Iglesia

LA RED FIEL DEL SILENCIO

Un relato con base histórica sobre la fe, la coherencia y el alma de la Iglesia

Por : Tirso Bahamonte

 

La lluvia golpeaba los adoquines de Roma con una insistencia casi litúrgica aquella tarde de octubre de 1909. En el interior del Palacio Apostólico, el cardenal Rafael Merry del Val permanecía inmóvil frente a su escritorio, los dedos entrelazados sobre un fajo de papeles recién llegados desde Lyon, Francia. Sus ojos grises —heredados de algún ancestro bretón perdido en la bruma de los siglos— recorrían las líneas con esa calma que sus adversarios, que no eran pocos, confundían con frialdad y sus amigos reconocían como coraje templado en el amor a la Iglesia.

Era el Cardenal Secretario de Estado de Pío X. El más poderoso instrumento de la Santa Sede después del Papa mismo. El baluarte intelectual y estratégico de la Santa Sede. Y era quien en ese momento concreto, sostenía entre sus manos la confirmación de algo que llevaba años sospechando.

— Padre Benigni — dijo sin levantar la vista — cierre usted la puerta.

Umberto Benigni obedeció. Era un hombre de aspecto ordinario, casi deliberadamente ordinario: ni alto ni bajo, ni gordo ni flaco, con unos anteojos redondos que le daban un aire de bibliotecario distraído. Nadie que lo viera cruzar la Plaza de San Pedro adivinaría que aquel sacerdote modesto administraba la red de información eclesiástica más sofisticada que había conocido la Iglesia desde los tiempos de la gloria del Santo Oficio.

El Sodalitium Pianum. La Pía Sodalidad. O como lo llamaban sus enemigos en susurros, con una mezcla de terror y desprecio, pero también para mostrar que conocían el nombre clave, privado, de la entonces moderna organización eclesial de inteligencia y vigilancia: “La Sapinière”, ‘el pinar’ o ‘la piñera’ en francés. Había nacido esta ante la campaña insidiosa de más de un siglo de la masonería carbonaria para infiltrar la Iglesia y desnaturalizar su doctrina.

— El informe de Bélgica confirma lo que teníamos de París — dijo Benigni, acercándose al escritorio —. El tremendo padre subersivo Alfredo Loisy sigue escribiendo barbaridades. Sus ideas circulan disfrazadas de erudición bíblica y teológica, pero la tóxica ponzoña es la mismo que la de todos esos infiltrados de la secta. El texto sagrado reducido a documento histórico. Cristo reducido a figura humana. La revelación reducida a evolución. Sacrilegios verbales como aquel de que “Cristo anunció la venida de su reino, pero en su lugar vino la Iglesia”.

Merry del Val, incómodo, dejó los papeles sobre el escritorio con un gesto preciso, que revelaba su mortificación.

— El problema, padre Benigni, no es sólo Loisy. Loisy es sólo la llama. El problema es quienes con su soplar la avivan y expanden. El peligro es el incendio que de ello pueda surgir.

Había una historia que el cardenal Rafael conocía mejor que nadie, porque la había vivido. No desde las trincheras del combate abierto, sino desde los pasillos vaticanos donde las guerras verdaderas se decidían antes de que nadie las declarara.

Todo había comenzado décadas atrás, mucho antes de que el modernismo tuviera nombre.

En los abultados archivos que Benigni había conseguido catalogar con paciencia de antiguo monje, existía un documento que entones circulaba entre ciertos círculos con una discreción que en sí misma era elocuente. Se lo conocía como el ‘Permanente Instructione de la Alta Vendita’, el núcleo directivo de la masonería Carbonaria. No era un panfleto violento. Era algo mucho más peligroso: era un maligno programa hacia el futuro.

“Nuestro fin supremo es el mismo de Voltaire y de la Revolución Francesa: la aniquilación del catolicismo y de la idea cristiana… Pero aunque los predecesores de Voltaire comenzaron el gran trabajo con la destrucción, nosotros no debemos destruir. Nosotros debemos corromper, conquistar.”

Corromper. No con escándalo. No con apostasía ruidosa. Sino infiltrando el seminario, la cátedra universitaria, la parroquia, la misma sacristía. Hay que esperar, decían a principios del 800, a que toda una generación de curas, obispos y cardenales crezca respirando, sin saberlo, el aire envenenado de ideas que les parecieran modernas, razonables, científicas.

