Política

¡AQUELLOS DEMÓCRATAS DE ANTAÑO!

Por: Alfredo Gildemeister

Aquella mañana del 8 de noviembre del año 63 A.C. el cónsul romano Marco Tulio Cicerón se despertó inquieto. No había podido dormir bien, descansar. Se sentía nervioso pues hoy sería un día decisivo para él y especialmente para Roma. Con 43 años de edad, estaba decidido a salvar la república romana, así le costase la vida. Ese día denunciaría ante el Senado de Roma la conspiración que estaba a punto de ejecutar otro senador, Lucio Catilina. Cicerón conocía a Catilina desde la infancia, estudiaron en la misma escuela. Siempre le pareció una persona intrigante, excesivamente ambiciosa y déspota. Si bien se conocían de años no podía decirse que fueran amigos. Nunca lo fueron. Cicerón sabía que Catilina ansiaba el poder y al no haberlo conseguido en los comicios, esto es, mediante los votos, lo tomaría por la fuerza. Cicerón también tenía conocimiento de que Manlio, otro de los conjurados con Catilina, preparaba la revolución en Etruria. Al igual que Manlio, otros lo harían en Piceno, en Umbría y en Apulia. El golpe estaba fría y meticulosamente organizado. Así mismo, Cicerón sabía que Catilina se había quedado en Roma con sus socios Cornelio Cetego y Cornelio Léntulo. Estaba seguro de que estos también golpistas, esperaban el momento preciso para asesinarlo a él como a otros senadores leales a la república. Una vez muertos, los cómplices de Catilina prenderían fuego en diversos lugares estratégicos de Roma, la chusma pagada asaltaría y saquearía las casas de los ricos patricios y se nombraría cónsul a Catilina. En apoyo a Catilina, algunas legiones ya compradas por el conjurado, tomarían posesión de Roma. Enterado de todo esto, valientemente Cicerón no huyó de la ciudad –como algunos amigos le aconsejaron- sino que decidió quedarse y denunciar la conjura. Para ello, convocó a sesión al senado para ese día 8 de noviembre.

Aquella mañana luego de asearse se vistió y se puso la elegante toga ribeteada de purpura que usan todos los senadores. Casi no tomó desayuno. Quería ya estar en el Senado y terminar con esto de una vez por todas. Salió de su casa tranquilamente y se encaminó al edificio del Senado. Muchos ciudadanos lo saludaban con respeto por el camino. Alguno qe otro lo miraba con desconfianza y hasta con cierto resentimiento. Al llegar al hemiciclo del Senado pudo ver que ya varios senadores habían llegado. Una vez que estuvieron la mayoría reunidos, sentados en sus curules, Cicerón se puso de pie y se aprestó a hacer uso de la palabra. Sin embargo, en ese momento sucedió algo que no esperaba. Lucio Catilina tuvo el descaro de presentarse a la sesión. Ingresó al hemiciclo y se sentó en un curul un poco apartado de los demás senadores. Cicerón no pudo dejar de sentirse asombrado por el descaro y desfachatez de Catilina de presentarse en el hemiciclo. Fue entonces cuando pidió la palabra y con todo coraje se dirigió directamente a Catilina con estas palabras: “¿Hasta cuándo ya, Catilina, seguirás abusando de nuestra paciencia? ¿Por cuánto tiempo aún estará burlándosenos esa locura tuya? ¿Hasta qué límite llegará, en su jactancia, tu desenfrenada audacia? ¿Es que no te han impresionado nada, ni la guardia nocturna del Palatino ni las patrullas vigilantes de la ciudad ni el temor del pueblo ni la afluencia de todos los buenos ciudadanos ni este bien defendido lugar –donde se reúne el senado- ni las miradas expresivas de los presentes? ¿No te das cuenta que tus maquinaciones están descubiertas? ¿No adviertes que tu conjuración, controlada ya por el conocimiento de todos estos, no tiene salida? ¿Quién de nosotros te crees tú que ignora qué hiciste anoche, y qué antenoche, donde estuviste, a quienes reuniste y qué determinación tomaste?…”.

A medida que Cicerón avanzaba en su discurso con total seguridad y cada vez con mayor soltura y firmeza, Catilina se removía incómodo en su curul sin saber a dónde mirar ni qué hacer. Concluido el discurso, Catilina al verse descubierto se levantó de su curul furioso y salió raudamente del hemiciclo. Huyó de la ciudad y tomó el mando de su ejército mientras que Manlio y él eran declarados enemigos públicos por el Senado. Finalmente Catilina y sus conjurados golpistas caerían muertos en la batalla del campo de Pistoya frente al cónsul Antonio. Cicerón pasaría a la historia, no solo como un gran abogado y orador, sino como un valiente defensor de la república romana.

Unos siglos más tarde, en la República del Perú, otros cicerones denunciarían y defenderían la democracia y el Estado de Derecho. Así tenemos el caso de Manuel González Prada cuando en 1898, en su conocida obra “Horas de Lucha”, denunciaba: “¿Qué fueron por lo general nuestros partidos en los últimos años? sindicatos de ambiciones mercantiles, clubs eleccionarios o sociedades mercantiles. ¿Qué nuestros caudillos? Agentes de las grandes sociedades financieras, paisanos astutos que hicieron de la política una faena lucrativa o soldados impulsivos que vieron en la Presidencia de la República el último grado de su carrera militar”.

Posteriormente a mediados del siglo XX, Víctor Andrés Belaúnde escribiría lo siguiente: “Todos los hombres de pensamiento en América están de acuerdo que necesitamos un poder ejecutivo enérgico y eficiente, pero respetuoso de la legalidad… un poder ejecutivo eficaz no quiere decir un poder arbitrario… No basta confiar en las cualidades del presidente, ni en el grado de cultura y desarrollo del país, para que la función ejecutiva realice ese equilibrio de eficiencia y legalidad. Es necesario que el control, la resistencia al poder ejecutivo se encarne en instituciones que, al mismo tiempo que lo limitan, lo sostienen”.

Finalmente, a mediados de 1960 el senador y jurista Raúl Porras Barrenechea, a su paso por el Senado de la República, pidió el uso de la palabra al presidente del Senado don José Gálvez Barrenechea, pues quería sustentar la moción por la cual se solicitaba investigar los actos del dictador Manuel A. Odría. Al igual que lo hiciera valientemente Cicerón dos mil años antes, Porras Barrenechea se puso de pie y se dirigió a los senadores con estas palabras: “En el Perú hemos hecho un culto y una carrera de la impunidad. Somos el país más impunista de América… El impunismo ha sido uno de los mayores defectos peruanos y una muestra de nuestro débil sentido jurídico y moral… La impunidad debe ser combatida”. Guardó silencio y mirando al presidente de la Cámara y a cada uno de los senadores allí presentes, proclamó alzando la voz, lo siguiente: “Faltaría al mandato que he recibido de la ciudadanía, faltaría al juramento que he prestado en esta Cámara de defender la Constitución y la ley, faltaría a mi obligación como maestro de una universidad que enseña a defender las normas del derecho y faltaría sobre todo, a un deber de conciencia, si no hubiera firmado esta moción…”. Así eran nuestros demócratas de antaño: valientes, defensores de la democracia, de la división de poderes y del Estado de Derecho. Aquellos demócratas de antaño…

Dejar una respuesta