
Por: Clyde M. Laughty y Josef Dalasser
En los bulliciosos jardines de la universidad de Dayton, EEUU, Juan, un dedicado estudiante de teología, se encontró ante los amplios jardines, llenos de pequeñas ardillas corriendo por la grama, los árboles y los modernos edificios de la Universidad de Santa María. Ese era el lugar donde iba a reunirse con el ya anciano Padre Vincent Vasey. En una residencia de varios pisos donde vivían los religiosos mayores. Este encuentro prometía desentrañar la narrativa compleja y muy amenudo trágica que rodeaba al hoy Beato Guillermo José Chaminade. El fue un hombre cuya vida estuvo impregnada y nutrida de fe, gran apóstol de María, animador de grupos juveniles, pero tambien marcada por las persecuciones, calumnias y traiciones.
Con cada paso por las veredas y pasillos de la universidad, Juan sentía una mezcla de curiosidad, anticipación y solemnidad, sabiendo que estaba a punto de adentrarse en una historia épica que abarcaba continentes y décadas, arraigada en el siglo XIX en Burdeos, Francia.
El ya anciano padre Vasey, antiguo Procurador para la beatificación de G. J. Chaminade, estaba viviendo una vida retirada, pero aceptó encontrarse con él por intercesión de otro marianista de los que llaman chaminadeanos, en contraposición a aquellos cofrades que, una vez más en su historia, habían perdido el rumbo, en esta ocasión justamente ante ideologías hijas de la ilustración anti cristiana contra la que habían nacido. No eran muchos ya, pero existían y persistian a pesar de la segregación de la que eran objeto. En Dayton, se refugiaban y protegían algunos de estos luchadores. Los había en otros lugares, como algunos que habían formado su comunidad en las alturas de una verde colina en el cercano Kentucky, y a la que acompañaría con su chofer, en automovil, el padre Vasey, a su inquisitivo huesped Juan.
El padre Vincent Vasey, SM, no era un tipo común. Dotado de gran inteligencia era eximio canonista, teólogo e historiador. Se había abocado a la tarea, de la que estaba convencido, que Chaminade era su Fundador y que era inocente de todas las narrativas generadas por intrigantes y malignos tejemanejes a los que lo sometieron sus victimarios. Lamentablemente parece más fácil que el hombre caído se convenza del mal dicho de alguno, que se abrace a la verdad de su inocencia. Para muchos no existe la presunción de inocencia. El linchamiento de inocentes por turbas alborotadoras de que está plagada la historia lo evidencia. Esas cosas relató Vasey en su concienzudo trabajo “Los últimos diez años del Padre Chaminade”.
Algunos abrieron los ojos, pero los más seguían atados a la leyenda negra que cuidadosamente se había tejido y que la daban por verdadera por haberse repetido por tantos años. La carencia de prudencia era una lacra evidente de los integrantes de las congregaciones religiosas a las que diera origen el burdalés.
Hemos escuchado una historia que evidencia, aún después de la gesta de los escritos fundamentados y esclarecedores de Vicent Vasey, el grado de cómo las falsedades pseudo testimoniales, cómo garrapatas se aferran a mentes serviles, tan acomodaticias como pusilánimes o envenenadas.
Unos viajeros extranjeros, en los años setenta, llegaron a Burdeos. Quisieron allí conocer La Magdalena, en un antiguo tiempo boyante centro de novedoso apostolado. Era la época posterior a la horrorosas revolucion francesa y su terror. Los jóvenes pidieron ser llevados a los aposentos en que, al menos por unos diez años, vivió Chaminade, abandonado de casi todos aquellos que llegaron a la fe y a su congregación religiosa, fundada en 1817. Allí, en esa suerte de prisión, fué llamado por Dios a su presencia, recibiendo la extrema unción de un discípulo sacerdote, no marianista, pues estos al parecer eran reacios a servirlo espiritualmente.
—¿Por qué estan tan interesados en conocer esas viejas habitaciones?
