Iglesia

UNA HOMILÍA DE ESPALDAS A CRISTO REY

Por: Carlos Waite
La homilía del cardenal Castillo  en el Te Deum por el aniversario patrio revela una preocupante inversión de prioridades: mucho discurso sociopolítico y poca doctrina sobrenatural; mucha “transformación social” y poca conversión; mucha referencia a los pobres y a los excluidos, pero escasa referencia al pecado, la gracia, la vida sacramental y la salvación eterna.
Desde la perspectiva de la Tradición católica, el problema fundamental del Perú no es simplemente la desigualdad, la corrupción, la polarización o la falta de solidaridad. El problema fundamental es el pecado. Y la respuesta de la Iglesia no puede reducirse a un proyecto de transformación social. Es, ante todo, Cristo. La Iglesia no anuncia que una nación alcanza la luz mediante su independencia política. La Luz verdadera es Jesucristo.
Una independencia nacional puede ser un bien temporal; la Redención es sobrenatural y eterna. Confundir ambas realidades es desordenar la perspectiva cristiana de la historia. Más grave aún: ¿dónde está en esta homilía la Realeza Social de Nuestro Señor Jesucristo?
Pío XI enseñó en Quas primas que Cristo no es Rey solamente de las almas, sino también de las sociedades y de las naciones. La autoridad política procede de Dios y debe ejercerse conforme a la ley natural y divina. La democracia, por legítima que pueda ser como forma de gobierno, no es la fuente última del bien ni de la verdad. Una mayoría no puede convertir el mal en bien.
También resulta preocupante la utilización del Magnificat como si fuese una suerte de manifiesto sociopolítico: “derribó a los potentados”, “encumbró a los pobres”. María no proclama una lucha de clases. Proclama la omnipotencia de Dios, su misericordia y el triunfo de la humildad sobre la soberbia. El Evangelio no enseña que rico sea sinónimo de malo ni pobre sinónimo de santo. Condena la avaricia, la injusticia y el apego desordenado a las riquezas. Y hay además un problema exegético concreto: presentar la Visitación diciendo que María “estaba en cama”, que “salió corriendo”, que puso en riesgo al Niño o que tomó “el camino más peligroso” no es explicar el Evangelio: es añadir al texto inspirado elementos que San Lucas no dice. “Fue deprisa” no significa necesariamente todo aquello.
La verdadera reparación tampoco puede reducirse a reparar daños sociales. Antes que nada, la reparación católica es reparación del pecado ante Dios, mediante conversión, penitencia y expiación; de ahí nace después la justicia y la restitución al prójimo. Por eso, una auténtica homilía católica por el Perú debería comenzar y terminar donde comienza y termina todo: EN CRISTO. Cristo Rey de las personas. Cristo Rey de las familias. Cristo Rey de la Iglesia. Cristo Rey de las naciones.
El Perú no necesita solamente políticos más honestos ni estructuras más justas. Necesita santos. Necesita volver a Dios. Necesita recuperar la familia cristiana, la vida sacramental, la penitencia, la verdad, la ley natural y el sentido del pecado. Porque una nación no se salva por una ideología, ni por una democracia, ni por un programa social. Una nación se transforma cuando sus hombres se convierten a Dios.   
¡Viva Cristo Rey! ¡Viva Santa María! ¡Viva el Perú católico!

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