Iglesia y sociedad

JESÚS DE NAZARET, SUMO EXORCISTA

Iniciamos con este artículo la publicación de una interesante serie de Federico Prieto Celi sobre un tema que siempre llama la atención: el exorcismo. Se trata de una serie de artículos en tono periodístico, que sin duda despertarán el interés de nuestros lectores

Por: Federico Prieto Celi

Cuando se habla de materias que infunden una sensación de incredulidad o misterio, la tendencia es rechazarlas como inútiles o falsas, para quedarnos tranquilos. Por eso, un modo de tomar conciencia de que se trata de algo real, verdadero y actual es acudir al derecho. Se legisla sobre cosas ciertas, no inventadas. El código vigente de derecho canónico, regula que los obispos concederán licencia peculiar y expresa solamente a sacerdotes piadosos, doctos y prudentes, con integridad de vida, para realizar legítimamente exorcismos sobre los posesos, de tal manera que quienes no estén autorizados no deben hacerlo (c. 1172). Así, pues, el derecho nos dice que los exorcismos son actos existentes que tienen por objeto acercar a los fieles a Dios, reales como todas las materias que norma la Iglesia.

Jesús bendecía a las gentes, especialmente a los niños, y expulsaba a los demonios, como nos narran los cuatro evangelios. Delegó estas facultades a los doce apóstoles, cuando los mandó a predicar el reino de Dios por las aldeas del pueblo de Israel, e hizo lo mismo después con los 72 discípulos, a quienes envió asimismo para el mismo fin. Apóstoles y discípulos regresaron de su misión muy contentos, contándole al Maestro que hasta los demonios se les sujetaban en su nombre (Lc 10, 17).

El exorcismo, término que en el griego clásico significa conjurar, obligar mediante juramento, es la práctica realizada normalmente por un sacerdote autorizado por su obispo para expulsar un demonio de una persona posesa, dominada por ese demonio, para librarla y devolverla al seno de la Iglesia. Los peritos afirman que si el demonio -uno o varios- se ha metido en el cerebro sufre de posesión total y si ha entrado en el estómago sufre posesión parcial. Otras veces el demonio acosa desde fuera, maldice a su víctima, o lanza contra ella un mal espiritual o material. El objeto de la posesión puede ser una persona,  animal, objetos, pueblos y casas. Contra todo ello puede y debe actuar el exorcista.

Jeremías lamenta que el pueblo de Israel pronuncie non serviam -no serviré- para expresar su rechazo de Dios – el pecado capital de la soberbia-, en referencia a la caída de los ángeles desobedientes, Lucifer  y todos los demonios que le siguieron, que se habían rebelado contra Dios, y que fueron expulsados de la presencia de Dios por el arcángel san Miguel. Con la expresión «la caída de los ángeles», se indica que Lucifer y los otros demonios, de los que hablan la Sagrada Escritura y la Tradición de la Iglesia, eran inicialmente ángeles creados buenos por Dios, que se transformaron en malvados porque rechazaron a Dios y a su Reino, mediante una libre e irrevocable elección, dando así origen al infierno.

Los demonios intentan asociar al hombre a su rebelión contra Dios, pero Dios afirma en Cristo su segura victoria sobre el Maligno. El hombre, tentado por el diablo, dejó apagarse en su corazón la confianza hacia su Creador y, desobedeciéndole, quiso «ser como Dios» (Gn 3, 5), sin Dios, y no según Dios. Así Adán y Eva perdieron inmediatamente, para sí y para todos sus descendientes, la gracia de la santidad y de la justicia originales. (Compendio del Catecismo de la Iglesia católica, nn. 74 y 75).

Jesús, pues, es el Sumo Exorcista, y ha dado el poder de expulsar los demonios a sus apóstoles y discípulos, obispos y sacerdotes. La historia registra asimismo  actos de exorcismo de personas santas que no eran sacerdotes, como san Francisco de Asís y santa Catalina de Siena, entre otras. El Espíritu Santo sopla donde quiere (Jn 3, 8).

 

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