Iglesia y sociedad

LA SUPRESIÓN DE LA MISA

Por:  José J. Escandell     

Me cuentan desde Inglaterra que allí, en una iglesia católica de un pueblo, cuando se ha reanudado la celebración de cultos tras el primer apretón del virus, se ha puesto de moda pasarse la misa de pie.

Se sientan durante las lecturas y la homilía, pero el resto del tiempo están de pie y no se arrodillan ni en la consagración. Será –digo yo– que temen que los reclinatorios sean peligrosos agentes contagiadores. La patria de los santos Moro y Becket, modelos de insumisión creyente al poder, el país cuyo catolicismo se ha acrisolado con sangre, parece ser que ya no se arrodilla ante nadie.

Sin duda es una anécdota. ¿Pero es una anécdota intrascendente? Muchos lo pensarán, ahora que todo está patas arriba y que lo hemos sacrificado todo a la salud. Ya venían siendo las cosas de la fe cosas de menor cuantía, pero el miedo al virus, en vez de haberlas desvelado y realzado, las ha hundido definitivamente en el cesto de las cosas decorativas y de capricho privado, a la clase de ese tipo de cosas que no son ni necesarias ni siquiera deseables. Podría decirse que, si la fe desaparece del mundo hoy para siempre, nadie la echará de menos.

Eso se diría, desde luego, a la vista de la fuerza y claridad con que la mayoría de nuestros obispos y sacerdotes, en todo el mundo, han abandonado al rebaño a ellos encomendado y se han encerrado en sus palacios episcopales o en sus pisitos parroquiales. Dejemos dicho que algunos buenos obispos y algunos buenos curas están haciendo lo que pueden a pesar de todo. No está siendo obra del laicismo rampante o del progresismo antirreligioso: son nuestras autoridades católicas los que nos quitan la práctica religiosa agarrados a la más ligera excusa y sin la menor resistencia. Para ellos, la misa puede esperar, porque lo absolutamente prioritario es el escrupuloso cumplimiento de las disposiciones político-sanitarias de las autoridades civiles. No hace falta el sacramento de la confesión, hace ya tiempo en cuarentena moral para muchos fieles; porque el acercarse a la rejilla del confesionario es una actuación de alto riesgo de contagio. ¿Acaso no se han puesto de moda la socorrida «contrición perfecta» u otros mecanismos de autoabsolución, y el desinterés? Si alguien recalcitrante se resiste se le echa en cara, como argumento final, el drama universal de enfermos, muertos, arruinados y desesperados a los que se hace urgente socorrer con medicinas, ataúdes, dinero y abandono; nadie parece necesitar el apoyo de los sacramentos.

Los políticos en sus maquinaciones y los obispos en suspenso. La jerarquía eclesiástica, con una celeridad inusitada, casi en su totalidad, se precipita, al primer síntoma, a dejar a los fieles solos y en ayunas, alineándose con generosidad digna de mejor causa con las drásticas disposiciones gubernamentales, como si buscaran ser reconocidos como dechados de rendida sumisión. Una y otra vez los obispos inclinan su cabeza ante el poder civil, quizás con secretas alianzas, oscuras esperanzas o, en el peor de los casos, ignominiosos temores. El virus ha cambiado las cosas para todos y, como un zarpazo, ha desenmascarado muchos sepulcros blanqueados (ahora que todos hemos pasado a ocultar nuestro rostro tras los bozales higiénicos).

Ya pasó el primer golpe de la epidemia por el coronavirus.  Ahora vuelven a la carga –me refiero a las autoridades políticas– inyectando miedo bien dosificado en el torrente de la vida social, mientras caminar por nuestras ciudades va pareciéndose a hacerlo por la desértica luna. También vuelven a la carga los eclesiásticos, otra vez entusiasmados con agradar a los poderosos de los gobiernos. Los ingleses, a los que me refería al principio, se van a quedar ahora sin siquiera misa, cuando su cardenal en jefe se aviene, tras una tímida protesta, al cese de misas decretado por el gobierno de Su Majestad. ¡Qué vergüenza! Lo que podían entenderse como reacciones urgentes de los eclesiásticos en los primeros tiempos de este desastre ahora ya no tienen pase. Les ha dado tiempo a pensar y a negociar.

