
Por: Luciano Revoredo
Hace unos años, cuando Jorge Nieto Montesinos intentaba apuntalar la fallida candidatura de George Forsyth desde el primer lugar de su lista parlamentaria, advertimos desde estas páginas sobre la naturaleza de un personaje cuya trayectoria está tejida con los hilos de la consultoría dorada y las relaciones peligrosas.
Hoy, bajo el pomposo nombre del “Partido del Buen Gobierno”, Nieto pretende presentarse como el tótem de la decencia moral y la pulcritud administrativa, pero los archivos no mienten y la justicia, aunque a paso lento, ha empezado finalmente a cercarlo.
El hombre que hoy se muestra con modales académicos y bufandas de seda no puede borrar de su historial un origen profundamente radical que lo vincula a las facciones más extremas de la izquierda peruana de los años setenta y ochenta.
Iniciado en las filas del Partido Comunista Revolucionario (PCR), Nieto no fue un simple observador, sino un cuadro activo en una época donde la frontera entre la agitación política y el apoyo a la lucha armada era peligrosamente difusa.

Es precisamente en ese entorno donde se forjaron sus vínculos con personajes que luego ensangrentarían al país, como Víctor Polay Campos, con quien compartió espacios de militancia y formación ideológica antes de que este fundara el MRTA.
Resulta imperativo recordar que Nieto, lejos de la moderación que hoy sobreactúa, formó parte de esa generación que coqueteó con el comunismo más radical y los grupos violentistas en sus etapas germinales y que mantuvo una ambigüedad moral frente a la violencia terrorista que solo el paso del tiempo y la conveniencia de los cargos públicos lograron matizar.
El hombre que se inició en las filas del Partido Comunista Revolucionario y supo transmutar en el analista pulcro de las pantallas de televisión, para luego enquistarse en el poder con PPK, enfrenta hoy cuestionamientos que no pueden ser respondidos con simples frases académicas.
Sin embargo, su pasado no es el único lastre que arrastra; la noticia que realmente sacude su actual campaña presidencial no es una propuesta innovadora, sino la formalización de investigaciones fiscales que lo vinculan directamente con las tramas de corrupción brasileñas. La Fiscalía ha puesto la lupa sobre un incremento patrimonial que resulta, por decir lo menos, asombroso, con un salto de su patrimonio que no guarda relación con sus ingresos conocidos.
Nieto habría pasado de un patrimonio de 1 millón a 5 millones de soles en el transcurso de apenas un año. La pregunta que cualquier ciudadano y sobre todo un fiscal debe hacerse es qué actividad económica lícita permite semejante bonanza en doce meses para quien ha hecho de la “asesoría” su principal modo de vida.
Pero hay más; los documentos de la acusación fiscal, que determinan la continuación de la investigación preparatoria por el presunto delito de lavado de activos en agravio del Estado, son contundentes al señalar su vinculación con el oscuro caso de la No Revocatoria de Susana Villarán.
Las declaraciones de colaboradores eficaces y las tesis fiscales apuntan a que Nieto habría recibido pagos de la constructora OAS, bajo el ropaje de “asesorías” pendientes.
Estos pagos, realizados presuntamente en efectivo y en el contexto de la campaña para salvar a Villarán en 2013, habrían servido para encubrir aportes ilícitos de la constructora brasileña, evitando así la identificación del origen real del dinero.
A este oscuro panorama se suma una arista que Nieto Montesinos siempre ha preferido mantener bajo un velo de discreción: sus intereses y patrimonio en México, país donde residió durante años y donde consolidó los nexos que luego le permitieron actuar como el “estratega” predilecto de la izquierda caviar peruana.
Las sospechas sobre activos no declarados o triangulados a través de consultorías internacionales en territorio azteca no son nuevas, pero cobran una relevancia alarmante ahora que la Fiscalía peruana rastrea un incremento patrimonial inexplicable que coincide con sus años de mayor influencia política.
Resulta legítimo preguntarse si las cuentas del “Buen Gobierno” incluyen también el detalle de sus movimientos financieros en México, o si ese capítulo de su vida es otra caja negra diseñada para ocultar el origen de los recursos que hoy sostienen su ambición presidencial, alimentando la tesis de que estamos ante un esquema de lavado de activos que trasciende fronteras y que utilizó su paso por el extranjero como la plataforma perfecta para blindar una fortuna cuya transparencia no resiste el menor análisis.
Es este mismo personaje quien hoy, en sus entrevistas de campaña, habla sin ruborizarse de la “muerte civil” para los corruptos y de la necesidad de un Estado transparente, omitiendo que él mismo se encuentra bajo el escrutinio del Ministerio Público por actos de ocultamiento y tenencia de activos ilícitos.
Su actual postulación presidencial parece más un ejercicio de supervivencia política y blindaje que un proyecto nacional serio.
Del fracaso estrepitoso que significó su paso por el entorno de Forsyth, Nieto ha saltado al mesianismo propio, intentando desligarse de figuras incómodas para mantener una imagen de independencia que su propia hoja de vida contradice.
Jorge Nieto Montesinos no es un rostro nuevo ni una alternativa de cambio; es el reciclaje de una clase política que hizo de la gestión pública un espacio para el beneficio privado y de las consultorías un mecanismo para el enriquecimiento bajo sospecha.
Un candidato que no puede explicar su pasado radical, sus antiguos nexos con la subversión ni su súbito enriquecimiento de la mano de OAS, no tiene la autoridad moral para dirigir los destinos del Perú.
Es hora de que los electores vean detrás del discurso edulcorado de Nieto: lo que hay es un expediente fiscal y una mochila ideológica que pesan mucho más que cualquier promesa de “buen gobierno”.







gracias por la informacion