Merry del Val había leído ese documento siendo todavía bastante joven, en los tiempos del Papa León XIII, que hizo algunas maniobras para darlo a conocer entre el laicado, y algo en él se había tensado con una certeza que ya nunca abandonaría: esto no es teología ni religión. Esto es estrategia satánica.

La herejía americanista había sido, en cierto sentido, el primer ensayo visible. El obispo John Ireland de Saint Paul, Minesota, — irlandés de nacimiento, americano de ambición, racista de vida, anti-hispanista de programa, progresista de convicción — había construido en los Estados Unidos una red con una visión de la Iglesia que seducía por su entusiasmo y perturbaba por sus graves implicaciones. Una Iglesia adaptada al espíritu democrático, y a los orígenes deistas ‘americanos’. Una fe que no se considerará fundamental, sino una entre otras, que no chocara con el mundo moderno sino que lo abrazara, que encontrara más virtud en la acción terrena que en la contemplación, más valor en una iglesia de los laicos que en la de los clérigos.

Ireland no estaba confundido, bien sabía a lo que apuntaba, era un tipo brillante. Era carismático. Y tenía muchos amigos en Europa.

León XIII había tenido que condenarlo como herejía en 1899, en la carta Testem Benevolentiae, dirigida a los americanistas democratistas por intermedio del Cardenal James Gibbons, a quien iba dirigida. Escrita con una delicadeza diplomática tal que casi ocultaba la gravedad del diagnóstico. Casi. Porque lo que describía la carta era precisamente aquello: una Iglesia que se doblega ante el mundo haciendo creer a sus miembros que evangelizan, cuando en realidad son ‘evangelizados’ por él.

Los obispos de raíz germánica — Monseñor Corrigan en Nueva York, Sebastian Gebhard Messmer, McQuaid en Rochester, Goldach en Milwauke, Schwebach y otros del Medio Oeste que mantenían sus parroquias como fortalezas de la tradición catolica y nacional ante el oleaje modernista anglosajón — habían resistido con una tenacidad que les ganó el desprecio de la prensa liberal y la gratitud silenciosa de Roma. Ellos entendían, con esa intuición que da la memoria de haber sufrido el demoledor Kulturkampf de Bismarck, que las concesiones teológicas nunca son gratuitas. Que cada vez que la Iglesia dice “en esto nos parecemos al mundo”, pierde algo que no siempre sabe nombrar pero que le es esencial.

Y ahora, una década después, los hijos intelectuales de Ireland y sus co-conspiradores escribían en revistas teológicas europeas. Citaban a Kant. Citaban a Darwin. A su propio Haecker y Ireland. A Lammenais, su Gibbons keane y Dennis O’Connel. Citaban, con reverencia apenas disimulada, a los exégetas protestantes alemanes que friamente disecaban los Evangelios como si fueran textos de Homero o de algún otro autor secular. Sus opiniones radicales eran difundidas por una creciente corriente que las asumía como verdades inconcusas.

El modernismo era, en ese sentido, el nieto. La Alta Vendita había sembrado paciente y constantemente. El americanismo había cultivado. El modernismo era la primera cosecha.

— ¿Tiene el informe sobre el barnabita Juan Semeria? — preguntó Merry del Val.

— Aquí — Benigni extrajo una hoja del interior de su sotana con una familiaridad que hubiera resultado cómica en otro contexto —. Como dijo su Eminencia, es Barnabita, sacerdote. Nació en 1867, en Coldirodi. Vinculado a Ernesto Buonaiuti y su pandilla -perdone la expresión- modernista. Muy astuto, sabe como escabullirse. Predica principalmente en Génova. Tiene unos libros que estamos revisando. Es bastante temporalista, casi reductivo a ello. Muy en la línea de pensamiento de Loisy. Sus sermones son brillantes, Señor Cardenal. Demasiado brillantes. Estudió Filosofía, Teología y Biblia. Admirador de Felicité de Lamenais y de los exégetas protestantes germanos. Habla de Cristo con una emoción que conmueve a las multitudes, pero cuando uno lee sus libros despacio…

— Desaparece el Cristo de la fe y la revelaión sobrenatural.

— Queda un maestro. Un profeta. Un hombre extraordinario. Pero sólo hombre.