Preguntó el sacerdote francés, un tanto curioso como fastidiado. Sin esperar respuesta, siguió… y asumiendo su rol de cicerone, dijo:
—Saben que nació en una familia numerosa, donde tres de sus Chaminade tuvieron vocación sacerdotal. Vino al mundo en un pequeño poblado del sur oeste llamado Périgueux, en 1761.
—Pues, allí en su apartamento, vivió y pasó a la vida eterna, cercano a los 80, el Fundador de su congregación marianista, dijo impaciente uno de los jóvenes, respondiendo a la pregunta de quién ahora tomaba aires de guía versado.
—Chaminade no fue nuestro Fundador. Nada que ver.
Dijo refunfuñando el cura francés mientras los hacía ingresar a una estancia no pequeña, con una cama, un viejo armario, estantes de libros, un gran crucifijo y ante él un reclinatorio dsgastado por el uso, unos sillones mal lucidos por viejos y muy ocupados, y un escritorio de lo que parecía ser caoba, encabezado por una cruz.
—Pues aca lo tienen. Lo tenemos para visitantes como ustedes. El padre Chaminade no fue nuestro Fundador. Él se lo creía, pero los más de mis antecesores no. Ni siquiera fue un miembro de los marianistas. Él hizo votos y perteneció a una pequeña congregación, hoy desaparecida. Se llamaba San Carlos…
—Sí, dijo el otro jóven, San Carlos de Mussidan, que se llama así por el poblado de ese nombre, vecino de Périgueux. Ambos poblados pertenecen a Aquitania, creo…
Tomando la posta, rapidamente añadió el otro visitante, haciando un ejem… para dar vuelo a sus palabras ante el parlanchín francés, que le había caído muy mal.
—Sí… son de la región de Aquitania. Mussidan tiene una iglesia significativa, Nuestra Dama de la Roca, que tiene unos cuatro siglos. Aunque, con gran pena he escuchado, que fue desacralizada. Toda situación cómo esta duele muchísimo a quien ama a la Iglesia. Lleva a una aplicación a su tiempo como hoy de una sentencia neotestamentaria. Los fieles de la Iglesia, por doquier, se ven desamparados y dispersos, «como ovejas que no tienen pastor». En su “Apologia contra Arrianos”, que es un testimonio personal de incalculable valor, San Atanasio hace uso de esta cita que trae San Mateo 9,36, para expresar su solidaridad pastoral con los fieles que por estrategías y errores se encuentran en esa situación de orfandad. Recuerdo haber leído en algún lugar que un arzobispo búlgaro, Teofilacto de Ocrida, muy citadado por el Angélico en su Catena, dice que eso es porque quienes deben guiar no sólo no lo hacen pues yerran y hasta causan daño a las obejas.
—Se ve que han estudiado fuerte antes de viajar a Burdeos… dijo, un tanto despectivo el guía, mientras les hacía una señal para volver sobre sus pasos, dando por concluida la visita. ¡Y hasta pontifican!, murmuró a regañadientes.
El padre Vasey, con seguridad, no ignoraba ese tipo de actitudes negacionistas. Debe hber sido por ellas por lo
que, en uno de sus escritos, cita una respuesta a una consulta. La réplicada es del versado profesor del Angelicum en Roma, Paul Philippe, más adelante famoso y recorrido cardenal. «El papel y la responsabilidad del fundador no pueden circunscribirse jurídicamente. Sino, deben ejercerse con la misma profundidad con la que se ejerce un cargo mayor que prior… en todo caso, debe siempre seguir guiando a la fraternidad en su vocación especial». Es que el llamado a guiar a una comunidad viene de Dios, y una vez reconcido, ¿quién puede desconocerlo? La ley y las disposiciones se mueven en un ámbito bajo, el llamado y el don están a otro nivel. Viene a la mente aquello de Jeremías, antes incluso de que nacieras, te conocía y te escogí. Así iba cavilando Juan.
