La columna del Director

DOCUMENTO VERGONZOSO Y MEDIOCRE DEL CARDENAL CASTILLO

Por: Luciano Revoredo

Ante la reciente “Carta Pastoral Cuaresma 2025” emitida por el Arzobispo de Lima, Mons. Carlos Castillo Mattasoglio, disponible en el sitio oficial de la Arquidiócesis (https://www.arzobispadodelima.org/wp-content/uploads/2025/03/Carta-Pastoral-Cuaresma-2025.pdf). Hay que destacar que lo que debería ser una exhortación a la penitencia, la conversión y la adoración de Dios en el espíritu del  tiempo de Cuaresma se ha convertido, lamentablemente, en un manifiesto impregnado de ambigüedades, desvíos doctrinales y una preocupante sumisión a las corrientes mundanas que amenazan la integridad de la fe católica. Este documento no solo decepciona; ofende profundamente a quienes aún guardamos celo por la verdad revelada.

Desde las primeras líneas, el mensaje del Arzobispo Castillo rehúye el lenguaje claro y vigoroso de la tradición católica sobre la Cuaresma como tiempo de combate espiritual, mortificación, conversión y preparación para la Pascua. En lugar de ello, se nos presenta una visión diluida, casi secularizada, centrada en un vago “caminar juntos en la esperanza” que parece más un eslogan de campaña sociopolítica que una llamada a la santidad. ¿Dónde está la insistencia en la necesidad de la confesión sacramental, el ayuno riguroso y la oración ferviente que han caracterizado este tiempo litúrgico desde los días de los Padres de la Iglesia? En este mensaje, el demonio, el concepto de pecado y la urgencia de la salvación brillan por su ausencia.

El Arzobispo opta por un discurso que privilegia la “sinodalidad” —esa palabra tan de moda en los círculos modernistas— sobre la verdad objetiva de la Revelación. Habla de “escuchar las voces de todos” y de “construir una Iglesia más humana”, pero ¿Qué significa esto en el contexto de una fe que no es negociable ni producto de consensos humanos? La Iglesia no es una democracia ni una ONG; es el Cuerpo Místico de Cristo, instituido por Él para guiar a las almas al cielo, no para adaptar su mensaje al espíritu relativista de la época.

Uno de los aspectos más graves de este mensaje es su silencio casi total sobre la Cristo, el eje de la Cuaresma y de toda la vida cristiana. Mientras el Arzobispo dedica páginas a reflexiones sobre la “esperanza” y la “solidaridad”, apenas menciona el sacrificio redentor de Cristo en el Calvario, que es el fundamento de nuestra salvación. La Cuaresma no es un tiempo para vagos optimismos humanos, sino para meditar en la Pasión y para cargar nuestra propia cruz. En este documento vergonzoso y mediocre, la Cruz parece relegada a un simbolismo secundario, eclipsada por un lenguaje antropocéntrico que exalta al hombre por encima de Dios.

Esta omisión no es casual. Refleja una tendencia modernista que busca despojar al cristianismo de su carácter sobrenatural, reduciéndolo a una ética social desprovista de trascendencia. El Arzobispo Castillo menciona el “Año Jubilar 2025” y su lema “Peregrinos de Esperanza”, pero lo hace sin conectar explícitamente esta peregrinación con la meta última: la vida eterna. ¿Dónde está la advertencia sobre el juicio de Dios, la necesidad de arrepentimiento y el temor santo que mueve al hombre a buscar la misericordia divina? Sin estas verdades, la esperanza se convierte en una ilusión vacía, un placebo espiritual para una generación que ha olvidado a Dios.

El énfasis en la “sinodalidad” como eje del mensaje es particularmente alarmante. Este término, promovido con fervor por ciertos sectores de la jerarquía desde el Sínodo sobre la Sinodalidad, es un caballo de Troya que introduce en la Iglesia la mentalidad “democrática” y relativista del mundo secular.

El Arzobispo llama a “caminar juntos” y a “escuchar las periferias”, pero nunca aclara cómo se reconcilia esto con la autoridad magisterial de la Iglesia, que no depende de opiniones humanas sino de la Revelación divina. La fe católica no se “construye” ni se “redefine” en asambleas; se recibe y se transmite intacta, como lo ordenó Cristo a los Apóstoles: “Id y enseñad todo lo que os he mandado” (Mt 28,20).

Este enfoque sinodal huele una  Iglesia que se doblega ante las demandas del mundo en lugar de confrontarlo con la verdad del Evangelio. San Pío X, en su encíclica Pascendi Dominici Gregis, ya advertía contra los modernistas que buscan “adaptar la Iglesia al espíritu del siglo”. El mensaje de Cuaresma del Arzobispo Castillo parece ser un eco de esa herejía, disfrazada de pastoral.

No podemos ignorar el contexto: la Arquidiócesis de Lima, bajo el liderazgo de Mons. Castillo, ha abrazado en los últimos años una línea progresista que ha generado división y desconcierto entre los fieles. Este mensaje de Cuaresma es solo la última muestra de una pastoral que prioriza lo horizontal sobre lo vertical, lo humano sobre lo divino.

Mientras  la secularización avanza en el Perú, el Arzobispo ofrece palabras tibias que no despiertan las almas ni las conducen a la conversión. ¿Dónde está el celo apostólico de un San Toribio de Mogrovejo, que recorrió el Perú para llevar la fe verdadera a cada rincón?

El “Mensaje de Cuaresma 2025” del Arzobispo de Lima es una traición a la esencia de este tiempo litúrgico y a la misión de la Iglesia. Lejos de ser una guía para la salvación, es un documento que refleja la crisis de fe que atraviesa la jerarquía contemporánea. Como católicos, debemos rechazar esta deriva modernista y aferrarnos a la fe de siempre: la que celebra la Cruz, exalta la penitencia y proclama sin ambages la realeza de Cristo Rey.

No hay que dejarse engañar por estas palabras vacías.  En este tiempo de Cuaresma, no basta con “caminar juntos”; debemos caminar hacia Cristo, con la cruz a cuestas, hasta el Calvario. Todo lo demás es vanidad, progresismo y pérdida de almas.

 

 

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