¿HASTA CUÁNDO LA SANTA SEDE PERMITIRÁ EL CIRCO NARCISISTA DEL SACERDOTE JORDI BERTOMEU?

Por Luciano Revoredo
El sacerdote Jordi Bertomeu, designado por la Santa Sede como comisario para la supresión del Sodalicio de Vida Cristiana, ha convertido una misión gravísima y dolorosa para la Iglesia en el Perú en una plataforma de protagonismo personal, marcada por gestos, alianzas y presencias que no solo resultan escandalosas, sino abiertamente contrarias al magisterio católico.
La reciente convocatoria de la Conferencia Episcopal Peruana a una “misa de acompañamiento y reparación simbólica” en Catacaos es una prueba elocuente de ello. Según el comunicado oficial, al acto asistirán la representante de la ONU Jane Anttila y la congresista Ruth Luque, entre otras autoridades civiles.
No estamos hablando de presencias inocuas. La ONU, organismo al que representa Anttila, promueve de manera sistemática la agenda del aborto, la ideología de género y la llamada “autonomía reproductiva” de niñas y adolescentes, postulados incompatibles con la doctrina católica sobre la vida humana y la familia. Ruth Luque, por su parte, ha impulsado proyectos legislativos para legalizar el aborto y ha sido una de las voces más activas del progresismo ideológico en el Congreso peruano.
A este grupo se suma la congresista Susel Paredes, con quien el sacerdote Bertomeu ha sostenido una reunión reciente en la Nunciatura Apostólica, tal como la propia Paredes publicó en sus redes sociales. No solo es una activa promotora de la agenda LGTBI, sino que protagonizó un acto de abierta provocación cuando juramentó como congresista portando una bandera LGTBI frente a un crucifijo. Más grave aún, tuvo como asesor a un hombre trans que hoy se encuentra en prisión por abusos sexuales contra niños. Resulta imposible no preguntarse por qué a Bertomeu —tan preocupado por los abusos— este hecho no parece merecerle la menor inquietud moral.
A ello se añade la conocida cercanía y amistad del sacerdote Bertomeu con Paola Ugaz, quien se ha pronunciado reiteradamente a favor del aborto y mantiene una posición de abierta hostilidad hacia la Iglesia y su doctrina. No se trata solo de opiniones: Ugaz está rodeada además de serios cuestionamientos vinculados a presuntos actos de corrupción, que jamás han merecido distancia alguna por parte del comisario vaticano.
Resulta profundamente lamentable el papel de los obispos que participarán en esta misa, prestándose —por acción u omisión— al espectáculo narcisista de un sacerdote que parece más interesado en hacer crecer su propia imagen y lavarse la cara públicamente que en custodiar la fe que juraron defender. Ya es grave que muchos pastores guarden silencio frente a la agenda abortista y de género; más grave aún es que legitimen con su presencia a importantes promotores de esas agendas, dentro de actos oficialmente eclesiales y difundidos por canales institucionales. Mención aparte merece la presencia y respaldo a este aquelarre de los cardenales Carlos Castillo y del siempre polémico Pedro Barreto.
Todo esto ocurre mientras el Papa León XIV intenta, no sin enormes dificultades, sortear las aguas turbulentas del progresismo eclesial, sobre todo europeo, donde sectores enteros de la Iglesia —como ocurre en Alemania— desafían abiertamente la moral católica en temas de aborto, sexualidad y familia.
¿Con qué autoridad se pide fidelidad doctrinal a estos países mientras, en el Perú, un comisario pontificio borra con la mano izquierda lo que el Papa intenta sostener con la derecha?
La pregunta es inevitable: ¿hasta cuándo la Santa Sede permitirá que el afán de figuración personal del impresentable sacerdote Jordi Bertomeu siga causando escándalo entre los fieles? ¿Hasta cuándo se usará la reparación de víctimas como excusa para promover agendas personalísimas, relaciones ideológicas impropias y una agenda pública que nada tiene que ver con la misión de la Iglesia?
La Iglesia está llamada a acompañar a las víctimas, sí. Pero cuando la reparación se convierte en un circo narcisista, cuando se utiliza el dolor ajeno para alimentar protagonismos personales y legitimar agendas anticatólicas, ya no estamos ante un error pastoral, sino ante una deformación grave de la misión eclesial. Y resulta legítimo preguntarse si el silencio episcopal —y la docilidad institucional— no tiene también que ver con el poder que Bertomeu ejerce desde los pasillos de la Doctrina de la Fe, donde muchos saben que se guardan expedientes, se manejan informes y se decide el futuro de no pocos clérigos.
Tal vez por eso nadie le pone freno. Pero el escándalo permanece. Y crece…





