La columna del Director

DNI PARA LOS NIÑOS POR NACER

Por: Luciano Revoredo

La propuesta de Rafael López Aliaga de otorgar Documento Nacional de Identidad a los niños aún en el vientre de su madre ha generado polémica inmediata, como ocurre con toda iniciativa que toca los cimientos culturales, morales y políticos de una sociedad. Sin embargo, más allá del ruido coyuntural y la alaracas de las feministas y progres, siempre proclives a la simplificación ideológica y a simular una supuesta superioridad moral parea descalificar todo aquello que pone en riesgo su delirios, la idea plantea una discusión de fondo que merece ser pensada con mayor profundidad: ¿qué entendemos por identidad, desde cuándo reconocemos a una persona y cuál es el rol del Estado frente a la vida humana en sus etapas más frágiles?

Desde una perspectiva antropológica, la identidad no nace en una oficina pública ni en un trámite administrativo. Antes de que el Estado registre, clasifique o numere, la persona ya existe en una red de vínculos, expectativas y relaciones. El niño en gestación no es una abstracción, es alguien integrado desde el primer momento en la historia de una familia y, por extensión, en la de una comunidad. El registro civil moderno no crea a la persona, simplemente la reconoce tardíamente.

En ese sentido, la propuesta de dar DNI en el vientre materno no pretende alterar la biología ni forzar una ficción legal, sino afirmar que la identidad humana es un proceso continuo, no un interruptor que se enciende al cortar el cordón umbilical. Es una forma de decir que la vida no comienza para el Estado cuando aparece ante sus ventanillas, sino cuando comienza en la realidad.

Toda vida humana posee una dignidad intrínseca desde la concepción. No se trata de una consigna política, sino de una convicción antropológica y moral. La persona no vale por su autonomía, por su productividad ni por su visibilidad, sino por el solo hecho de ser. Dar identidad legal al niño por nacer es coherente con esa visión, porque traduce en un gesto institucional, una certeza ética, es afirmar que el concebido no es una cosa ni un proyecto, sino alguien.

En un contexto cultural donde la vida humana tiende a valorarse según criterios de utilidad, deseo o conveniencia, reconocer identidad desde el vientre es también un acto contracultural. Es afirmar que el más débil, el que no habla, el que no vota, el que no protesta, merece ser reconocido antes que nadie. No como una concesión sentimental, sino como una obligación moral de la sociedad frente a quienes no pueden defenderse por sí mismos.

Desde el punto de vista político, el DNI no es solo un documento, es el símbolo concreto de pertenencia a una comunidad nacional. Tener identidad es existir para el Estado, contar en sus políticas públicas, ser visible en sus estadísticas y protegido por su marco legal. Hoy, el concebido es invisible en términos administrativos, a pesar de que sus necesidades son reales y urgentes, salud materna, control prenatal, nutrición, prevención de riesgos. El Estado actúa sobre esos ámbitos, pero lo hace sin reconocer formalmente al sujeto que dice proteger. La propuesta busca corregir esa contradicción.

Otorgar DNI en el vientre materno implica asumir que la protección de la vida no puede ser solo retórica ni posterior. Significa que el Estado reconoce desde el inicio a uno de sus futuros ciudadanos y, con ello, asume una responsabilidad anticipada.

Por supuesto, el debate jurídico es complejo y requiere ajustes técnicos. Ninguna sociedad se transforma solo con declaraciones simbólicas. Pero las grandes reformas comienzan siempre con una decisión política que redefine prioridades. En este caso, la prioridad es clara, colocar la dignidad humana en el centro, incluso cuando esa dignidad aún no puede hacerse escuchar.

La propuesta de dar DNI a los niños en el vientre materno no es, como algunos la caricaturizan, una extravagancia ni una provocación ideológica. Es una pregunta incómoda dirigida al corazón de la sociedad, desde cuándo estamos dispuestos a reconocer al otro como uno de los nuestros. La respuesta que se dé a esa pregunta dirá mucho más sobre nuestro concepto de humanidad que cualquier consigna de campaña.

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