Internacional

CÓMO VA A GANAR TRUMP LA CARRERA PRESIDENCIAL 2020

La verdadera índole de la democracia americana

Explicar el funcionamiento del sistema de elección presidencial americano es complicado, no porque sea una materia especialmente difícil en sí misma (sé positivamente que una parte de la audiencia de este blog –catedráticos, ingenieros, científicos, etc.– han manejado y manejan ideas muchísimo más complejas a diario). No es esa la cuestión.

El problema es que los esquemas cognitivos que se activan en la mente de un europeo no sirven para comprender el sistema americano porque el europeo está inconscientemente buscando la legitimidad del sistema a través del voto popular en primer lugar y, en segundo lugar, cuando hay conflicto, en los tribunales de justicia. Sin embargo, en las presidenciales americanas ni el voto popular ni el Tribunal Supremo tienen la última palabra en la designación del Presidente de los EE. UU.

Esto es así porque lo que se toma por un mismo sistema político unificado (al que convencionalmente se le denomina “democracia occidental”) en realidad no lo es. En Europa continental todos los sistemas políticos son del siglo XX con raíces en la última parte del XIX y están enfocados a la sociedad de masas y el sufragio universal.

En EE. UU., por el contrario, el sistema es del XVIII y está pensado por y para caballeros –gentlemen farmers– o sea, hacendados con ínfulas de grandeza cuya fantasía era verse a sí mismos como romanos de la antigüedad. Esto no es una metáfora; es rigurosamente así; es una fantasía heredada de los ingleses que les dio por jugar a hacerse pasar por romanos ante sí mismos y ante los franceses (que son su audiencia favorita) a partir de 1720 más o menos cuando sacan la cabeza del hoyo y salen a lucir palmito después de casi doscientos años de estar en el pozo de desolación y miseria en que quedaron sumidos tras el golpe cismático de Enrique VIII.

Pues bien, ese es el verdadero contexto de la fundación de EE. UU.. Un contexto que nada tiene que ver con la democracia, sensu stricto, sino con la emulación de la república aristocrática que fue la antigua Roma. Por lo tanto no había previsión de elecciones ni campañas ni partidos ni nada de lo que habitualmente identificamos como sistema democrático. La elección del presidente era por aclamación de un candidato que no se dignaba ni a presentarse (eso habría sido demasiado “vulgar”, es como andar buscando notoriedad y halago). Al verdadero caballero le escogen sus iguales espontáneamente por las cualidades que meramente exuda el primus ínter pares. Ese era el concepto de democracia de los founding fathers.

La deriva hacia la democracia como un desbordamiento de compuertas

Esta Arcadia de caballeros de alto plumero y primus inter pares duró muy poco y enseguida vinieron las zancadillas, los empellones y los pucherazos hasta el día de hoy. El que sufrió Andrew Jackson es especialmente interesante porque es el primero que abre las puertas a una sociología más popular que es con la que Tocqueville se encuentra cuando llega a América en las primeras décadas del XIX y escribe su famoso “Democracia en America”.

El exordio anterior puede parecer tal vez demasiado largo pero es ciertamente necesario para comprender que la democracia americana se ha construido por el desbordamiento popular de una forma republicana original de orientación aristocrática

Con cada desbordamiento de las estructuras republicanas originales se han ido construyendo en paralelo dos tipos de estructuras diferenciadas aunque ambas coincidentes en ser estructuras de protección: unas contra el pueblo y otras contra las élites.

Ahora, repárese en que estas dos estructuras protectoras han corrido suertes contrapuestas: unas se han venido celebrando a bombo y platillo (las que protegen al pueblo de las élites, contenidas en las enmiendas o amendments) y otras se han escondido vergonzantemente hasta no querer saber ni que existen (que son las que las élites han construido contra el pueblo y que están desarrolladas sobre todo en forma de leyes electorales).