Se ven huellas que ha bebido de las impiedades de Herman Reimarus, aquel que ya hace un par de siglos propuso la feamente llamada “cristologia desde abajo”. Hay horrendos ecos de Federico Straus y Ernesto Renan, y sus heréticas afirmaciones. En semeria son ecos disfrazados pero que para los expertos saltan a la vista. Adolfo von Harnack y Guillermo Bosuet son sus hernanos descarados que riegan sus herejías contra la fe catolica, especialmente contra Nuestro Señor con ostentación y descaro. Como los peores herejes.

Merry del Val, bajo la cabeza. Se le veía dolido. Tras unos momentos de silencio, asintió lentamente, con un sí que se le escapó penoso.

Ese era el mecanismo. No la negación brutal, que hubiera sido fácil de identificar y condenar. Sino la sustitución silenciosa, camuflada, tibia. La purga y reducción de lo incómodo, la sustitución de lo fundamental por temas agradables al mundo moderno y a la ideología masónica.

Parece el mismo vocabulario que usan todos, pero con torcido sentido. Aparencia de la misma piedad exterior, como disfraz. Pero vaciada por dentro, como un pan que conserva la corteza y pero ha perdido la miga.

Pascendi Dominici Gregis había salido apenas dos años antes, en 1907, y el Papa Pío X había golpeado la mesa con una claridad que hacía décadas no se veía en Roma. El modernismo no era un error. Era, como dijo el Papa con una severidad que escandalizó a los periodistas y reconfortó a los creyentes, “la suma de todas las herejías”. Porque su método era exactamente ese: tomar cada dogma, cada misterio, cada verdad revelada, y disolverlo en el ácido de la experiencia individual subjetiva. La verdad sería opinable, la realidad era lo que uno veía o quería desde sus pasiones. El objetivo, el de la Alta Vendita, que no quedara nada claro, menos obligatorio, nada sobrenatural, nada que un hombre moderno no pudiera suscribir sin sacrificio de su capricho y su razón ilustrada convertida a lo temporal.

El Sodalitium Pianum era la respuesta inteligente y práctica a esas amenazas organizadas y conectadas por hilos sutiles. El astuto Benigni había construido una red de corresponsales en docenas de diócesis: profesores de seminario, párrocos, religiosos, estudiantes, seminaristas, laicos de corte intelectual de confianza. No eran espías, se decía Benigni a sí mismo, aunque los enemigos usaran esa palabra con satisfacción. Eran vigías. Hijos fieles de la Iglesia que desde las alturas de las torres de guardia avistaban el horizonte. Hombres de oración y estudio, que leían, escuchaban, tomaban notas y escribían cartas en un código que combinaba el latín eclesiástico con referencias bíblicas que solo los involucrados podían descifrar.

Kyril era el nombre en clave del propio Rafael Merry del Val. Se refería al apóstol de los eslavos. El que lleva la fe a los lugares que aún no la conocen, o que la han olvidado o andan confundidos.

En Munich, aquella misma semana, un joven teólogo llamado Georg — estudiante de un profesor que había estudiado con un discípulo de los grandes exégetas de Tubinga — copiaba en su cuaderno una frase que le había dicho su maestro con el tono de quien comparte una verdad liberadora:

“La fe no puede tener miedo a la historia. Si Cristo fue verdaderamente hombre, entonces su historia debe ser investigada como la de cualquier otro hombre.”

Georg la copió. Le pareció valiente. Audaz. Razonable.

No sabía que esa misma frase, con variaciones mínimas, llevaba cuarenta años cruzando Europa de boca en boca, de seminario en seminario, como agua sucia que busca la grieta por donde colarse.

Merry del Val se levantó del escritorio y fue hasta la ventana. Abajo, la plaza estaba casi vacía. Una anciana cruzaba bajo la lluvia con paso resuelto, el manto negro pegado al cuerpo, un rosario envuelto en la mano derecha.

Pensó en su padre, diplomático español al servicio de Isabel II, hombre de mundo que sin embargo se arrodillaba para rezar, cada noche en el dormitorio antes de dormir. Pensó en los años de su formación en Bruselas, en París, en el Colegio Inglés de Roma. En cómo había aprendido a moverse entre culturas sin perderse en ninguna, porque llevaba algo que no dependía de la cultura: una certeza que no era rigidez sino raíz: la fe recibida y vivida.

