen a la nada por hacedora del todo, mal hacen en distinguir entre algo bueno o malo, verdadero o falso, pues en el caos todo da igual.

No está para nada bien pretender decirle a Dios cómo deberían ser las cosas; no se le puede decir: “Oye, no era ahora cuando debías llevártelo, era después”. Si es un ateo el que desliza quejas por la partida de alguien a quien se amó y a quien se consideró un buen ser humano, entonces mostrará una gran contradicción, porque si todo comienza con la nada y si en tal nada todo acaba, también es vano que se hable de amor: la nada no puede producirlo.

Conforme a la finalidad aquí buscada, pienso que el “Ser o no ser, esa es la cuestión”, no alcanza; también está el “existir”: ¿cómo es que existe el existir? Muchos reducen a Dios al plano de la mera idea, lo rechazan como Ser real, y, para tal exposición, se han levantado muchas corrientes. Todo intento por borrarlo a Dios de la existencia, se hace añicos ante ese descomunal descubrimiento de esa lumbrera del pensamiento que fue Santo Tomás de Aquino, hallazgo consistente en distinguir entre esencia y esse (acto de ser), a partir de lo cual remonta hasta el Acto Puro, objetivo, real, Ser por antonomasia, dador del ser y del existir de todo.

Mientras más desprecie el hombre el mundo sobrenatural, más cobijo buscará en este mundo esforzándose inútilmente en estirar días inciertos. Sufrirá así la existencial angustia de un tiempo que grita su fin, tiempo al que no se lo escucha por querer seguir alimentando la falsa ilusión de una vida terrena interminable.

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