
Por: Alfredo Gildemeister
El próximo mes de marzo se cumplirán dos años que se declarara la pandemia por el Covid19 en el mundo y de aquel famoso domingo 15 de marzo en que el presidente Vizcarra anunciara el inicio del estado de emergencia y de una drástica cuarentena como nunca antes se había visto en el Perú y en el mundo. Lima se convirtió de la noche a la mañana en una ciudad fantasma, digna de una película de Hollywood sobre el fin del mundo o la guerra nuclear. Nadie sabía a ciencia cierta a qué nos enfrentábamos, cual era la gravedad de ese virus denominado Covid19, hasta que el dolor, el sufrimiento y la muerte empezó poco a poco a tocar la puerta del hogar de las familias peruanas. Las costumbres y rutinas de todos los peruanos cambiaron. Estábamos literalmente encerrados en nuestros hogares, con las incomodidades y contratiempos que ello generaba. Todos tuvimos que comenzar a estudiar velozmente las diversas plataformas que la tecnología informática ofrecía como el Zoom, Blackboard, Microsoft Teams, Canvas, etc. para poder trabajar o estar conectados con el mundo exterior. Las redes sociales se volvieron vitales, más de lo acostumbrado, y la era online comenzó a fondo en la vida de todos los peruanos. El drama recién comenzaba.
La cuarentena trajo como consecuencia que cientos de empresas y centros de trabajo comenzaran a tener dificultades económicas y financieras, al tener pocos ingresos o simplemente nada de ingresos. Laboralmente las empresas, restaurantes, colegios, nidos, universidades, tiendas y demás negocios al no tener ingresos, no podían pagar sueldos. De allí que se impusiera la suspensión perfecta en materia laboral. Las personas con un trabajo formal dejaron de percibir sus remuneraciones suspendidas o simplemente se quedaron sin trabajo de la noche a la mañana, por lo que tenían que vivir de sus ahorros, si es que los tenían. De otro lado, el 70% de trabajadores informales en el país tenían que seguir laborando pues tenían que sobrevivir día a día de su trabajo. Pero la cuarentena y la inmovilidad se los impedía, ante un gobierno que al parecer desconocía esta realidad. Para contrarrestar estos efectos, el gobierno comenzó con su política de paliativos con el otorgamiento de bonos que no solucionaban nada, cobros de CTS y adelantos de pagos de AFP, mientras que de otro lado, paradójicamente, la incapacidad y corrupción del gobierno impedía que el sector privado importara pruebas moleculares, plantas generadoras de oxígeno y posteriormente las primeras “vacunas” que salían al mercado mundial, y cientos de peruanos comenzaban a enfermarse y a morir a diario ante la indiferencia, frialdad y cinismo de un presidente y su equipo que por incapacidad o corrupción o por ambas razones, no atinaban o no querían tomar decisiones y aplicar una política de previsión con pruebas moleculares (no la denominada prueba “rápida”), aislamiento de contagiados, implementación de camas UCI, montaje de plantas de oxígeno y la vacunación de la población con la mejor vacuna del momento como la Pfizer, y no con la vacuna china Sinopharm de baja o dudosa eficiencia. Cientos de muertes al día, sufrimiento y dolor en todas partes; muerte de familiares y amigos a diario, hizo que los peruanos viviéramos al lado de la muerte y hasta quizá nos acostumbrarnos a ella.
Se ha llegado a mas doscientos mil muertos, sólo en el Perú en estos dos años de pandemia, y esta desgracia ¿Nos ha enseñado algo? ¿Hemos aprendido algo de la vida? ¿Nos ha hecho pensar, reflexionar y cambiar nuestro modo de vida o pese a todo, queremos seguir viviendo “como si no pasara nada”? Pareciera que algunos, por no decir muchos, prefieren meter la cabeza en un hueco en la tierra como el avestruz y seguir con su vida frívola, tonta y vacía como si no hubiera pasado nada, no solo en el Perú sino en el mundo. ¿La pandemia, tanto dolor y muerte, no nos ha enseñado a apreciar las cosas esenciales de la vida como Dios, la familia, la amistad, los valores? ¿Nos hemos dado cuenta que el poder, el dinero, la corrupción, el placer, el solo divertirse y “pasarla bien”, no te lo vas a llevar a la otra vida? ¿Te has replanteado un poco la razón de ser tu vida y lo que quieres hacer con ella? La mayoría de los que han enfermado y superado el Covid19 han vuelto literalmente a nacer y a replantar su vida. ¿No nos hemos dado cuenta de que además de la existencia de Dios, hay otra verdad cierta y es que todos algún día vamos a morir? Pues pareciera que luego de ver a miles enfermarse y morir de la noche a la mañana, personas pobres y humildes, o ricas y poderosas, morir absolutamente solas, lejos de sus familiares y amigos, la gente no se ha dado cuenta de lo que es esencial en la vida: Dios, la familia, la amistad, es lo único importante que merece la pena y que ante la muerte de nada te va a servir afanarte en tener mas dinero o poder, robar y coimear mas o alcanzar el poder de cualquier manera, pues ello no te evitará morir ni rendir cuentas de esa vida que antes de la pandemia vivías como si fueras a vivir mil años, y ahora te das cuenta que quizá solo vivas unos minutos o unas horas más.
Han pasado dos años desde que se iniciara la pandemia. Hoy sufrimos la cepa Ómicron que invade con más facilidad nuestros hogares y diera la impresión de que no hemos aprendido nada. Pareciera que hay aún muchas personas que no han aprendido, no han entendido, no han sacado una clara lección de esta pandemia que aún no termina. Insisten en volver y continuar con su vida “de antes” sin darse cuenta que ya nada será “como antes”, y si no te has dado cuenta de ello es porque hay que ser muy necio o muy tonto para no percatarse que ante tanta muerte y dolor, la vida es una y la familia, Dios o la amistad es muchísimo más que el dinero, el poder, el placer, el sexo, el trago, la casa de playa, los viajes, el auto nuevo o el vivir buscando solo el “pasarla bien”. De allí que, en medio de esta tragedia mundial que aún no termina y que seguimos sufriendo día a día, busquemos y encontremos lo esencial y trascendente de la vida, que te acerques más a Dios y encuentres lo esencial de tu vida puesto que como respondiera Pedro a Jesús una tarde frente al mar de Galilea: “Señor, ¿A quien iremos? Tu solo tienes palabras de vida eterna”. He ahí “el Camino, la Verdad y la Vida”. De ti depende. Tú decides.