— Padre Benigni — dijo sin volverse —, ¿cuántos seminaristas tiene el informe de Friburgo?

— Cuatro, eminencia. De los cuales dos ya tienen correspondencia documentada con el círculo de Loisy.

— Cuide que el obispo sea informado. Con cristiana discreción. No es hora de acusaciones formales todavía. Pero que sepa que debe observar. No queremos que el virus se propague.

— ¿Y si el obispo mismo…?

— Entonces — dijo el cardenal, volviéndose por fin, con esos ojos grises que no expresaban crueldad sino algo más difícil de describir: una tristeza activa, una compasión que no excluía la firmeza — entonces tendremos un problema más serio. Y lo trataremos en consecuencia.

La lluvia no cesó esa noche.

En algún lugar de Lyon, un sacerdote terminaba de escribir un artículo que aparecería en una revista de teología bajo un seudónimo. En Boston, un obispo de apellido irlandés pronunciaba en un club de caballeros un discurso sobre los valores americanos y democráticos que debían renovar la Iglesia universal. En Bélgica, en un seminario, un estudiante quemaba con precipitación unas cartas después de recibir una visita inesperada de su rector.

Y en Roma, un cardenal que amaba la música, hablaba siete idiomas y nunca levantaba la voz, revisaba sus notas a la luz de una lámpara, marcando nombres, fechas, conexiones, con la paciencia de quien sabe que las batallas importantes no se ganan en una tarde, sino a lo largo de años, con la misma lentitud con que el agua, gota a gota, da forma a la piedra, o la destruye.

La red existía. La red vigilaba. Y en los años que siguieron, cuando el Sodalitium Pianum fuera descubierto y denunciado por doquier en articuladas maniobras, cuando sus métodos fueran juzgados con escándalo por unos y defendidos con convicción realista por otros, cuando la historia decidiera si Benigni había sido un guardián de la fe o un mero inquisidor, Merry del Val ya no estaría para argumentar, con esa lucidez que desde siempre lució, para defenderse como otros en la bimilenaria historia de la Iglesia habían hecho al optar por la Ciudad de Dios contra sus enemigos.

Murió en 1930, con gran fama de santidad entre muchos, especialmente entre aquellos quienes lo conocieron de cerca.

Sobre su lápida, por voluntad propia, mandó grabar una sola frase.

“Da mihi animas, cetera tolle.” Dame las almas. Lo demás, llévalo.

Lo demás, en efecto, ya lo habían codiciado otros. Las almas seguían siendo de Dios, anhelando a Dios.

Fin del relato historico.

 

 

Apunte Biográfico

Rafael Merry del Val: El Cardenal de la Humildad Silenciosa

Hay figuras en la historia de la Iglesia que no necesitan gritar para ser escuchadas. Rafael Merry del Val y Zulueta fue una de ellas. Secretario de Estado bajo el pontificado de San Pío X, hombre de fe, hábil diplomático de sangre fría, teólogo de formación sólida y, sobre todo, hombre que eligió conscientemente vivir en la paradoja más exigente del cristianismo: tener poder y no amarlo.

Nacido en Londres en 1865, de padre español y madre irlandesa, Merry del Val creció entre dos mundos —el diplomático y el espiritual— sin jamás confundirlos. Fue ordenado sacerdote en 1888, y desde muy joven demostró una capacidad poco común para moverse entre las estructuras de la Iglesia sin dejarse moldear por lo burocrático que hay en ellas. No es un mérito menor. Las instituciones tienen una manera silenciosa de formatear a quienes las habitan.

El Secretario de Estado que pensaba antes de actuar

Cuando Pío X lo nombró Secretario de Estado en 1903, Merry del Val tenía apenas 38 años. Era, para cualquier observador externo, demasiado joven para una posición que equivalía, en términos prácticos, al primer ministro de la Santa Sede. Pero Pío X no buscaba un administrador. Buscaba un hombre inteligente -hasta brillante-, astuto, sencillo, con una fe conocida y vivida, y dado a la vida interior y que comprendiera que la política eclesiástica no era un fin en sí misma, sino un instrumento al servicio de algo más hondo: la misión de la Iglesia. Difícil encontrarlo, pero el Papa lo halló y lo puso a trabajar incansablemente.

