
Por: Luciano Revoredo
Por fin. Mientras durante años Lima Este fue tratada como un territorio olvidado por el Estado, hoy acaba de darse un paso que marca un antes y un después en la historia del transporte urbano del país. La Municipalidad Metropolitana de Lima y el Ministerio de Transportes y Comunicaciones han firmado el convenio interinstitucional que pone en marcha, de manera formal, el Tren Lima – Chosica, el ya famoso Tren de Porky.
No se trata de un anuncio más ni de una promesa de campaña. Se trata de un acto administrativo y político concreto, suscrito por el alcalde Renzo Reggiardo y el ministro Aldo Prieto, que habilita la implementación de una infraestructura ferroviaria moderna: estaciones, paraderos, cruces a desnivel y sistemas de señalización que beneficiarán directamente a El Agustino, Santa Anita, Ate, Chaclacayo y Lurigancho–Chosica. Es decir, al corazón productivo y popular de Lima Este.
Más de 8.5 millones de ciudadanos se verán impactados por este proyecto. No hablamos de un capricho, sino de una obra estructural que reducirá horas de viaje, descongestionará vías colapsadas y devolverá dignidad a millones de trabajadores que hoy pierden parte de su vida atrapados en el tráfico.
Y sin embargo, este proyecto no ha tenido como principales enemigos la ingeniería ni el presupuesto, sino la política pequeña, mezquina y saboteadora del zurderío infame, la corrupción encarnada por Acuña y sus chacales y sus socios políticos de toda laya cuando no los tontos útiles de siempre.
Desde que el tren fue anunciado, una maquinaria de activismo y operadores políticos se dedicó a atacarlo. No por razones técnicas serias, sino porque el proyecto estaba asociado a Rafael López Aliaga y al modelo de gestión de Renovación Popular. Para ellos, antes que Lima, está su odio ideológico.
Se difundieron mentiras, se sembraron dudas artificiales, se inventaron trabas legales inexistentes, se agitó el fantasma del “fracaso”, no porque el tren fuera malo, sino porque era intolerable que una gestión no alineada al progresismo demostrara que sí se puede hacer obra pública sin robar y sin paralizarse.
Hoy ese sabotaje ha sido derrotado por los hechos. El convenio firmado entre la MML y el MTC es la prueba de que el proyecto no era humo, ni show mediático, ni improvisación. Era una política pública seria que ha logrado superar la inercia burocrática y la guerra política.
Este acuerdo demuestra que cuando hay voluntad política, las obras salen. Y cuando no hay corrupción ni miedo a la presión mediática, los proyectos avanzan.
Los mismos que ayer gritaban “imposible”, hoy guardan silencio. Los mismos que decían que era “ilegal”, hoy no saben dónde esconderse. Porque la verdad es simple, no querían que Lima tenga tren, querían que López Aliaga fracase aunque en ello también se cargue la pobreza y la frustración de millones de peruanos que ahora sí podrán aspirar a un transporte seguro, rápido y humano.
El Tren Lima – Chosica ya está encaminado. Y con él se descarrila una vez más la política del odio del bloqueo mezquino.