Tras ingresar al viejo edificio donde Juan iba a ser hospedado, según la carta que recibió, se quedó pasmado de ver tanto anciano de cabellos blancos y negros trajes transitando por lo que parecía ser un hall de distribución. Con su maleta al lado se quedó esperando. De pronto se acercó un hermano, de negros cabellos, quien se presentó en castellano como José Stefanelli, quien cargando amablemente la maleta se dirigió a un sector de amplias habitaciones. Le indicó su cuarto, qe era amplio y con baño propio, y le dijo que en tres horas estaría de vuelta para llevarlo a entrevistarse con el padre Vasey.
Puntualmente llegó Stefanelli y condujo a Juan al estudio del padre Vasey, en el segundo piso, al que se llegaba por un moderno ascensor. En el camino le contó qye era un estudioso de la espitualidad del padre Chaminade y que estaba a la orden para cualquier consulta. Le indicó que la entrevista estaba programada para una duración de dos horas. Y, que el regresaría para entonces, para acompañarlo a tomar un ‘snack’, entiéndase bocadillo, en la cafetería de la casa.
Juan entró en la oficina del Padre Vasey, un santuario lleno de libros y artefactos históricos que hablaban del legado perdurable de Chaminade. El aire estaba impregnado del aroma de papel envejecido, y la atmósfera se sentía cargada con el peso de la historia. Al recibirlo con una sonrisa comprensiva, Juan sintió la profundidad del conocimiento contenido en este humilde espacio.
Tan pronto se culminó el protocolo de los saludos, Vincent Vasey le preguntó a Juan: ¿me escribiste que has leído mi libro sobre los últimos años del padre Chaminade… vienes hasta acá a verme por que tienes preguntas sobre él?
—No exactamente.
Ante todo deseaba conocerlo. Y luego dialogar sobre su visión del padre Chaminade y las experiencias que padeció.
Vasey, subió la mirada al techo, despeinando su pelo cano, por lo abrupto del movimiento. Era un hombre muy mayor, y al parecer lleno de hábitos y misterios por el hostigamiento que el mismo tuvo que sufrir de muchos de sus hermanos al procurar desentrañar la verdad histórica sobre G. J. Chaminade, cubierta por nubes de mentiras y calumnias consolidadas por decenas de años, y que aún no pocos creían ciegamente.
El viaje humano del Padre Chaminade —dijo lentamente, con voz sentida— estuvo marcado por la soledad, la incomprensión, la envidia y la calumnia y el dolor. Supo cargar su cruz, con un gran espíritu de fe que lo embargaba. Durante una década, soportó el tormento de ser rechazado por aquellos a quienes había inspirado. Las mismas autoridades que debían apoyarlo se volvieron contra él, fabricando mentiras que lo pintaban como un corrupto, traidor a su misión. Esta incansable campaña de difamación no solo le había despojado de su buen nombre y reputación, sino también de su comunidad. Un grupo de hermanos que no creían esa negra narrativa, decidieron venir a los Estados Unidos y hacer una fundación lejos de todas las manipulaciones. Otros de la misma convicción simplemente se dieron de baja. ¡Todo un caos! Fue un tiempo en el que las sombras de la traición se cernían sobre él. Pérfidas puñaladas por la espalda se miultiplicaban. Los susurros de traición resonaban en los pasillos del poder.
“Chaminade no fue simplemente una víctima de las circunstancias; fue un hombre de inmensa fe que enfrentó desafíos insuperables”, siguió comentando Vasey —ahora con voz firme pero impregnada de emoción—.
—Los ultimos diez años fueron los peores. Lo pongo en mi libro, dijo, dirigiendo una mirada directa sobre Juan.
—Con un tono apesadumbrado, continuó. El padre estuvo aislado, apartado de todos, alejado de toda injerencia en las instituciones que fundó. La Santa Sede, que debería haberlo respaldado, se distanció de él, dejando que la calumnia y la traición lo rodearan. Peor aún, respaldó a sus adversarios.