Porque resulta que el cierre de las misas no tiene ninguna base seria. Entiendo que se cerrara todo a cal y canto cuando la peste asolaba a la humanidad y se llevaba por delante más de un tercio de la población. ¿Ahora con el coronavirus, que mata, pero francamente menos, nos encerramos aterrados? ¿Por qué actúan así los eclesiásticos? Porque no tienen fe y son unos cobardes. ¡Terrible!

Descubrimos así que no aceptan que los contenidos de la fe y, en particular, los de los sacramentos, son algo necesario y con realidad contante y sonante. La fe católica parece para ellos cosa subordinada que, en rigor, es a lo sumo «símbolo», alegoría, figura y relato casi mítico de algo que está más allá del mundo y de la vida material, y que cede –como lo infantil o lo lujoso– ante la fuerza rigurosa de lo humano real. Para ellos, hijos de una lamentable historia reciente de la Iglesia, la fe es solo simbolismo para el espíritu sin apenas nada de realidad auténtica en su entraña. Humo y luces de colores sin consistencia, sin la solidez y rotundidad de lo efectivo y palpable, sin la contundencia y luminosidad de lo real. La religión –el cristianismo– es solo una utopía entrañable e irreal. No creen en nada, salvo en su posición y en su poder. Se diría que, para ellos, lo único contante y sonante es la aportación económica de los fieles, y mantenernos de paso modelables y sumisos. En este caso, claro que tiene razón Marx: la religión es el opio del pueblo. O sea, el falso lenitivo que nos inoculan eclesiásticos traidores.

Solo se me ocurre esa explicación –aunque hay otras más elementales– para comprender la alegre promoción de las misas televisadas, de las comuniones espirituales, de la liturgia doméstica y del letargo. Por supuesto, casi nadie se ha preocupado de puntualizar que asistir a las misas televisivas o por internet no es asistir a misa y que las comuniones espirituales no son comuniones. Como nada es verdad verdadera, basta con explicaciones sumarias y superficiales. Todo se vence con la buena intención, el espíritu, el consuelo… O sea: –Católico, confórmate con humo y apariencias, porque la fe solo es humo y apariencia y no te vamos a dar alimento sólido ni ayuda real». El desprecio y maltrato que están recibiendo los sacramentos por parte de la mayoría de las autoridades eclesiásticas de todos los niveles es patente.

Pero la fe católica no es una ensoñación, ni un capricho o una manía, sino la afirmación verídica de la realidad física de los misterios de Cristo y de la Santísima Trinidad. Por eso estamos en tiempo de emergencia: no ya de salud, sino de salvación. Necesitamos los sacramentos; los eclesiásticos nos los niegan. ¿Qué hacer? Por conseguir un trozo de pan se puede robar. ¿Y por la Eucaristía? ¿O por la Confesión? ¿O por la Extremaunción?

Me limitaré en esta ocasión a la Eucaristía. Creemos que la Eucaristía es el sacramento nuclear de la vida cristiana: la santa misa es la base, la raíz y el centro de la vida cristiana.

Ya hace mucho que la santa misa se ha convertido en un cachondeo, bien a causa de la desgraciada reforma litúrgica, bien por acción de clérigos descreídos (esto viene de lejos), bien por la superficialidad entusiasta de laicos entrometidos. Entre guitarras rockeras, moniciones creativas y monjas entusiastas, la misa se ha convertido en un triste espectáculo vulgar, una mezcla de asamblea universitaria o sindical y de espectáculo teatral. Las iglesias son ahora salones de actos y teatros con decorados fijos y pasquines ocasionales. El sacerdote aparece a celebrar como disfrazado, con tan poca elegancia como convicción, con ademanes de barman de cervecería que ha de animar a una pasiva masa asistente. Mientras tanto, apenas se puede ver, entre ritos que no se creen o que son mera hipérbole, la verdad de la misa, que apenas se mantiene, oculta y humillada.

La misa es la renovación –no el recuerdo–, sin derramamiento de sangre, del sacrificio de Jesús en la cruz. La misa no es la asamblea del pueblo creyente capitaneado por su pastor. En la sencilla y tremenda definición de la misa como sacrificio de Cristo convergen dos esenciales condiciones. Una: que Jesucristo está presente real y verdaderamente en eso que el cura tiene en el altar. Dos: que ese mismo cura es el ejecutor del sacrificio de Jesucristo.

