Vida y familia

SIN MIEDO A LA VIDA Y SIN MIEDO A LA MUERTE

“iNo muere quien perdura en el espíritu de sus continuadores".

Por: Gabriela Pacheco

Hace unos años cuando regresaba en avión de una visita a Canadá, pasé por una experiencia muy reveladora. El vuelo tuvo mucha turbulencia a causa de una tormenta eléctrica, alarmando a los pasajeros y retando a los tripulantes para tranquilizarlos y brindar seguridad. La idea de que moriríamos en un accidente sobrecogía a muchos. No porque sea una persona insensible o apática, pero en ese momento me mantenía calmada y en paz a diferencia del resto de pasajeros. Más bien los observaba a detalle. Era evidente el debate entre el respeto, la negación y la indiferencia ante la muerte. Había unos que se ponían a rezar y se persignaban con frecuencia; otros estaban pálidos sin saber a qué aferrarse; muy pocos se mantenían ecuánimes porque reconocían inútil intentar sobrevivir a un desastre aéreo. La muerte de todos era una realidad, aunque difería la actitud de rechazo o aceptación a ella.

Así, nace mi interrogante: ¿Por qué tenemos tanto miedo a morir? No creo que tememos a la muerte en sí ya que en distintas situaciones la vemos rondar cerca de familiares y amigos. Más bien nos adentramos en las oscuridades del tema como algo categóricamente diferente de la muerte del otro.

Uno de los temores instintivos es el temor al dolor. Una muerte llena de sufrimiento escapa a nuestra racionalidad, por eso no la aceptamos o resistimos en aceptarla. Sin una visión trascendente de la vida el dolor carece de sentido, resulta meramente físico carente de sentido. Por la fe comprendemos que el dolor puede ser camino de purificación de nuestras propias faltas, y que, en la comunión de los santos, podemos incluso unirnos a quienes atraviesan el sufrimiento.

La soledad aparece como un motivo para evitar enfrentar a la muerte. Conocemos historias de personas que en su lecho de muerte se arrepienten de haber gastado su vida en una búsqueda frenética del dinero y placer descuidando su familia y de su hogar. Perdieron la oportunidad de vivir con sus seres queridos y de tener una buena vida. Sin embargo, el hecho de reconocer ese desamor nos trae una reflexión sobre la propia existencia, ¿no eran conscientes de que iban a morir? ¿Desperdiciarían sus vidas de ese modo si realmente comprendieran que tenían los días contados? Dicho de otro modo, uno espera a encontrarse en una situación límite para reflexionar sobre su vida (en este caso sobre su muerte), cuando uno vive a diario con la incertidumbre de su día final. Por consiguiente, ¿porqué se prolonga el encuentro del sentido a su vida cuando llegan esos momentos irremediables?

La incertidumbre de no saber cuándo ni cómo será la muerte nos alerta sobre la fragilidad de la vida. Muchos escenarios diferentes e inquietantes que nos ponen nerviosos solo de pensar, desde un trágico accidente de tránsito hasta un silencioso aneurisma o infarto que nos pueden dejar agonizando en una cama de hospital a la espera de la muerte inminente. ¿Acaso creer que “todavía no”, “que aún falta mucho tiempo” nos hace inconscientes de vivir cara a Dios? Quizá ese “tarde o temprano” puede ser “ahora”.

Con frecuencia vivimos abocados a ganar una carrera desenfrenada desde que nacemos con una vida repleta de compromisos. El trabajo, la familia, el  gimnasio y la lectura de libros para estar actualizados emergen del mismo impulso, de ganar la carrera de la vida y en esa búsqueda, la muerte no ocupa espacio. La mayoría vive como si la vida fuera a durar para siempre y ante la inminencia de su propia muerte se dan con la sorpresa de que no vivieron cómo hubiesen querido ni hicieron las cosas que debieron hacer, peor aún no hicieron el bien que pudieron. Dieron la espalda a la propia búsqueda del Ser Supremo que está más allá de la muerte y que paradójicamente es la Vida eterna.

La rutina, el activismo y la búsqueda desenfrenada por tener es una respuesta a la muerte misma, nos enredamos en tareas absurdas y nos entregamos por entero a actividades irrelevantes, no por ingenuidad ni descuido sino para olvidarnos de que existe Dios que nos espera luego de la muerte. Podemos pretender olvidarnos de que la muerte es parte de nuestra realidad y actuar con indiferencia, mas no significa que nos libramos de ella.

Algunos filósofos hablan de la muerte un concepto límite, definitorio de la existencia humana. Heidegger en particular presentaba el ser-ante-la-muerte como la actitud que nos abre a un Ser auténtico, que nos recupera del estado de caído del Uno común, de la vulgaridad de una vida frívola y superficial de una existencia que equivale a no existir, para ser, con los ojos abiertos a nuestra finitud, finalmente únicos. Afrontar la muerte entendida no como tragedia inevitable sino como parte del camino vital y espiritual del ser humano que va camino a encontrarse con la vida.

Morir a lo superfluo o transitorio podría sentirse casi como perder vida, pero todo cambia cuando tenemos la esperanza de que algo nuevo y mejor va a aparecer. Si no queremos morir aún es porque interiormente sabemos que no hemos encontrado el verdadero sentido de la vida y que si la hallamos estaremos comprometidos en vivir acorde con ella. Asumir la propia muerte es aprender a vivir con plenitud cada instante.

Dudo que los creyentes no temamos el final de la vida sea por nuestra valentía, sino más bien, porque comprendemos que caminamos hacia un encuentro final, siendo la muerte un límite temporal necesario para vivir eternamente.

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