
Gustavo Gorriti, el factótum caviar, el autoproclamado paladín del periodismo investigativo en Perú, ha construido su reputación sobre una imagen de integridad y lucha contra la corrupción. Sin embargo, un reportaje explosivo respaldado por investigaciones de Gino Román ha destapado una faceta oscura que amenaza con derrumbar su fachada de héroe moral.
Las acusaciones son graves: nexos con el tráfico internacional de armas a través de su hija, Edith Gorriti, y una relación de décadas con Leonardo Gleser, un conocido traficante de armas de origen israelí y argentino. Este caso no solo pone en duda la credibilidad de Gorriti, sino que expone una red de influencias que podría haber comprometido la seguridad del Perú y beneficiado a intereses oscuros durante años.
El epicentro del escándalo radica en Edith Gorriti, hija del periodista, quien entre 2010 y 2015 ocupó el cargo de Jefa de Proyectos en International Security and Defense Systems (ISDS), una empresa israelí dirigida por Leonardo Gleser. Según documentos filtrados por Wikileaks y recopilados por Román, Edith fue parte activa de las operaciones de ISDS, una compañía que, bajo la fachada de proveer seguridad para megaeventos deportivos, se dedicaba a la venta de armamento y software espía a gobiernos y organizaciones de dudosa reputación.
Los correos filtrados revelan que Edith coordinaba con The Hacking Team, una empresa española conocida por suministrar herramientas de vigilancia a regímenes autoritarios, lo que sugiere que su rol iba más allá de lo administrativo y se adentraba en negociaciones de alto calibre.
Pero el vínculo no termina ahí. Gustavo Gorriti ha admitido públicamente su amistad de más de 40 años con Gleser, un hombre cuya trayectoria está marcada por escándalos internacionales. Gleser, detenido recientemente en Gabón por el FBI acusado de sobornar a ministros en varios países, es un traficante de armas de talla mundial. Su empresa, ISDS, ha vendido desde carros blindados hasta fusiles y chalecos antibalas al Estado peruano, especialmente durante los gobiernos de Alejandro Toledo y Ollanta Humala, períodos en los que ministros del Interior como Gino Costa y Carlos Basombrío —ambos vinculados al Instituto de Defensa Legal (IDL), fundado por Gorriti— gestionaron contratos millonarios con esta compañía. La pregunta se cae de madura: ¿fue Gorriti un facilitador silencioso de estos negocios?
El caso trasciende a la familia Gorriti y apunta a una red de influencias que combina periodismo, política y comercio de armas. ISDS no solo abasteció al Perú con equipos de seguridad; también se sospecha que sirvió como puente para operaciones turbias.
Un ejemplo concreto es la compra de 7,000 fusiles ARAD 5 por el Ministerio del Interior peruano, fabricados por FAME (Fábrica de Armas del Ejército) en colaboración con IWI, una empresa israelí representada por ISDS. Este contrato, envuelto en críticas por su falta de transparencia, sugiere que el ejército peruano pudo haber sido utilizado como pantalla para canalizar armamento a través de acuerdos encubiertos. ¿Dónde terminaron realmente esas armas? ¿En manos de las fuerzas del orden o en el mercado negro que alimenta al crimen organizado?
La relación de Gorriti con Gleser no es mera casualidad. Ambos comparten una pasión por el judo, practicándolo juntos durante décadas, y Gorriti ha defendido a ISDS en artículos publicados en IDL-Reporteros, omitiendo convenientemente el rol de su hija en la empresa. Este silencio selectivo es tan revelador como condenatorio. Mientras Gorriti se presentaba como un cruzado contra la corrupción, su familia y amigos cercanos lucraban con contratos estatales y operaciones que podrían haber puesto en riesgo la seguridad nacional.
Gorriti ha hecho carrera denunciando a políticos y empresarios corruptos, desde el régimen de Alberto Fujimori hasta el caso Lava Jato. Sin embargo, este escándalo expone un doble rasero hipócrita. ¿Cómo puede quien exige transparencia justificar que su hija trabajara para un traficante de armas mientras él guardaba silencio? ¿Cómo puede alguien que critica las redes de poder mantener una amistad de décadas con un hombre acusado de sobornos y tráfico ilegal? La respuesta más dura es también la más obvia: Gorriti no es el héroe que dice ser, sino un operador astuto que ha usado su pluma para proteger sus propios intereses.
Las acusaciones no son nuevas, pero la evidencia presentada en 2025 las eleva a un nivel insoslayable. En Perú, donde el crimen organizado y el narcotráfico han ganado terreno, la idea de que un supuesto defensor de la justicia haya facilitado —directa o indirectamente— el flujo de armas sería una traición imperdonable. La presencia de ISDS en el país, respaldada por contratos gestionados por aliados de Gorriti, plantea dudas inquietantes: ¿Qué tan profundo llega este entramado? ¿Cuántas armas vendidas bajo esta red terminaron en manos de sicarios o terroristas?
Frente a estas revelaciones, Gorriti ha optado por el silencio o por desmentidos tibios. Pero no puede escudarse en la narrativa de víctima cuando los documentos de Wikileaks y los contratos de ISDS lo vinculan a un mundo que él mismo ha condenado en sus escritos.
El periodismo peruano, ya golpeado por la polarización y la desconfianza, enfrenta ahora una crisis de legitimidad. Si Gorriti, el “intocable” de IDL, resulta ser un engranaje en una maquinaria de lucro y poder, ¿Qué queda de la prensa como baluarte de la verdad? Este escándalo no solo mancha su legado, sino que siembra dudas sobre cada investigación que ha liderado. ¿Fueron sus reportajes un servicio público o una herramienta para ajustar cuentas y proteger a sus aliados?
El caso de Gustavo Gorriti y el tráfico de armas es una bofetada a quienes lo veneraron como un ícono. Las pruebas sugieren que, lejos de ser un luchador contra el sistema, Gorriti habría sido parte de él, tejiendo una red de influencias que benefició a su familia y amigos mientras proyectaba una imagen de incorruptible.
El Perú merece respuestas. ¿Cuánto sabía Gorriti de los negocios de ISDS? ¿Qué tan lejos llegó su complicidad? Y, sobre todo, ¿Cómo pudo un hombre que exigía justicia participar —aunque sea por omisión— en un juego tan sucio? Mientras las investigaciones avanzan, una cosa es clara: el mito de Gustavo Gorriti se desmorona, y con él, la fe en una prensa que, en su caso, parece haber sido solo un disfraz para encubrir verdades más oscuras.






Pero, qué dice? IDL es Dios y gorriti su profeta. ¿Quién ha pasado desenmascarar al mago de oz? Fuera de sarcasmos, solo los cegados por la ideología le creen a ese sujeto, claro que muchos le deben el puesto y se van a lanzar cual deltaforce a defenderlo, aunque lo mejor sería que lo dejarán caer, el péndulo de la historia parece moverse en sentido contrario y con la comida no se juega.
Ese dios era así en minúsculas, ay, corrector y dice pasado, pero es osado, ay ay, corrector.