La columna del Director

ASTENGO Y COMPAÑÍA: EL TEATRO DEL ODIO CAVIAR

Por: Luciano Revoredo

En el Perú de hoy, donde la crisis política parece un mal crónico, no son los gobiernos inestables ni los grupos de poder ambiciosos los que más daño causan, sino un sector hipócrita y privilegiado que, desde la comodidad de sus burbujas, enciende la mecha del desorden social. Nos referimos de la izquierda caviar: esa “élite” intelectual y artística que, con un café o un buen vino en la mano y un sueldo de ONG en el bolsillo, impulsa protestas violentas convirtiendo a jóvenes despistados en carne de cañón.

Artistas como Tatiana Astengo, que en lugar de elevar el debate público optan por el insulto y la provocación, son el rostro visible de esta farsa.

Todos hemos visto esta escena: en la marcha en el centro de Lima, convocada bajo el pretexto de la inseguridad, pero que luego fue cambiando hacia el pedido de “cambios políticos”. Miles de personas, algunos desorientados, muchos malintencionados, violentistas, pandilleros y delincuentes se congregan. De repente, emerge Tatiana Astengo, actriz de telenovelas y activista de fin de semana, increpando a un agente policial en tono venenoso: “Este recuerdo te lo voy a dejar para tu hija que la van a violar”.

¿Se puede ser más miserable y mala leche? Lo de Astengo no es un lapsus, es el destilado de un odio visceral. Ella que se pavonea en sets de grabación, las páginas de Somos y eventos de élite, no arriesga nada: su vida está blindada, lejos de los perdigones y las bombas lacrimógenas. Pero ella y sus pares —actores, directores e “influencers progres”— no dudan en azuzar la violencia, grabando videos para sus redes mientras los verdaderos protagonistas, los que compran sus cantos de sirena, terminan heridos, detenidos o muertos. Esto dejando de lado a los terroristas urbanos que salen dispuestos a todo y que son la otra parte de la tenaza.

Pero esta no es la primera vez. En protestas anteriores, Astengo y otros como la llorona Mónica Sánchez o el decadente y tóxico Lucho Cáceres han sido captados no como pacificadores, sino como provocadores mientras posan para selfies.

Estos “artistas” que no son otra cosa que la costra visible de un entramado putrefacto, que cobran fortunas por interpretar roles de “víctimas sociales”, convierten las manifestaciones en teatros de ego, donde la agresión a la Policía —esa institución que durante dos décadas nos salvó del terrorismo senderista— se justifica como “resistencia”. Es una bofetada a la memoria colectiva: mientras la PNP derramaba sangre en los Andes contra el terror rojo, estos caviares sorbían cócteles en fiestas exclusivas o ya vivían en el extranjero viviendo la crisis peruana a distancia, eran pioneros de la virtualidad.

Porque para ellos, el Perú es un tablero de ajedrez los pobres, despistados y los llamados cojudignos son peones sacrificables, y la Policía y el gobierno que no les guste, el rey enemigo a derribar. Esta izquierda “pituca” desprecia al pueblo que dice defender. Por eso buscan siempre un muerto que justifique sus poses dramáticas y pongan al gobierno y las instituciones tutelares en jaque.

Desde sus oficinas climatizadas de oenegés, bajo los reflectores de un escenario o el set de un canal de televisión impulsan narrativas de “represión estatal” que ignoran la presencia de vándalos y terroristas en las marchas que asisten no por ideales, sino por anarquía pura.

Es imprescindible que el Perú despierte y se sacuda de la contaminación del virus progre, que los vampiros de la izquierda caviar dejen de jugar con la sangre de los inocentes y el sacrificio de la Policía. Su revolución de café solo alimenta el caos, mientras el Perú verdadero clama por paz y progreso.

 

 

 

Dejar una respuesta