Juan escuchó atentamente, su corazón sobrecogido y pesado con el peso de las luchas de Chaminade, y la injusta miopía de los hombres. Recordó las palabras de Jesús: “Los enemigos del hombre son los de su propia casa”. ¡Cuantas veces ocurre así! Y no sólo en las familias espirituales, sino también en la naturales, caviló.
Sus pensamientos lo llevarón a la teología, a los capitulos iniciales del Génesis, claves para él. Siempre se vuelve al pecado original. De esa equivocada visión de hacer con la libertad lo que uno quiere. De ese primer pecado humano vienen los demás. Y hoy quizá peor que nunca, desde que el Verbo Enterno se hizo hijo de la Virgen de Nazaret, para salvarnos.
Se había distraido unos minutos, mientras que el añoso padre Vasey continuaba, pintando un vívido retrato de un hombre que, a pesar de las gélidas sombras que lo envolvieron en una suerte de noche existencial muy agresiva , se mantuvo firme en su compromiso con la fe y con su misión de educación en ella.
“Chaminade creía en el poder transformador del conocimiento y de la caridad, del amor”, dijo.
—Así, sus sueños, su inspiración en los grandes teólogos de su tiempo, cuyas huellas se encuentran con abundancia en sus escritos y papeles —sin referencias, pues entonces no era como ahora, todo era usado sin hacerse de escrúpulos— que por providencial designio nos han llegado, y el aporte de las congregaciones marianas que conoció en San Carlos de Musida, todo sumó, creo que bajo inspiración de lo Alto, para que en el mismo corazón de Burdeos, iniciara un movimiento que no solo buscaba revivir el espíritu de fe en una época de gran agitación e indiferencia y deserciones de la Iglesia, sino también educar humanamente a la sociedad, como bien han destacado dos grandes chaminedeanos, Ferre y Windish.
—Además de piadoso y hombre de fe, era bastante inteligente. Gran lector, especialmebte de autores, de su tiempo. En unos pequeños papeles anotaba citas e ideas, que luego usaba. Pero, no fue un intelectual, sino un hombre de acción… de acción evangelizadora.
A medida que la historia se desarrollaba, Juan se sentía transportado a las calles empedradas de Burdeos del siglo XIX. Imaginaba el tumultuoso telón de fondo de la Revolución Francesa, donde los ideales de libertad y fraternidad chocaban con las duras realidades de la persecución y hasta el salvaje genocidio de los católicos de la Vendôme. Imaginaba al sacerdote de Periguex liándose a golpes verbales con los Rousseau, Voltaire, Diderot, Dantón y todo el resto de la pandilla anticátolica.
Volvió a escuchar las palabras de Vasey, que decía que el padre Chaminade, fue inquebrantable en el ejercicio de la fe y el ejercicio del sacerdocio.
—Resulta que al voltear el siglo, al regresar de su exilio en España, reunió a un pequeño grupo de jóvenes seguidores, que vieron en él al lider que sus corazones amantes de la trascencia anhelaban. Así, en ese pequeño grupo, aplicó lo de las congregaciones marianas de Mussidan, pero con un acento más evangeluzador. La indiferencia lo sublevaba. Quería encender una llama de fe, esperanza y resiliencia en medio de la desesperación y las ideas y maquinaciones de los “ilustrados” enemigos del catolicismo.
Mientras el relato avanzaba, Juan pudo casi escuchar los murmullos de descontento entre el clero y los laicos. “La visión de Chaminade era radical”, explicó Vasey. Así se lo decían otros sacerdotes, continuó. “El buscaba crear una sociedad donde la fe y la razón pudieran coexistir. Pero tal sueño encontró una feroz oposición.” Juan imaginó los rostros de aquellos que alguna vez se habían alineado detrás de Chaminade, solo para volverse contra él cuando dejo el liderazgo y se despertó la envidia y otras inimaginables pasiones contra el personaje centro de las lecciones del padre Vasey.