Todo lo anterior nos permite llegar a un resultado ciertamente valioso para el propósito de esta entrada y es que:

aunque EE. UU. ha construido y proyectado una mitología nacional de populismo, democracia y desenfadada apertura, en paralelo no ha dejado de cultivar, aunque en secreto, un corazón de bestia rabiosamente elitista y aristocratizante

Quién tiene la última palabra a la hora de elegir al Presidente

Ahora, por fin, (después de 1.300 palabras) creo que están ustedes de disposición de entenderme cuando les diga:

ni el recuento de los votos de la gente, ni la justicia, ni el Tribunal Supremo tienen la última palabra en la elección del Presidente; la tienen determinadas pequeñas camarillas de selectos grupos escogidos (llamados legislature representatives y electoral college members)

Mecánica electoral de las Presidenciales 

Para esta explicación tengan ustedes muy presente la entrada que he escrito como Guía de Fraudes Made in USA Parte 1. Allí se explican las circunstancias de arranque de lo que ha terminado siendo una extraña forma de gobierno, a mitad de camino entre la confederación y la federación.

La elección del presidente de EE. UU. no es una elección directa del pueblo al candidato. Lo que realmente hace el votante popular no es elegir sino sugerir; esto es “dar una indicación con su papeleta” a su legislature (a la cámara de su estado) para que este cuerpo movilice los auténticos votos electorales que le corresponden a ese estado según una asignación poblacional (que opera como un corrector de compensación territorial parecido a la ley D’Hondt que se aplica en España) y los destine a la designación de tantos electores como votos de elección presidencial disponga ese estado.

Una vez esos electores son designados por las cámaras de cada estado se constituyen en colegio electoral (Electoral College) de 538 personas y emiten su voto, en principio comprometido a favor del candidato favorecido por el voto popular. Lo más chocante es que esto no siempre sucede y el hecho es que en cada elección hay siempre algún voto desviado a otro candidato distinto del que se les había confiado el voto. En algunos estados hay restricciones y penalizaciones a estos faithless electors, que así se llaman, pero desde luego su compromiso para con los votantes populares no responde a la forma de “mandato imperativo”.

Si un candidato recibe la mitad más uno de los 538 votos del Colegio Electoral, es decir si llega a 270, entonces es proclamado presidente.

La situación de Trump

Ahora vamos a ver cuál es la mecánica electoral y qué es lo que Trump tiene que hacer para llegar a la Presidencia (o mejor dicho para conservarla).

La situación de partida es esta, con una ligera ventaja para Trump (232-227) cuando se interrumpió el escrutinio.

Por cierto, ¿alguien ha visto este mapa con la situación real a fecha de hoy? ¿no les parece increíble que ni siquiera los medios que dicen ser los únicos que dan la información de verdad se hayan molestado en hacerlo? ¿es vagancia? ¿es incompetencia?

Faltan por asignar (en ocre) seis estados de los cuales tres están en litigio y tres en recuento (en realidad hay muchos más litigios y en muchos más estados pero es por simplificar.

La situación que Trump sabe es la que le corresponde es que TODOS los estados disputados le han votado más a él sin duda alguna pues los demócratas han dado un pucherazo espectacular, más grande aún de lo habitual en ellos (son maestros en el arte del anforazo en las grandes ciudades desde hace más o menos ciento cincuenta años).

Trump ganaría entonces de esta manera por 311 a 227 votos. Esto es lo mínimo ya que las encuestas reales (en otra entrada les explicaré el misterio de las encuestas) han llegado a dar que California se pasaba a rojo. Y de hecho no descarten que aún pueda hacerlo.

Trump tiene una gran cantidad de abogados trabajando en miles de demandas, todos ellos bajo la batuta de Giuliani. Y Trump no va a ceder en nada; sólo, tal vez, si llega a 270 y Biden se retira. Puede que algunos de estos pleitos se enquisten (como Pensilvania) y puede que otros los pierda incluso en el supremo (aunque todos sabemos que es de mayoría republicana).

Pero en realidad nada de eso importa porque los recuentos y los pleitos sólo sirven para llegar a cada legislature, a cada cámara estatal, con certificados de votos “indicativos” que sirvan para que las cámaras escojan a sus electores. Da lo mismo que esos votos sean de escrutinio ordinario, habiendo pasado por un juzgado o por el tribunal supremo.  Y la cámara puede con ellos hacer lo que quiera, escoger electores-compromisarios siguiendo la indicación del voto popular o no.

