
Por: Luciano Revoredo
¿En qué momento los peruanos nos daremos cuenta de que las instituciones en las que nos hemos acostumbrado a confiar han dejado de funcionar?
¿En qué momento seremos conscientes de que tal vez entre esas instituciones esté el sistema electoral, el parlamento, el sistema de justicia, la prensa e incluso parte de las Fuerzas Armadas?
¿En qué momento podremos constatar que es posible que todas las instituciones sigan funcionando, pero sin cumplir la función para la que fueron creadas?
Hace tiempo que vivimos en una democracia que nos da una falsa seguridad, una democracia que ha sido mediante sucesivas reformas políticas vaciada de contenido y doctrina y puesta al servicio de intereses oscuros.
Hoy vivimos las consecuencias de todo eso. Una población adormecida e incapaz de reaccionar ante los más execrables abusos de poder, rapiñas y latrocinios de una organización criminal encaramada en el poder es el signo más distintivo de la crisis moral y humana que nos aqueja.
Desde hace quince meses vivimos de escándalo en escándalo. Nos gobiernan los peores, la hez de la sociedad.
Se han puesto en evidencia todo tipo de delitos en las más altas instancias del poder. Se ha envilecido como nunca la institución presidencial. Todo el entorno del oscuro ser que detenta la presidencia está podrido. El fétido tufo de la corrupción avanza incontenible por todas las instancias del gobierno. Por su parte, salvo excepciones, el congreso es una ignominiosa exposición de miseria humana.
Ya es tiempo de reaccionar. No podemos tolerar más esta situación en que peligra la heredad y el futuro de millones de peruanos.
Es tiempo de tomar el control de las cosas. No puede ser que una mafia de mediocres y delincuentes del montón nos arrebaten el país, pues pese a que pareciera que todo está tomado por la gangrena del gobierno neosenderista, nos queda aún parte del Congreso, la Fiscalía de la Nación, conducida por una valiente mujer y el Tribunal Constitucional, como última esperanza.
Pero también es cierto que, si la población no se moviliza, si no se toman las calles y se arrincona a la mafia, todo será en vano. Sin embargo, si queremos resguardar la democracia y proteger las instituciones republicanas, resulta imprescindible dar pasos seguros que no nos lleven a saltar al vacío y caer en una crisis mayor. Tanto cuidado hay que tener frente a los embates del gobierno y la aplanadora de la corrupción como en plantear correctamente las estrategias con las que pretendemos cambiar el rumbo.
En la lucha sin cuartel contra la mafia comunista nuestro país no resiste más decepciones, ni más fracasos.