Todo esto lo creían y lo sabían pacíficamente mis abuelos, sin haber estudiado teología. Yo lo sé porque me lo enseñó mi catecismo en mi colegio de claretianas y, luego, en el de franciscanos, y más tarde… Hoy todo esto está muerto, ha desaparecido. ¿Por qué me sorprendo de que los obispos supriman las misas?

La primera condición de la misa es la presencia real de Cristo en el altar, entre las manos del sacerdote que ha consagrado el pan y el vino. Cristo no está en la Eucaristía de manera simbólica, «mística» o mental. Cuando el cura consagra el pan, eso que tiene en las manos es Cristo. Y lo mismo cuando consagra el vino. Cristo está real y verdaderamente en lo que parece pan y vino. A continuación, como consecuencia, eso que hay dentro del sagrario sigue siendo el mismo Cristo, el propio Dios hecho hombre. No es una foto, ni un recuerdo, ni una prenda, ni una señal, ni una sugerencia, ni un símbolo. La presencia de Cristo en la Eucaristía es real, es contante y sonante, como lo es mi hipoteca con el banco, mi mano que ahora escribe y esto que escribo, así como el aire que respiro y la lluvia que cae en la calle. Lo que miro en la Hostia es a Dios, con la apariencia –ahora sí– de pan.

En consecuencia, ¿es suficiente con estar de rodillas cuando Cristo nuestro Señor se hace presente en el pan y el vino que hay sobre el altar durante la misa? Si Cristo está ahí, ¿qué hacemos de pie (o sentados, o mirando el móvil)? Lo que uno tiene delante es al Dios Todopoderoso, al Redentor Grande y Fuerte Autor del Universo.

Por lo mismo, hay que ser muy bestia para consentir la suspensión de las misas. Hay que ser muy cruel. Muy ciego. Muy malvado. Muchos eclesiásticos le están haciendo el trabajo a Satanás.

La segunda condición de la misa como renovación del sacrificio de Jesucristo que he mencionado es que ese mismo sacerdote que la celebra realiza así la renovación del sacrificio de Jesucristo. Solo un sacerdote puede sacrificar de nuevo a Cristo en el altar, y no la monja o el laico. La misa no la puede «decir» el primero que pasa. No cualquiera puede traer a Cristo al pan, ni cualquiera puede tocarlo, ni ofrecerlo de nuevo al Padre, ni comerlo de nuevo como hicieran los Apóstoles en la Cena Sagrada. Solo unos privilegiados elegidos y selectos (bien o mal, que eso es otro asunto) tienen bocas aptas para decir las palabras milagrosas de la consagración, y manos aptas –consagrada– para tocar el cuerpo y la sangre de Cristo, y para darlo a comer a los fieles. Esos privilegiados son los curas y, sobre todo, los obispos.

Viene esto a cuento por la cuestión de la comunión en la mano o en la boca. Nadie ha podido presentar ningún estudio médico que determine nada en este asunto en favor terminante de la descarada y brutal campaña de promoción de la comunión en la mano. Los que resistimos lo hacemos a contrapelo, ahora ya señalados en las iglesias y humillados por muchos sacerdotes. Nadie toma en serio que las manos de un laico no son manos aptas para tocar a Nuestro Señor. Y se olvida con entusiasmo, además, para colmo, cómo y por qué la Iglesia ha acabado aceptando este ridículo ritual de la comunión manual. Decía Pablo VI que la comunión en la mano es una concesión y que la comunión en la boca es la forma ordinaria de tomarla. Por supuesto, se pisotea sin escrúpulo ninguno el derecho del laico a elegir. ¡A elegir! Pero, ¿cómo es posible que un laico toque a Nuestro Señor y no se muera de vergüenza, de temor, de sobrecogimiento?

La misa contiene el misterio de la presencia real de Cristo en la Eucaristía y el misterio del sacerdocio ministerial. Ahora muchos obispos y muchos curas nos niegan «el pan y la sal», aquello que es más necesario que el aire, que la comida y que la salud. Por eso se está destruyendo la Iglesia. Dios nos asista.

 

© Infofamilialibre

1 comentario

  1. Ya sabía Cristo que esté día llegaría, y por eso preguntó si cuando volviera habría fe sobre la tierra. Es una advertencia para nosotros, que lo sabemos. Ya parecía haber muerto el sacerdocio en Israel y eso tal vez pase en esta época con la Iglesia. Dios proveerá, de modos que solo Él sabe, sigamos orando, al Señor, que de cierto nos hace esperar, pero qué no defrauda.

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