Ahora, la gran jugada es que esas cámaras son todas de mayoría republicana (en los seis estados disputados) con lo que si no hay certificación de voto por estar en litigio o incluso si la certificación se da pero es sospechosa (porque provenga de una ciudad donde los demócratas han llevado el recuento) las cámaras republicanas pueden designar un elector que lleve votos republicanos al colegio de los 538 compromisarios o electores presidenciales.

No puedo añadirlo aquí pero hay múltiples evidencias de filtraciones en ese sentido. Por ejemplo en Pensilvania donde es posible que si no se resuelve nada en los tribunales la cámara escoja por su cuenta compromisarios favorables a Trump.

Pero es igual. Porque el fin de la historia no termina con el colegio electoral de los 538. Hay aún una tercera posibilidad de reelección de Trump en caso de que la situación actual se prolongue hasta el 2o de enero. En ese caso Nancy Pelosi asumiría la presidencia interinamente y se organizaría la elección del presidente por la Cámara de Representantes y la del vicepresidente por el Senado de EE. UU.

La cámara que designaría al nuevo presidente sería la recién elegida que es de mayoría demócrata pero no para el voto constitucionalmente previsto en la elección del Presidente. La constitución exige que el voto para esa elección tan singular exige que se agrupe cono si fuera una segunda cámara, como si fuera una cámara territorial. Y, en esas condiciones, el voto no es individual sino por agrupamiento de los representantes por estados y… la mayoría en ese caso es de Trump.

Resumen

Cualquiera de las tres formas de salir elegido presidente según el proceso previsto en la constitución en estas circunstancias es favorable a Trump:

  • Si en el recuento y ganando litigios recoge 270 ya es presidente. Si no los recoge, continuará pleiteando hasta el 2o de enero si hace falta para ir al tercer punto de este resumen. Puede que recoja una mezcla de certificaciones de recuento y de asignación directa de electores-compromisarios por parte de alguna cámara. A la objeción de que Biden haga lo mismo no ha lugar porque verdaderamente Biden no ha sacado nada más que votos falsos de muchos tipos, no sólo del correo y Biden además puede tener un problema con la justicia por el pucherazo. (Si puedo hacer una entrada explicaré que los que sabíamos donde mirar encuestas fiables lo mínimo que daban es 320-218 a favor de Trump un mes tras otro. Algunas proyecciones contaban que California se pasaba a Trump y entonces casi llegaba a 400). Una no desdeñable salida es que Biden tire la toalla y entregue a Trump los votos de algún estado a cambio de pactar inmunidad (cuando puse el coche de Thelma y Louise en esa entrada que ha gustado tanto no era por frivolidad; es que este hombre se ha despeñado dejándose persuadir para encabezar esta candidatura golpista; por cierto, ¿saben ustedes dónde está Hillary Clinton? ¿cuánto tiempo hace que no saben nada de ella? ¿y Obama? Piensen…).
  • Si los 6 estados en disputa no presentaran certificados a las legislaturas, estas podrían emitir votos electorales ellas mismas y lo harían a favor de Trump pues son de mayoría republicana. Ayer incluso un medio muy prodemócrata (Político) se hacía eco del caso con gran preocupación.
  • Si todo lo anterior fallara –cosa harto improbable– tendríamos a Pelosi una temporada hasta que el nuevo congreso votará a favor de Trump.

Pueden estar ustedes tranquilos de que Trump sí podrá cumplir sus cuatro años al frente de la Casa Blanca y además empezar una nueva era de verdad en la historia política de EE. UU. que supondrá entrar en una nueva conformación del régimen político norteamericano, el séptimo Party System.

Con el partido demócrata eliminado o muy modificado y el partido republicano convertido en el partido de la clase media que acoja a todas las etnias que viven en EE. UU. y que sólo buscan prosperidad y tranquilidad (por cierto esto último no es mío es de Victor Davis Hanson que ha sido un hallazgo, síganle) mientras que el partido demócrata iba camino de convertirse en el partido de los superricos que usan a los superpobres como justificación de sus enloquecidas utopías y desvaríos ideológicos.

 

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