
Por: Pedro Luis Llera
Pío XI explicaba en 1929 cuál es el fin propio e inmediato de la escuela católica:
80. El fin propio e inmediato de la educación cristiana es cooperar con la gracia divina en la formación del verdadero y perfecto cristiano; es decir, formar a Cristo en los regenerados con el bautismo, según la viva expresión del Apóstol: Hijos míos, por quienes sufro de nuevo dolores de parto hasta ver a Cristo formado en vosotros (Gál 4,19). Porque el verdadero cristiano debe vivir la vida sobrenatural en Cristo: Cristo, vuestra vida (Col 3,4), y manifestarla en toda su actuación personal: Para que la vida de Jesús se manifieste también en nuestra carne mortal (2Cor 4,11).
81. Por esto precisamente, la educación cristiana comprende todo el ámbito de la vida humana, la sensible y la espiritual, la intelectual y la moral, la individual, la doméstica y la civil, no para disminuirla o recortarla sino para elevarla, regularla y perfeccionarla según los ejemplos y la doctrina de Jesucristo.
(Encíclica Divini Illius Magistri)
Las escuelas católicas tienen que transmitir la verdadera fe de la Iglesia y así, contribuir a que los niños caminen hacia el fin para el que han sido creados, que es Dios mismo. Las escuelas católicas tienen que ayudar a la salvación de las almas de los niños y jóvenes, enseñándoles a vivir piadosamente, como buenos cristianos.
Cristo es la roca firme que ha de cimentar nuestros colegios. Porque si las instituciones educativas católicas pretenden asentarse sobre otro cimiento que no sea Cristo, se hundirán irremediablemente. Y eso es lo que está pasando con muchas de las escuelas nominalmente católicas: que en lugar de ser medios de salvación, se están convirtiendo en antros de pecado, de depravación y de perdición para los niños. Suena fuerte pero es lo que hay.
El Pacto Educativo Global: la escuela antropocéntrica
La mayoría de las escuelas católicas ha quitado a Cristo del centro, se han olvidado de su principio y fundamento y de la finalidad para la que fueron creadas. Y han cambiado a Nuestro Señor por “la persona” y la Agenda 2030.
Las escuelas católicas dicen ahora que deben plantearse objetivos muy distintos al de toda la vida, que consistía en llevar almas a Cristo. Ahora se propone un Pacto Educativo Global que pretende, literalmente, lo siguiente:
- Poner en el centro de todo proceso educativo formal e informal a la persona, su valor, su dignidad, para hacer sobresalir su propia especificidad, su belleza, su singularidad y, al mismo tiempo, su capacidad de relacionarse con los demás y con la realidad que la rodea, rechazando esos estilos de vida que favorecen la difusión de la cultura del descarte.
- Escuchar la voz de los niños, adolescentes y jóvenes a quienes transmitimos valores y conocimientos, para construir juntos un futuro de justicia y de paz, una vida digna para cada persona.
- Fomentar la plena participación de las niñas y de las jóvenes en la educación.
- Tener a la familia como primera e indispensable educadora.
- Educar y educarnos para acoger, abriéndonos a los más vulnerables y marginados.
- Comprometernos a estudiar para encontrar otras formas de entender la economía, la política, el crecimiento y el progreso, para que estén verdaderamente al servicio del hombre y de toda la familia humana en la perspectiva de una ecología integral.
- Salvaguardar y cultivar nuestra casa común, protegiéndola de la explotación de sus recursos, adoptando estilos de vida más sobrios y buscando el aprovechamiento integral de las energías renovables y respetuosas del entorno humano y natural, siguiendo los principios de subsidiariedad y solidaridad y de la economía circular.
Hemos pasado del celo por salvar las almas de los niños y jóvenes, a predicar la ecología integral para cuidar a la Madre Tierra. Ahora la educación ha de ser inclusiva, sostenible y resiliente.
Como ven, en estos objetivos hay un poco de todo: mucho antropocentrismo, un barniz de utopía pacifista, estilo “Imagin”; una pizca de feminismo, mucho progresismo alternativo y la guinda de la ecología integral. Todo, menos Cristo. Dios no aparece por ninguna parte. Aquí el cielo se plantea en la Tierra; el paraíso, en una sociedad utópica con tintes comunistas y una lucha de clases disfrazada de acogida a los marginados. Pero, en definitiva, se trata de que la educación contribuya a un cambio social, económico y político idéntico al que propugna la ONU en sus objetivos del milenio, el Foro Económico Mundial (Foro de Davos) o el Club Bilderberg. El nuevo paradigma de la iglesia quiere cambiar el mundo, al mejor estilo revolucionario: libertad, igualdad y fraternidad. Pero nada de salvar almas ni de vida eterna ni de cielo ni, mucho menos, de infierno (eso ha quedado desterrado para siempre): todo inmanente, todo de tejas para abajo. Del más allá, de Dios, de Jesucristo, nada de nada.
