Historia

GLORIA Y HORROR EN ANGAMOS

Por: Alfredo Gildemeister

Aquella fría mañana de octubre, una vez terminado el combate, el ciudadano británico Edwin B. Penton subió a la cubierta del Monitor “Huáscar”. Lo que vio lo dejó totalmente horrorizado. Penton pertenecía a la dotación del blindado chileno “Cochrane” y era uno de los responsables de llevar al “Huáscar” hacia el puerto chileno de Valparaíso. Una vez terminado el combate, la primera comunicación sobre lo acaecido, cursada por el comodoro Riveros al ministro de Marina de Chile, lo había dicho todo: “Huáscar hecho pedazos. Miguel Grau murió en combate. La tripulación del blindado peruano resistió heroicamente”.

De otro lado, Penton dejó sus impresiones esa mañana al abordar el monitor con otras personas. La comunicación no exageraba. Todo el monitor era un destrozo flotante. “Lo primero que vieron nuestros ojos fueron trozos de cubierta, pedazos de madera, hierro, proyectiles rotos…”. Caminar por la cubierta del monitor se hacía dificultoso, uno podía tropezarse y caer fácilmente e inclusive cortarse con los pedazos de metal, astillas y trozos de lo que alguna vez fue una hermosa embarcación. Pero eso no fue lo peor. Entre el humo que aún brotaba de algunos restos, sus ojos fueron distinguiendo el horror de lo que había sido el combate de aquella mañana, puesto que también distinguió “…numerosos artículos, todos mezclados con los cuerpos de los muertos, los moribundos y los heridos… algunos sin cabeza, otros sin brazos, otros sin piernas y algunos sólo con troncos, algunos con sus ropas quemadas, otros con los botones de sus chaquetas desprendidos, quemados por efecto de los proyectiles”.

Penton continuó caminando lentamente por la cubierta, mirándolo todo con atención, con cierta repulsión, pero también con cierta tristeza y dolor por lo que veía. Decidió bajar a la cubierta inferior. Allí lo que vio le cortó la respiración. Tuvo que apoyarse en parte de la destrozada mampostería para no desmayarse. Así lo describe en su reporte: “Este desagradable espectáculo era igualmente malo tanto abajo como en cubierta, cuerpos que yacían a montones, encima, a lo largo y cruzados unos con otros entre los escombros, tal como cayeron. En un grupo al extremo posterior de la nave yacían siete hombres formando un montículo, quienes habían sido muertos por efecto de una granada explosiva que había atravesado la nave. Estos hombres estaban atendiendo la rueda de manejo del barco. El hombre de encima no tenía cabeza”. El hedor era una mezcla de sangre, pólvora, carne quemada y cosas chamuscadas. Todo era nauseabundo.

Comenzó a caminar más rápido entre los restos, esperando encontrar alguna sección del monitor que se hubiese conservado mejor después del combate. Sin embargo, describió: “A cualquier parte que íbamos, en cubierta, abajo, en la torre, en el cuarto de máquinas y en todas partes, encontramos cadáveres que habían caído en diferentes actitudes, un horror de describir… estas visiones tremendas superan toda descripción”. Estas fueron las fuertes impresiones de Penton de lo que vio en el heroico monitor.

De otro lado, el corresponsal del diario “El Mercurio”, Z. Freire, también sube al monitor una vez terminado el combate. Al igual que Penton, se quedó mudo de la impresión. Lo que observaba era una horrible masacre. Sacó una libreta de su bolsillo y comenzó a tomar nota rápidamente del horror del que era testigo: “Pintar la escena de desolación y carnicería que ofrecía la cubierta y el entrepuente del Huáscar al finalizar su resistencia es tarea más difícil que suponerla. La cubierta era invadida por los heridos a quienes se traía arriba con objeto de sacarlos de la atmósfera pesada y cargada de humo que abajo se respiraba”.

