
Por: Uri Landman
La película Durmiendo con el Enemigo, protagonizada por Julia Roberts, nos narra la historia de una joven esposa, Laura, que finge su muerte cayéndose por la borda de un yate en medio de una tormenta, para poder escaparse de su marido, Martin, quien la golpea y abusa constantemente de ella durante la relación conyugal. De forma accidental, Martin descubre que Laura está con vida y logra dar con su paradero.
La pesadilla de Laura regresa cuando encuentra a Martin en su nueva casa amenazándola con un revolver. Después de una pelea entre ambos y antes un descuido del primero, Laura se hace del arma y lo mata, terminando así de una vez por todas con su abusador.
Se dice que la realidad supera la ficción. En el caso de la película de Julia Roberts, el enemigo era su esposo, quien supuestamente debía amarla, cuidarla y sobre todo protegerla; pero lejos de eso la maltrataba física y psicológicamente.
La semana pasada hemos conocido a través de todos los medios de comunicación, el caso de un estudiante del colegio Liceo Naval Almirante Guise, que fue abusado sexualmente por parte de un grupo de sus compañeros de escuela cuando se trasladaban en un bus del colegio luego de un evento deportivo. Este acto cobarde y repudiable ocurrió ante la inacción de tres adultos que se encontraban en el bus y que supuestamente debían velar por su bienestar. El chofer del bus y los dos auxiliares del centro educativo alegan desconocimiento del hecho.
Los padres del menor denunciaron los hechos, ni bien tuvieron conocimiento de los mismos. La denuncia fue puesta en la Comisaria de San Borja. Efectivos policiales de dicha dependencia acudieron al plantel educativo e intervinieron a 10 escolares quienes supuestamente habían participado de la agresión. Luego de realizadas las diligencias y de llevar a cabo las investigaciones preliminares, seis jóvenes quedaron retenidos e internados por orden de un juez en el Centro Juvenil de Diagnóstico y Rehabilitación, también conocido como “Maranguita”. La medida de retención por 120 días fue dictada por el Tercer Juzgado de Familia a pedido del Ministerio Público.
Este suceso es la punta del iceberg. En declaraciones a la prensa, el ministro de Educación informó que el colegio involucrado en este caso ha recibido más de 80 denuncias por violencia física, psicológica, hostigamiento sexual, discriminación, entre otras, en los últimos dos años.
Es lamentable reconocer que este no es un caso aislado dentro del sistema educativo peruano. En los últimos 15 ó 20 años, se han relajado de manera perniciosa los estándares de educación en nuestro país a raíz de la toma del control del Ministerio de Educación por parte de los caviares. Con el ingreso de Saavedra al Ministerio en la época de Humala y su continuación durante la presidencia de PPK, la ideología de género pasó a formar parte de la currícula escolar. Luego, en la presidencia de Vizcarra se llegó al absurdo de prohibir la expulsión de los estudiantes que cometían faltas graves y que su presencia era contraproducente para el desarrollo escolar de sus compañeros. Ello se hizo bajo la excusa que el MINEDU consideraba que la expulsión de un alumno por falta grave era el reconocimiento del fracaso institucional en la formación pedagógica del alumno. Se quitó autoridad a los profesores para que puedan disciplinar a los estudiantes y se perdió la coordinación entre padres y maestros para mantener la disciplina y el orden en los centros educativos.
Por otro lado, con el cuento que los padres tienen que ser los mejores amigos de sus hijos, estos dejaron de cumplir su rol principal que es educar, disciplinar y poner límites. Un joven o adolescente que crece pensando que puede hacer todo lo que le viene en gana sin tener límites o no pensar en las consecuencias de sus acciones será una persona insegura, agresiva y sin la capacidad de vivir en sociedad de manera civilizada.
Lo acontecido en el Liceo Naval tiene que ser castigado severamente para que sirva de escarnio para otros “potenciales agresores” en todos los centros educativos. Sin embargo, las medidas correctivas no se deben quedar allí. La educación en nuestro país tiene que pasar por una profunda reorganización, en la cual todos los niveles de la sociedad tienen que involucrarse.
Hay que recordar lo que decían nuestros abuelos: “la educación empieza en casa”. Los padres debemos involucrarnos activamente en la educación de nuestros hijos desde temprana edad. No podemos reemplazar una buena conversación en la mesa durante las comidas por el celular. Debemos limitar el uso de las redes sociales a los menores de 14 años y supervisarlos de manera activa hasta que cumplan la mayoría de edad.
No hay excusa para no participar activamente en la educación de nuestros hijos. El tiempo, paciencia y sabiduría que invertimos en ellos a lo largo de su educación, será lo más valioso que le podamos dar de nosotros mismos.




