La columna del Director

LA COBARDÍA DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL PERUANA

Por: Luciano Revoredo

La Conferencia Episcopal Peruana (CEP) ha publicado un comunicado el 7 de abril de 2025 que no solo decepciona, sino que indigna profundamente a cualquier persona que valore la justicia, la verdad y el honor de un hombre que ha dedicado su vida a la Iglesia. En respuesta a la legítima exigencia del Cardenal Juan Luis Cipriani de una rectificación pública por las acusaciones que lo señalan de abuso sexual —acusaciones que, como él mismo ha denunciado, carecen de pruebas y de un debido proceso—, la CEP ha optado por una postura cobarde, evasiva y, francamente, infame. Este comunicado, lejos de aclarar las cosas, profundiza la herida de una campaña sucia que busca mancillar el nombre de un pastor ejemplar, mientras expone la complicidad de una institución que debería ser baluarte de la verdad, pero que prefiere esconderse tras un lenguaje ambiguo y tibio.
El Cardenal Cipriani, en una carta publicada el 31 de marzo último, expuso con claridad y valentía la “campaña sucia” en su contra, orquestada desde sectores progresistas dentro y fuera de la Iglesia, que han utilizado acusaciones de abuso sexual —originadas en un artículo de El País del 25 de enero de 2025— para destruirlo moralmente. En su misiva, Cipriani no solo desmiente categóricamente las acusaciones, sino que denuncia que nunca se le permitió defenderse en un proceso canónico justo, y que las medidas disciplinarias impuestas por el Vaticano (restricciones a su ministerio y la exigencia de residir fuera del Perú) se basaron en rumores, no en hechos verificados. Más aún, señaló el silencio cómplice de la CEP, que en enero emitió un comunicado sugiriendo que las medidas contra él eran resultado de una investigación que “verificó la verdad de los hechos”, una afirmación que Cipriani califica, con razón, de “falsa y calumniosa”. Exigió, por tanto, una rectificación pública, un acto de justicia elemental que cualquier hombre, y más aún un cardenal, merece.
¿Qué ha hecho la CEP ante este clamor de justicia? En su comunicado del 7 de abril, firmado por su presidencia, la CEP no solo se niega a rectificar, sino que se escuda en una retórica vacía y deshonesta que agrava la injusticia. El texto, dividido en cuatro puntos, es un monumento a la hipocresía. En el primero, la CEP dice “renovar su compromiso” con las víctimas de abuso, una declaración que suena noble, pero que en este contexto resulta irrelevante, pues no hay evidencia de que Cipriani haya cometido delito alguno. En el segundo punto, afirma que las medidas contra Cipriani fueron tomadas “tras un proceso de investigación”, pero no ofrece detalles ni pruebas de dicho proceso, perpetuando la opacidad que el cardenal ha denunciado. El tercer punto es aún más indignante: la CEP asegura que las medidas contra Cipriani “no tienen relación con el delito de encubrimiento”, una aclaración que nadie pidió y que parece diseñada para desviar la atención del verdadero problema: la falta de pruebas contra él. Finalmente, en el cuarto punto, la CEP se lava las manos, diciendo que “corresponde a las instancias competentes” esclarecer los hechos, como si ellos mismos no tuvieran la obligación moral de buscar la verdad y defender a uno de sus hermanos en el episcopado
Este comunicado no es una respuesta; es una burla. La CEP, en lugar de enfrentar con valentía las acusaciones y exigir verdad, prefiere mantenerse en una cómoda ambigüedad que protege a los verdaderos responsables de esta infamia: los sectores progresistas que han infiltrado la Iglesia con una agenda que busca destruir a quienes defienden la doctrina tradicional. La mención de “renovar el compromiso con las víctimas” es un golpe bajo, un intento de justificar su inacción con una causa que nadie cuestiona, pero que aquí se usa como cortina de humo. Si la CEP realmente quisiera justicia, habría exigido al Vaticano que publique los detalles de la supuesta investigación contra Cipriani, o habría admitido que no existe tal investigación, como el cardenal sostiene. En cambio, opta por un silencio cómplice disfrazado de neutralidad.
La cobardía de la CEP no solo daña a Cipriani, sino que erosiona la credibilidad de la Iglesia en el Perú. ¿Cómo puede una institución que dice representar a Cristo mostrarse tan tibia ante una injusticia tan evidente? El Cardenal Cipriani, un hombre que fue arzobispo de Lima y una voz firme contra los embates del progresismo, merece algo mejor que este trato indigno. La CEP, con su respuesta, no solo se niega a rectificar una calumnia, sino que se convierte en cómplice de quienes buscan destruir a un pastor por motivos ideológicos. Es un acto de traición, no solo contra Cipriani, sino contra los fieles que esperan de sus obispos un testimonio de valentía y verdad.
La Iglesia peruana está en una encrucijada. Mientras sectores progresistas, como los que menciona Cipriani en su carta, continúan su cruzada contra la fe tradicional, la CEP parece más interesada en no incomodar a nadie que en defender la justicia. Este comunicado es una mancha en su historial, una prueba de que el miedo y la tibieza han reemplazado al coraje que debería caracterizar a los sucesores de los apóstoles.
El Cardenal Cipriani, a sus 81 años, sigue dando una lección de dignidad y fortaleza al no callar ante la injusticia. La CEP, en cambio, ha elegido el camino de la infamia. Que los fieles peruanos tomen nota: la verdad no se defiende con evasivas, y la justicia no se logra con silencio. Es hora de que la CEP rectifique, no con palabras vacías, sino con hechos concretos. El honor de un hombre y la credibilidad de la Iglesia están en juego.

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