A medida que Freire inspeccionaba los restos del monitor, se iba convenciendo cada vez con mayor determinación, que lo acontecido no tenía parangones. Nunca había visto algo así. Continúa escribiendo en su libreta: “Lo que una vez fueron cámaras, salones y camarotes, eran ahora un hacinamiento de madera trozada, ropa despedazada, miembros humanos, sangre y cascos de granada en horrible confusión…”. Al llegar a la torre no puede dejar de escribir rápidamente lo que ven sus ojos: “Los pasillos de la torre estaban sembrados con los restos de marineros muertos en ella o manejando las cigüeñas con que se les hace girar, y por cualquier parte del buque o onde se volviera la vista no se presentaban sino ejemplos de los efectos increíbles producidos por la explosión de las granadas Palliser de los blindados”.

Hubo un momento en que Penton y Freire llegaron a lo que quedaba del camarote de Miguel Grau. El periodista chileno Enrique Montt –citado por Basadre- describe lo que quedó del camarote cuando lo visitó, a la llegada del Huáscar a Valparaíso luego del combate: “En un rincón, hacia el lado de babor, vimos el lecho de Grau: este rincón estaba sencillamente arreglado; a la derecha, el lecho colocado sobre una especie de aparador o cómoda que le servía de catre; al lado y cerca de la cabecera, un humilde lavatorio de palo de álamo barnizado de negro; el suelo estaba tapizado con un encerado de regular calidad; una elegante espada colgaba de la pared junto con otras armas; por el piso se veían desparramadas las hachas de abordaje, sables mohosos y algunas lozas del servicio particular  y domestico del comandante del Huáscar… Recién fue tomado por nosotros el monitor, estaban colgadas a la cabecera del lecho del comandante los retratos de su señora esposa y de sus hijos”.  Cabe mencionar como lo hace el historiador Agustín De la Puente y Candamo que “en el camarote del Almirante se encuentra la imagen de Santa Rosa, con sangre y cinco perforaciones, que le obsequia a Grau su amigo Monseñor Roca y Bologna…”.

Cerca del destrozado Puente de mando, yacían parte de los restos que quedaron de Grau: “…una parte del cráneo y la pierna derecha’. Otra versión afirma ‘el pie derecho con una parte de la pierna, algunos dientes y una parte del cráneo’… el lugar quedó señalado con una banderita peruana”. Debemos mencionar un detalle importante y muy significativo: entre los restos se encontró la mano derecha de Grau empuñando firmemente el sable. Posteriormente dicho sable fue devuelto por Chile a la familia Grau, cuyos descendientes lo guardan como la preciada reliquia que es. Finalmente, el teniente Teodoro B. Mason, oficial a bordo del USS Pensacola, quien participó en la inspección del Huáscar después del combate, presentó un informe indicando lo siguiente: “Prácticamente no había una yarda cuadrada de las partes altas del Huáscar que no hubiere sido alcanzada por alguna clase de proyectil. Sus torres estaban casi destruidas, sus botes idos… Abajo la escena era mucho mas terrible. En todas partes había muerte y destrucción causada por los enormes proyectiles enemigos. Dieciocho cuerpos fueron retirados de la cabina y la torre estaba repleta con los restos de dos grupos de artilleros”.

Unos meses antes, a principios del mes de julio, poco antes de zarpar por última vez, Grau le comentó a un amigo: “Tout est perdu. Me voy para no volver. Esta mañana he comulgado en los Descalzos y estoy preparado para entregar mi alma a Dios” y se confiesa con el sacerdote franciscano Gual quien le coloca al cuello una medalla de la Virgen. Aquel 6 de julio fue la última vez que el Callao vio al Huáscar y a Grau. Ya antes había dicho que “a pesar de todo, si llegase el caso, el Huáscar cumplirá con su deber aun cuando tenga la seguridad de su sacrificio”. En este aniversario de aquél 8 de octubre de 1879, y en estos momentos en que pareciera que en el Perú predominan los malos ejemplos, las mezquindades, corruptelas e intereses egoístas, hoy más que nunca debemos rescatar y redescubrir los valores, la entrega y el ejemplo de vida desinteresada y honesta que nos legó Grau, quien amó al Perú por encima de todo.

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