Merry del Val lo comprendía. Su rol como estratega en los años que definieron la lucha contra los coletazos de la herejía ameicanista y el modernismo no puede reducirse a una caricatura represiva, como a veces se ha intentado mancillarlo con el tipico objeto de echar barro sobre el diamante. Nunca fue así.

Fue un hombre que creía genuinamente que las ideas tienen consecuencias, que la teología no es un juego ni académico ni ociso, simplemente no es un juego. Creía que una Iglesia que pierde su columna vertebral doctrinal, unida a la tradición, no salva a nadie. Quiza podía estar equivocado en algunos de sus métodos —la historia tiene el derecho de opinar si quiere, es opinión—, pero no en la seriedad con que tomaba las ideas ni en la estrategia con que servía a la misión de la Iglesia desde una fe y una piedad ejemplares c

Su correspondencia, su participación en la redacción de documentos pontificios -siempre era el depósito de ideas para el Papa- y su manejo de las relaciones con los gobiernos europeos revelan a un hombre que desde una fe interior y categorizada, pensaba estratégicamente sin nunca perder el hilo espiritual. Eso es, en el mundo de la política eclesial, una rareza notable.

La lucha humana por ser fiel

Hay algo que los biógrafos más honestos de Merry del Val no pueden ignorar: su vida interior contradecía, de manera casi escandalosa, lo que algunos gustaban destacar de su vida pública. El hombre que firmaba despachos diplomáticos y tomaba decisiones que afectaban a millones de fieles, piadosamente se arrodillaba cada mañana durante horas en oración. Celebraba la Santa Misa con la convicción que era verdad. El cardenal que los adversarios describían como inflexible, sin embargo dejó escrita una Letanía de la Humildad que los descuadra, y que sigue siendo uno de los textos espirituales más cotizados por quienes aún hoy comparten su espirialidad.

En esa letanía late la conciencia de alguien que sabe exactamente a qué tentaciones está expuesto:

“Del deseo de ser estimado, líbrame, Señor. Del deseo de ser amado… Del miedo a ser olvidado, líbrame…”

No son palabras decorativas. Son un combate. Y ese combate es el más humano de todos: el que libra quien tiene influencia y debe recordarse cada día que esa influencia no le pertenece. La tiene para servir. Es de Dios.

El valor que daba a la humildad como categoría del pensamiento

Aquí está, quizás, el aspecto menos explorado de Merry del Val: su convicción de que la humildad no es solo una virtud moral, sino una categoría epistemológica. Una manera de conocer.

Para él, el teólogo o el pensador que no cultiva la humildad no solo es moralmente deficiente; es intelectualmente incompleto. Porque la soberbia cierra el acceso a ciertas verdades que solo se revelan a quien está dispuesto a no tener razón, a rectificar, a reconocer los límites de su propio sistema. En un siglo en que los grandes sistemas ideológicos —el positivismo, el racionalismo historicista, el modernismo teológico— confiaban ciegamente en su propia coherencia interna, Merry del Val representaba algo contracultural: la sospecha saludable de la propia subjetiva inteligencia.

Esto no era anti-intelectualismo. Era todo lo contrario. Era la intuición de que el pensamiento verdaderamente serio exige una disciplina que va más allá de la lógica formal: exige la disposición a ser corregido por la realidad, por la tradición, por el otro fiel. En términos académicos contemporáneos, diríamos que era epistemológicamente humilde. Él lo habría dicho de otra manera, más simple y más exigente: era fiel.

Un legado incómodo y necesario

El Cardenal Rafael Merry del Val murió en Roma en 1930, en la misma habitación donde había dormido durante décadas como Secretario de Archivos del Santo Oficio —un cargo administrativamente menor en comparación con lo que había sido—, sin quejarse jamás del descenso. Eso, para quien conoce los mecanismos del ego eclesiástico de los monseñores vaticanos, dice más que cualquier discurso.

Fue beatificado en proceso junto a Pío X, aunque su causa individual permanece abierta. Pero su legado no depende de los altares. Depende de esa pregunta que él se hizo en voz alta y que nosotros raramente nos atrevemos a formular: ¿es posible estar en el centro del poder y no corromperse por él? ¿Es posible pensar con rigor y al mismo tiempo arrodillarse y rezar con toda sinceridad?

Merry del Val apostó que sí. Lo vivió así. Y esa apuesta, en cualquier época, sigue siendo autenticamente innovativa.

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