Vida y familia

LA HUMANIDAD PLÁSTICA

 Por: Alfredo Gildemeister

Sucedió aquel día martes 13 – ¡tenía que ser en esa fecha! –  cuando Celedonio Parihuelo Mantra perdió la razón. Todo comenzó aquella mañana en que después de tomar su desayuno leyó la noticia en su periódico favorito: “Queda prohibida la entrega de bolsas del plástico”. Como no entendiera bien el titular, leyó el texto completo de la noticia.

A partir de la fecha, en los centros comerciales, tiendas, etc. ya no se entregarían bolsas de plástico a los consumidores a fin de evitar la contaminación ambiental. En principio la medida le pareció adecuada. Había que proteger en lo posible el medio ambiente. Hacía unos días, habían podido ver en Animal Planet, como una pobre tortuga marina era salvada y rescatada de ser asfixiada en un mar repleto de bolsas y botellas de plástico.

Le indignó hasta el alma que hubiera personas y países que arrojaran su basura plástica al mar, causando tanto daño al medio ambiente. A continuación, leyó que el gobierno creaba un impuesto a la venta de bolsas de plástico, punto que no entendió bien pues si estaba prohibida su entrega, ¿para qué se creaba un impuesto a la venta de bolsas de plástico? Como Celedonio era prevenido, desempolvó la vieja canasta de mimbre que su madre, doña Petronila –que en paz descanse-  utilizaba cuando iba al mercado, y se fue al supermercado a comprar las cosas para preparar su almuerzo.

No bien llegado al supermercado, tomó una de las canastillas para poner sus compras y ¡cosas de la vida!, se percató que era toda de plástico. Se fue a la zona de carnes y tomó un par de presas de pollo, unos filetes de lomo de res y unas chuletas de cerdo. De refilón vio que dichos productos venían envueltos en unos envases de “tecnopor” y plástico.

Siguió adelante y cambió la canastilla por un carrito, el cual era más espacioso que la canasta. Al empujarlo observó que, en gran parte, era de plástico. Luego se fue a la zona de verduras, tomando unos pimientos, zanahorias, tomates y un par de lechugas. Todas envueltas en plástico. Para su postre, pues Celedonio era muy dulcero, se fue a la sección de frutas y tomó un paquete de seis manzanas, seis peras, dos chirimoyas y una mano de plátanos. Toda esta fruta estaba puesta en envases de “tecnopor” y cubierta al vacío en plástico. En la sección de postres, tomó una porción de crema volteada y una de torta de chocolate. Ambos en sendos envases de plástico.

Al pasar por la caja registradora, vino lo mejor. Tomó un paquete de pilas para su control remoto de la TV y un paquete de máquinas de afeitar. Ambos paquetes envueltos en plástico. Así mismo, se llevó dos botellas de Coca Cola, su gaseosa favorita, obviamente en botellas de plástico descartables. Como sus compras no le entraban en la canasta de mimbre, la señorita de caja le ofrece bolsas de plástico. Cuestan diez céntimos. Celedonio le informa que, con miras a cuidar el medio ambiente, la entrega de bolsas de plástico estaba prohibida. La entrega señor, no su venta, le informa la señorita. En otras palabras, si usted paga, con impuesto incluido, tiene las bolsas que desee.

En ese instante Celedonio como Condorito pensó: ¡Exijo una explicación! y casi hace ¡Plop! pues Celedonio no entendía nada. Como decidió no comprar las bolsas de marras, se fue a su auto y puso sus compras directamente en la maletera, además de la canasta de mimbre. Al mirar sus compras, fue consciente por primera vez que casi la mitad de sus éstas ¡estaban conformadas por plástico! Su mente comenzó a entrar en shock. Se subió al auto y al tomar el volante, observó que éste era de plástico endurecido. Vio el panel de su hermosa camioneta cuatro por cuatro, y ¡todo era de plástico! Tomó la palanca de cambios y ésta ¡también era de plástico! Llegó rápidamente a su casa y con el apuro chocó levemente contra el poste de luz en la entrada de su casa. Al bajarse de su camioneta observó que parte de su parachoques estaba literalmente destrozado, fraccionado en pedacitos de plástico.

Celedonio entró en trompo. Subió corriendo a su habitación y optó por darse un duchazo de agua tibia y relajarse. Al ingresar a la ducha y cerrar la portezuela, observó que ésta era de un plástico endurecido; tomó la botella de shampoo y era de plástico; la esponja era de un plástico especial muy suave; el fino y delicioso jabón que producía lindas burbujas venía en una hermosa cajita de plástico; etc. Rápidamente salió de la ducha y al tomar la toalla, leyó en la etiqueta que era de fibra sintética especial ¡Plástico! Medio mareado, se sentó en la tapa del inodoro y observó que, ¡Horror! ¡era de plástico! Salió corriendo del baño y se tiró en la cama cerrando los ojos.

Fue en esos momentos que se percató de su aterradora realidad: ¡se había convertido en un hombre plástico! ¡Vivía en un mundo de plástico! Sin darse cuenta cuando ni como, ¡Se había convertido en un ser plástico! ¡Se percató que incluso sus pensamientos eran plásticos! ¡Vivía en una humanidad plástica! Quiso llamar a su médico de cabecera, el doctor Bariloco, pues no se sentía bien. Al tomar el celular lo soltó arrojándolo lejos, ¡También era de plástico! Sintiendo que estaba al borde del desmayo, llamó a su adorada esposa Hermelinda –todo lo que le faltaba de linda lo tenía de hacendosa- y al verlo tan mal, le trajo de inmediato un buen caldo de pollo. Tan solo de ver el pollo le recordó la envoltura de plástico en donde vino el pollo y decidió que su vida se había vuelto toda plástico.

Finalmente, Celedonio perdiendo la razón, tomó una importante decisión: se uniría a una comunidad Amish o se volvería ermitaño, pero… no quería ver plástico en lo que le restara de vida. ¡Cosas de nuestro loco mundo! ¡Cosas de nuestra humanidad plástica!

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