Cultura

PARA RESTAURAR LA EDUCACIÓN

Por: Juan Manuel De Prada

Hemos dejado pasar un par de semanas desde que se hiciera público ese grimoso Informe Pisa, pues no quisiéramos que nuestra denuncia sobre el sórdido deterioro que sufre la educación en España se asociase al revuelo causado por semejante paparrucha sistémica. No debemos olvidar que las pruebas con que el Informe Pisa evalúa a los jóvenes que escoge como cobayas son sencillamente grotescas. Así, por ejemplo, en las pruebas de «comprensión lectora» no se pide comentar a Homero ni a Cervantes, sino «artículos de opinión» y «textos científicos divulgativos» plagados de bazofias para memos; de modo que obtener una puntuación baja en esta prueba podría interpretarse paradójicamente como un signo esperanzador.

Una restauración educativa digna de tal nombre exige, en primer lugar, una recuperación concienzuda y exigente de las disciplinas humanísticas, que han sido las principales víctimas de los pedagogos encargados del genocidio cultural. Pues, para modelar a una generación fácilmente manipulable, sumisa a los más burdos clichés ideológicos y aturdida por banalidades, conviene privarla de su genealogía cultural y moral. Una auténtica restauración educativa exige, en primer lugar, un restablecimiento de la cultura clásica que nos devuelva nuestra tradición cultural y nos permita reconocer los cimientos vivos y fecundos de nuestra civilización. En todo intento de abolir nuestra tradición cultural subyace –amén de un intento de manipulación social– una bárbara y obscena reivindicación del caos y de la nada.

Además de la recuperación de las humanidades clásicas, la restauración de una educación digna de tal nombre exige defendernos contra la invasión tecnológica. Al igual que los músculos, las neuronas se fortalecen con el ejercicio; y unas neuronas que han dejado de afrontar retos, fiándolo todo a la información que se les suministra a través de una pantalla, se atrofian y envejecen prematuramente. Los artilugios electrónicos reducen el esfuerzo inquisitivo, destruyen la capacidad de concentración, aminoran las capacidades nemotécnicas, provocan dependencias y adicciones desintegradoras de la personalidad, generan ansiedad, hiperactividad, déficit de atención, insomnio y otros muchos trastornos neurológicos. Su erradicación de las aulas debe ser completa.

Por último, debemos formularnos una pregunta: ¿A quién ha beneficiado el genocidio cultural perpetrado por los pedagogos durante las últimas décadas? ¿Quién ha decidido privar a los jóvenes del acervo cultural que los explica, ofreciéndoles a cambio entretenimientos groseros que agusanan sus almas? ¿Quién los ha nutrido de bazofias sistémicas, mientras los pastoreaba hacia la barbarie? A los responsables de este genocidio cultural se les debe castigar sin remilgos, con castigos públicos y ejemplares que no describiré, para que no me metan en la cárcel; pero que las tres o cuatro lectoras que todavía me soportan –gentes formadas en la cultura clásica– pueden imaginar perfectamente.

 

© ABC

Dejar una respuesta