La terrible soledad que siguió en sus últimos años fue profunda. El padre Vasey describió cómo el silencio de la traición resonaba en la vida de Chaminade, un silencio que solo se rompía por las cartas ocasionales de seguidores que permanecían leales y alguna visita esporádica de antiguos congregantes que aún veían en él a un guía elegido por Dios. “Esas visitas y cartas eran su salvavidas”, dijo, sus ojos brillando con reverencia. “Le recordaban que junto a Dios, que le daba consuelo espiritual, no estaba solo, incluso en sus momentos humanamente más duros y oscuros.”
A medida que el sol comenzaba a ponerse fuera de la ventana de la oficina, proyectando rayos dorados que iluminaban los motas de polvo en el aire, Juan sintió una abrumadora empatía por Chaminade. No era solo una figura de la historia; era un hombre que había soportado la pérdida, la decepción y el amargo sabor de la traición. Sin embargo, a pesar de todo, se mantuvo comprometido con su misión, impulsado por una fe que trascendía las luchas de los simples mortales.
“Dígame, Padre Vasey”, preguntó Juan, su curiosidad despertada, “¿cómo logró Chaminade elevarse por encima de tales horrorosas adversidades?”
Vasey sonrió dulcemente, como si recordara una memoria querida. “Chaminade encontró fuerza en Dios, la Virgen y en el resto, como el de Israel, de la comunidad. Entendió que su misión no se trataba simplemente de él; se trataba de fomentar una nueva generación de líderes que llevaran la antorcha de la fe al futuro. Su experiencia le enseñó resiliencia, y que el camino hacia la redención a menudo se encuentra en el abrazo de aquellos que creen en nuestra visión, incluso cuando muchos abandonan y nosotros flaqueamos. Meditaba mucho un pasaje sobre los que abandonaron a Jesús cuando El, sin esos respetos humanos que hoy abundan, les dijo que tendrían que beber su sangre y comer su cuerpo. Los débiles y raquíticos de carácter, se asustaron, y uno a uno lo abandonaron. Cortos de entendimiento seguro acusaron de caníbal al Maestro. Como la Virgen Chaminade rumiaba la pregunta de
Jesús a sus predilectos: ¿También ustedes me abandonarán? Y su respuesta llena de viril coherencia. “A dónde iremos si sólo tu Señor tienes palabras de vida”…
La conversación se desvió hacia el legado de la obra de Chaminade, y Juan aprendió sobre la Sociedad de María, la orden religiosa que Chaminade fundó tras 17 años de regresar de España. “Fue a través de los frutos de su trabajo que muchos encontraron consuelo, propósito y un renovado sentido de pertenencia”, dijo Vasey. “La misma institución que una vez le dio la espalda, estoy seguro, algún día reconocerá el poder de su visión y la coherencia de su vida.”
Al finalizar su conversación, Juan se levantó para irse, lleno de un sentido de propósito. Las sombras de la traición que una vez amenazaron con extinguir la llama de Chaminade, en última instancia, forjaron un legado que inspiraría a innumerables otros. “Gracias, Padre Vasey”, dijo Juan, su voz firme con una nueva convicción. “Me siento impulsado a compartir la historia de Chaminade, a iluminar la verdad en medio de la oscuridad.”
El Padre Vasey asintió, como si también sintiera el peso de la narrativa de Chaminade. “Recuerda, Juan, la verdad puede ser una luz poderosa, una que puede guiar a otros a través de sus propias sombras.”
Al final de su corta vidita, cuando Juan salió de los bulliciosos jardines de la Universidad de Santa María, miró al cielo, ahora pintado con matices de crepúsculo. El mundo a su alrededor zumbaba con vida, pero sintió una conexión profunda con el pasado, con el Padre Chaminade y con el espíritu inquebrantable de aquellos que se atrevieron a soñar frente a la adversidad. Esta no era simplemente una historia de traición; era un testamento a la resiliencia de la fe, la importancia de la comunidad y el poder perdurable de la esperanza.
En el corazón de Dayton, entre los susurros de la historia, Juan se hizo una promesa silenciosa: llevar adelante el relato del Padre Guillermo José Chaminade, asegurando que su auténtico legado continuara inspirando a las generaciones que vendrán.





