
Por: Renata Corzo Bianchi*
La virtud de la prudencia es de vital importancia, no solo en la vida moral, sino también en el ejercicio del liderazgo. Un liderazgo desprovisto de virtudes, será un liderazgo carente de ejemplaridad, débil respecto a su credibilidad y frágil en sus relaciones humanas.
Por ello, un ser humano que pretenda convertirse en líder pero que no sepa ser íntegro, objetivo y coherente, será miope respecto de los bienes que debe perseguir. Y aunque logre identificarlos, los orientará de forma que cautele solo sus intereses particulares y permitan un beneficio inmediato para él; olvidando con ello la dimensión del bien común.
La prudencia, como virtud, rige y gobierna todas las virtudes de la voluntad pero, como el resto de virtudes, debe ser entrenada y practicada, no solo aprendida de forma teórica; ya que, lejos de ser instintiva, es una virtud que se cultiva en conjunto con la práctica de otros buenos hábitos.
En ese sentido, al permitir la prudencia un saber vinculado al obrar, suele presentarse con mayor frecuencia en aquellos líderes que se han enfrentado a situaciones o adversidades y han sabido discernir los medios adecuados para sobreponerse.
Quizá, formular una propuesta formativa que involucre el cultivo de las virtudes en la actualidad, en el terreno político y empresarial, podría valorarse como anticuado. Pero creo que ese es un juicio desacertado, debido a que la prudencia se presenta como una imperiosa necesidad para perfeccionar la actividad directiva del empresario y del político.
Algunas de las virtudes subordinadas o conexas a la prudencia son la eubulia, la synesis y la gnome. La eubulia consiste en el saber aconsejarse, es decir, en deliberar adecuadamente entre las opciones y medios disponibles. Por otra parte, la synesis sería la capacidad de interpretar las situaciones con una visión amplia, permitiendo destacar la mejor opción entre las ya deliberadas. Finalmente, la gnome sería la aptitud para juzgar con acierto en circunstancias excepcionales, especialmente cuando las reglas no son claras, como suele suceder en el ámbito jurídico.
Estos tres hábitos contenidos en la prudencia permiten que se tomen decisiones no solo correctas, sino también justas. Este proceso de formación hace que la prudencia no sea solo una cualidad de aquellas personas que se encuentran en posiciones de poder, sino un principio fundamental de la vida cotidiana, que debería guiar nuestras decisiones más personales.
Por ello, desde una perspectiva tomista, el líder prudente es aquel que no solo sabe tomar decisiones basadas en su conocimiento y experiencia, sino también aquel que actúa con templanza, fortaleza y justicia, considerando las consecuencias a largo plazo de sus acciones. Matiz que reafirma la idea de que la prudencia es una cuestión ética que orienta nuestras acciones hacia el bien.
El liderazgo es virtud en acción, es una práctica continua, cultivada a través de una reflexión ética. Un liderazgo que aspire a ser virtuoso debe reconocer el lugar protagónico que ocupa la prudencia en la formación de todo ser humano, si bien la prudencia es la virtud que debería acompañar a los directivos y gobernantes, es una virtud que se necesita para decidir con acierto en todas las esferas de la vida.
En un mundo donde las decisiones suelen tomarse bajo la presión de resultados inmediatos y gratificación instantánea, la prudencia nos recuerda la importancia de la coherencia, integridad, ejemplaridad y el cultivo de uno mismo para una “recta razón al obrar”. Solo así se puede construir un liderazgo que no solo se enfoque en el poder, tener o el placer, sino en la construcción de personas, organizaciones y un mundo más humano.
* Coordinadora del Centro de Liderazgo para el Desarrollo de la Universidad Católica San Pablo





