
Por Luciano Revoredo
Recientemente la organización animalista PETA proyectó mensajes en las paredes del Palacio Apostólico del Vaticano, con frases como “Las corridas de toros son pecado” y “200.000 católicos están en contra”. La acción buscaba presionar al Papa León XIV para que condene la tauromaquia, argumentando que es contraria a la dignidad humana y a la enseñanza de la Iglesia, citando incluso la encíclica Laudato Si del Papa Francisco. Sin embargo, esta intervención no solo fue un acto de provocación, sino que también plantea preguntas sobre la autoridad del Papa en asuntos culturales que no tengan que ver con temas de fe o moral.
El Papa, como líder espiritual, no tiene injerencia directa en las decisiones de los ciudadanos sobre asistir o no a manifestaciones culturales como las corridas de toros. La tauromaquia, practicada en países como España, México, Colombia y el Perú, no es un asunto relacionado con la vida religiosa ni le afecta, sino una tradición cultural que forma parte de la identidad de comunidades enteras. La libertad de los ciudadanos para elegir participar en estas prácticas está protegida y pretender que el Vaticano legisle sobre ello es un intento de imponer una visión particular sobre una cuestión que, es evidente, trasciende la esfera religiosa.
También recientemente, durante un concierto en la Arena Cañaveralejo, antigua plaza de toros de Cali, Andrés Calamaro desató una tormenta al dedicar su canción Flaca a “todos los toreros, ganaderos, banderilleros y aficionados que se quedan sin trabajo” tras la prohibición de las corridas de toros en Colombia, aprobada en 2024 y con entrada en vigor en 2027. Mientras interpretaba la canción, simuló movimientos taurinos con su chaqueta roja, un gesto que provocó abucheos de parte del público. En respuesta, Calamaro abandonó el escenario, exclamando: “Lo siento, están cancelados y bloqueados. Hasta nunca”. Este acto, lejos de ser un capricho, refleja una defensa coherente de la libertad y de una tradición que Calamaro, como millones en el mundo, consideramos parte esencial de nuestra identidad cultural.
En sus redes sociales, Calamaro reafirmó su postura, comparando la tauromaquia con otras expresiones culturales como la literatura o el cine, y criticando la “ignorancia adolescente” de quienes buscan imponer prohibiciones sin un debate razonado. Su reacción no solo fue un desafío a la presión social, sino también dejó en claro que la cultura no debe ser sacrificada en nombre de sensibilidades impuestas por traficantes de sentimentalismos bobalicones. Calamaro, conocido por su afición a los toros y su amistad con toreros como José Tomás, ha defendido consistentemente la tauromaquia como un arte que combina valor, estética y respeto por la naturaleza, argumentando que su abolición equivaldría a “sacrificar a toda una especie”.
La tauromaquia, definida por la Real Academia Española como “el arte de lidiar toros”, es una práctica con siglos de historia. Más allá de un espectáculo, es un ritual que combina elementos de arte, tradición y simbolismo. Figuras como Goya, Picasso y Lorca han inmortalizado la tauromaquia en sus obras, otorgándole un lugar indiscutible en el patrimonio cultural. En España, por ejemplo, fue declarada patrimonio cultural en 2013, y genera un impacto económico significativo, con millones de espectadores y cientos de millones en ingresos anuales.
Los defensores de la tauromaquia, sabemos que el toro bravo vive una vida digna en el campo antes de su enfrentamiento en la plaza, en contraste con los animales destinados al matadero industrial. Además, las ganaderías taurinas preservan ecosistemas como la dehesa, un hábitat crucial para la biodiversidad. En palabras del mencionado Calamaro, “el toreo es la máxima expresión humana y animal, no existe nada que se le compare”. Esta visión resalta la singularidad del toro bravo, criado específicamente para la lidia, y su papel en una tradición que exalta el coraje y la conexión entre el hombre y la naturaleza.
PETA, conocida por sus campañas sensacionalistas, ha sido criticada por su enfoque selectivo y sus métodos cuestionables. La organización, que recauda millones de dólares anualmente, ha sido acusada de utilizar el sufrimiento animal como una herramienta para manipular emociones y generar ingresos, mientras ignora otras cuestiones éticas fundamentales. Por ejemplo, PETA no ha mostrado un compromiso claro con la defensa de la vida humana, como en los debates sobre el aborto o la eutanasia, lo que pone en duda su coherencia moral. Si su preocupación es el respeto por la vida, ¿por qué no abogar con igual vehemencia contra prácticas que afectan a seres humanos?
Además, PETA ha enfrentado críticas por su manejo de animales. Informes han señalado que la organización somete a eutanasia a miles de animales en sus refugios, contradiciendo su supuesto compromiso con los derechos animales. En 2019, por ejemplo, se reportó que PETA sacrificó al 65% de los animales bajo su cuidado en Virginia, según datos del Departamento de Agricultura y Servicios al Consumidor de ese estado. Este doble estándar sugiere que la organización prioriza la generación de ingresos y la atención mediática sobre una defensa coherente de la vida.
Calamaro, en su descargo, acusó a los activistas animalistas de “nazi animalistas” y de carecer de argumentos sólidos, señalando que muchos consumen carne mientras condenan la tauromaquia. Esta hipocresía, según él, refleja una falta de comprensión sobre la tauromaquia y un desprecio por las libertades de quienes la valoran como expresión cultural. La postura de PETA, que busca imponer una visión única mediante tácticas como la proyección en el Vaticano, no fomenta el diálogo, sino la polarización.
La tauromaquia es un tema que divide, pero su prohibición no puede justificarse sin un debate que respete la diversidad cultural y las libertades individuales. La acción de PETA en el Vaticano, aunque impactante, no reconoce la complejidad de una tradición que ha moldeado identidades y economías durante siglos. Por su parte, Andrés Calamaro, con su valiente defensa en Cali, puso en evidencia la importancia de no ceder ante la presión de una minoría ruidosa que busca imponer su visión a costa de la libertad de otros. Como él mismo afirmó, “Colombia es taurina como es musical, es tradicional, cultura, trabajo y libertad”.
PETA, mientras tanto, debería reflexionar sobre su propio impacto y coherencia. Si su objetivo es proteger la vida, su silencio sobre el aborto y la eutanasia resulta revelador. La tauromaquia, como cualquier manifestación cultural, merece un debate racional, no una condena simplista. En un mundo que valora la diversidad, la libertad de elegir qué tradiciones abrazar debe prevalecer sobre los intentos de imponer una moral única. Calamaro, con su postura firme, y los aficionados a la tauromaquia, con su pasión, nos recuerdan que la cultura no se negocia: se defiende.






Los mismos que están detrás de que comamos grillos y cucarachas, son los que están detrás de peta, son los que dan la plata y son los que se llenan de dinero, de soros, de usaid y de los plutócratas mundiales. Basta ya de ideas ajenas.