Hemos cambiado a Cristo por un antropocentrismo que se ha olvidado del pecado original y de la necesidad de redención. Hemos cambiado a Nuestro Señor por la ideología dominante: por el Pensamiento Único, por el Globalismo totalitario con pretensiones de “gobernanza mundial”, por los Objetivos del Milenio y la Agenda 2030. En la mayoría de nuestras escuelas, en un tiempo católicas, hoy se enseña Ideología de Género, se inculcan los postulados del lobby LGTBI, se normaliza el matrimonio homosexual, se difunde el multiculturalismo y el indiferentismo religioso (todas las religiones son igual de buenas para la salvación: de hecho, todos se salvan sin necesidad de fe ni de bautismo); y se promueve una fraternidad universal patéticamente utópica y fuera de la realidad. Porque no hay más fraternidad que la de los hijos de Dios que nacen por el agua y el Espíritu: la fraternidad de los miembros del Cuerpo Místico de Cristo. Y no habrá verdadera paz hasta que todos los hombres y todas las naciones se conviertan y reconozcan a Cristo como único y verdadero Rey. Por eso, los misioneros siempre han dado su vida por anunciar el Evangelio (recordemos a San Francisco Javier), mostrando un celo apostólico infatigable: resultaba urgente salvar almas. Y solo Cristo salva.
Así lo afirmaba Pío XI en la Encíclica Quas Primas:
En la primera encíclica, que al comenzar nuestro Pontificado enviamos a todos los obispos del orbe católico, analizábamos las causas supremas de las calamidades que veíamos abrumar y afligir al género humano.
Y en ella proclamamos Nos claramente no sólo que este cúmulo de males había invadido la tierra, porque la mayoría de los hombres se habían alejado de Jesucristo y de su ley santísima, así en su vida y costumbres como en la familia y en la gobernación del Estado, sino también que nunca resplandecería una esperanza cierta de paz verdadera entre los pueblos mientras los individuos y las naciones negasen y rechazasen el imperio de nuestro Salvador.
El liberalismo, el marxismo, el feminismo, el ecologismo político, la ideología de género, los postulados LGTBI son ideologías enemigas de Cristo y de su Iglesia Santa. Toda la bazofia ideológica de la modernidad ha entrado en las escuelas de la Iglesia, ante la pasividad de tantos prelados y el entusiasmo de muchos. Por eso, los Objetivos del Milenio y la Agenda 2030 han entrado incluso en los contenidos de la asignatura de Religión Católica; y por eso, hay universidades que admiten el aborto; y hay curas y frailes que justifican la eutanasia e instituciones educativas nominalmente católicas que aplauden el matrimonio homosexual; y curas y obispos que bendicen parejas homosexuales.
Ante este estado calamitoso de cosas, a mí me hierve la sangre de indignación y celo por mi Señor. Le están robando y destrozando las escuelas a Cristo para ponerlas al servicio del Anticristo. Por ello, yo, como fiel católico, director y profesor, juro no apartarme de la Santa Doctrina de la Iglesia ni caer nunca en los errores modernistas, naturalistas y liberales; ni pactar jamás con las ideologías de este mundo. Al contrario, juro combatir los errores contra la sana doctrina católica así como las ideologías enemigas de Dios, mientras el Señor me dé vida y fuerzas para ello. Me negaré siempre a aceptar cualquier intromisión ideológica que atente contra los principios morales del Catecismo y que suponga una traición a Cristo y a su Iglesia. Y mi único objetivo no ha de ser otro que el de amar y servir con humildad y con el auxilio de la gracia, para conducir, desde la Verdad y la Caridad, a todas las almas a Cristo. Porque el fin último de la Iglesia y de las Escuelas Católicas es ese: la salvación de las almas.
Conclusión
En el nombre de Dios, suplico a los obispos de la Iglesia Católica que protejan a sus fieles del veneno de las herejías.
En el nombre de Dios, ruego que nuestros obispos y nuestros sacerdotes, por la gracia de Dios, se mantengan fieles a la doctrina que la Iglesia predicó siempre en todas partes y enseñen las verdades de la fe en comunión con los santos y doctores de la Iglesia.
En el nombre de Dios, exijo que los obispos impidan que las escuelas católicas se conviertan en antros de perdición donde se destruya la inocencia y se perviertan las almas de los niños.
En el nombre de Dios, apelo a que en las escuelas católicas el centro sea Cristo y nadie más que Cristo.
En el nombre de Dios, pido que en las escuelas de la Iglesia Católica se deje de enseñar ideología de género y homosexualismo político.
En el nombre de Dios, reclamo que la Iglesia condene y combata con contundencia los llamados Objetivos del Milenio y la Agenda 2030, que es ideología del Anticristo que promueve el aborto, la eutanasia y toda la basura ideológica masónica de la modernidad.
En el nombre de Dios, pido a los obispos y a los sacerdotes que promuevan la unidad en la santa doctrina, rechacen el modernismo y tengan celo por la salvación de las almas.
En el nombre de Dios, no rehúyan el combate de la fe y planten cara a las herejías, levanten la voz y llamen a la comunión y a la unidad en Cristo. Clamen, griten en el nombre de Dios. Piensen que tendrán que rendir cuentas ante el Altísimo. Tengan temor de Dios y celo por las almas que les han sido encomendadas.





