
Por: Luciano Revoredo
Luego de someternos a un bombardeo por décadas hoy vemos como la maquinaria del progresismo funciona como una aplanadora, que nada ni nadie ha detenido por el momento y que pretende pasarnos por encima. Pero eso es normal. Está sucediendo en el mundo. Sin embargo, el Perú es ejemplo en la región como un país en que no han podido imponer el aborto, ni el matrimonio homosexual, ni la ideología de género, ni otros delirios progresistas. El Perú resiste. Pero la aplanadora sigue ahí.
El peruano es conservador, siempre lo fue. El peruano siempre ha aspirado a la propiedad, es esencialmente religioso, busca la protección de la familia, somos una sociedad tradicional.
La batalla cultural a la que asistimos es lo que se podría llamar una guerra asimétrica. Los progresistas en todo el mundo hacen prevalecer sus antivalores, corroen las sociedades y van ganando la batalla de las ideas.
Es evidente que los conservadores somos mayoría en el Perú. Eso nos obliga a realizar una gran autocrítica y encontrar las razones por las cuales la progresía ha impuesto sus condiciones y distorsionado la realidad llegando al extremo de satanizar a todo aquel que ose presentarse como conservador o peor aún ridiculizarlo.
El Perú es un país que pese al gobierno comunista y corrupto que lo tiene secuestrado debe distinguir los accidentes políticos, las anécdotas, de las cuestiones de fondo. Y la cuestión de fondo es que a la progresía hay que enfrentarla con la Verdad. Así, con mayúscula y sin complejos. Hay que defender y proteger lo eterno, las verdades inmutables, el conservadurismo tiene que ver con el instinto de supervivencia. Hay que comprender que si la izquierda avanza lo que va a desaparecer es nuestra forma de vida.
La fisonomía del Perú es la negación del plan del progresismo. Somos un país con un sólido mestizaje, resultado del encuentro armonioso de la cultura andina con el cristianismo traído por España, eso de la pluriculturalidad no funciona. Somos un país que cree firmemente en la relación entre patria , nación y estado. Nuestras fronteras son sagradas para todos los peruanos. Ese mundo sin fronteras sumergido en el humo del cannabis, que soñó Lennon, no va con nosotros. Nuestras raíces cristianas son sólidas, se reflejan en la artesanía, el folclor y todo el arte popular que conforma nuestro patrimonio inmaterial. Negar en el Perú que la base primordial de la sociedad es la familia formada por un hombre y una mujer que quieren tener hijos es tarea imposible. La aplanadora progre seguirá al frente. Lo sabemos. Hay que enfrentarla, insisto, con la Verdad, no la resisten.
Debemos ser conscientes hoy más que nunca que los valores no cambian, nunca son obsoletos. Solo estando convencidos de eso haremos del Perú el gran país al que está llamado por vocación histórica, razón de ser y temperamento.




