
Por: Tomás I. González Pondal
La salsa de tomate sigue manteniendo su ardua lucha en contra de la ropa blanca. Los otros días comiendo unos ravioles bañados en la mencionada salsa, la remera blanca que llevaba puesta se vio adornada con algunos puntos rojos, los que, desde luego, no quedaban bien. No podemos ser ciegos a las manchas, no podemos insistir en una blancura. Sabemos que hay algo llamado jabón, y que hay algo moderno llamado lavarropas.
En una reciente entrevista hecha al novelista peruano, Mario Vargas Llosa, leemos la siguiente declaración: “No me arrepiento de nada, absolutamente”. Ciertamente una frase muy escuchada, muy difundida, muy repetida, y, tristemente, muy aprobada.
Si fuere cierto que deberíamos vivir sin arrepentirnos de nada estaríamos consagrando el reinado de la soberbia. Y quizá algo de ello se esté dando hace tiempo, de modo que la consagración ya se estaría produciendo. Una sociedad de ‘no arrepentidos’ es algo así como una sociedad de gente que está diciendo constantemente ´todo lo que hacemos es bueno’, y eso desde el pedestal mismo de la soberbia.
Sencillamente, si fuere cierto que nadie tendría que arrepentirse, mal estarían, por ejemplo, las prisiones y los Códigos Penales, porque, ¿a título de qué inculpar a alguien por un supuesto delito si la consigna generalizada es que todo lo que hagamos está bien y adiós al arrepentimiento? Algo no cuadra. Es la misma pena la que llama al arrepentimiento.
Una conciencia que no ha sido asfixiada por principios errados, por ideologías dañinas, que aún escuche la voz del “hacer el bien y evitar el mal”, sabrá cuándo debe tener lugar el arrepentimiento.
El ‘no me arrepiento de nada’ no solo deja entrever una abyecta despreocupación por el verdadero bien del alma propia -en tanto que, como queda dicho, somos seres de barro que pecamos, erramos y debemos encausarnos-, sino que también arroja una prueba de total desinterés y preocupación por el bien ajeno. Es como decir: “Soy solo yo y mis antojos los que valen, y el otro valdrá en tanto y en cuanto ingrese en esos mis deseos”. Imposible no ver un superlativo ego-ismo, el que, en este caso concreto, no solo parece revestir el carácter de vicio capital, sino incluso de debilidad mental ideológica, al apoyar desmedidamente la primacía del Yo; de ahí que ese ‘Yo’ se represente con el término “ego” y lo ideológico con la expresión “ismo”.
El pensar que uno no debe arrepentirse conduce finalmente a la desesperación total, y la inversa también es válida: la desesperación lleva a la falta de arrepentimiento. Por su parte el arrepentimiento conduce a la humildad, y la inversa también es válida: la humildad lleva al arrepentimiento.
El arrepentimiento no sirve o es una suerte de mueca cuando en el fondo no se admite la dependencia total a Dios y a sus cosas; cuando se conserva en lo más íntimo un gustito por el “non servían” de la serpiente infernal y decimos “dependo de mí mismo”; cuando secretamente todavía queda algo de “dame mi herencia que aún tengo cosas que hacer fuera de casa”.
En eso de “no me arrepiento de nada” hay bastante de los ángeles caídos. Son ellos quienes hicieron –por su propia naturaleza- un movimiento único e irrenunciable de desprecio a Dios y de un eterno querer de no arrepentimiento. Aparece entonces algo muy negro detrás de la expresión que aquí critico, pues hay una suerte de imitación de lo más soberbio de los demonios.
Recuerdo haber leído alguna vez –lo que no recuerdo es dónde- una frase que se le atribuye a San Francisco de Asís, y que dice: “Sin la gracia de Dios sería capaz de las peores cosas”. La expresión siempre me ha mostrado tres cuestiones: primero, la dependencia total del santo a Dios; segundo, el poder magnífico de la gracia; y tercero, una inmensa humildad que sabe reconocer que sin Dios nada somos. Perdida esa gracia, la misma se puede recuperar mediante el arrepentimiento sincero y dolido seguido de la confesión, ya que, como nos lo enseña el evangelista San Juan, Cristo dirigiéndose a sus discípulos les dijo: “A quienes perdonéis los pecados, perdonados quedan” (Juan 20, 23).






Me da la impresión que eso más que un sentimiento propio, sea un cliché, es cierto que dicha por un agnóstico confeso, es un desafío al Dios de quién declara que nada puede ser dicho. Sin embargo creo que el foco debe ser puesto en la palabra nada.