
Por: Luciano Revoredo
El fútbol tiene noches que se graban en la memoria por las emociones que generan, por aquellos instantes, a veces segundos, que se quedan para siempre en un rincón de la nostalgia. Ayer fuimos testigos de uno de esos momentos que marcan el fin de una era. Croacia cayó 2-1 ante Portugal en un partido de alta tensión, un escenario que para los verdaderos aficionados significaba historia pura.
Como hincha de Cristiano Ronaldo, quería ver a Portugal avanzar y consolidar el sueño de alzarse con el título mundial. Ver a CR7 levantando la copa será el final perfecto tanto para este torneo como para su extraordinaria carrera.
Sin embargo, ayer, ver la figura menuda pero gigantesca de Luka Modric recorrer el mediocampo por última vez provocó un torbellino de sentimientos encontrados. Era imposible no sentir una profunda melancolía. Mi simpatía por Portugal se mezclaba, casi sin pedir permiso, con el nudo en la garganta que provoca la despedida de un maestro.
El destino pareció querer jugar con nuestra pasión futbolera, zarandear nuestros sentimientos hasta el último segundo del partido: un gol agónico anulado por fuera de juego que pudo cambiar la historia, pero que terminó por dictaminar el cierre de un ciclo irrepetible.
Al sonar el pitazo final, el estadio entero se fundió en un solo aplauso. No importaron los colores; portugueses y croatas se unieron en una ovación unánime, rindiéndose ante la grandeza de Modric cuando este se acercó a las tribunas en un gesto de despedida.
Pero la imagen que congeló el tiempo y que quedará para la posteridad fue el abrazo sincero entre Cristiano y Luka. Dos colosos, dos viejos amigos que este año se despiden del fútbol de alta competencia en su último Mundial, fundidos en un respeto mutuo que trasciende cualquier rivalidad. Verlos unidos en ese gesto fue recordar las seis temporadas mágicas que compartieron en el Real Madrid, una alianza legendaria en la que disputaron juntos 222 partidos y conquistaron 13 títulos, destacando de manera inolvidable aquellas cuatro Champions League que marcaron una época. Fue el reflejo perfecto de una era dorada que empieza a apagarse, dejándonos una huella imborrable y la profunda gratitud de haber sido testigos, durante décadas, del fútbol en su máxima expresión.

Hoy las portadas hablan de estadísticas o de las lágrimas en el césped. Pero hay una verdad más profunda que los grandes medios de comunicación suelen pasar por alto, un detalle que rescata la verdadera esencia de este equipo croata y de su capitán.
Antes de iniciar esta aventura mundialista en Norteamérica, todo el plantel acudió a Misa. Se arrodillaron juntos ante Dios, no para las cámaras, ni para alimentar el contenido efímero de las redes sociales, sino con la humildad de quienes saben que hay cosas más grandes que el éxito deportivo. Se postraron antes de saber si levantarían la copa o si regresarían a casa pronto.
Eso es precisamente lo que el fútbol moderno, obsesionado con los contratos millonarios, los trofeos y los algoritmos de rendimiento, ya no es capaz de comprender. Donde todo se mide en base al marketing y los ídolos de plástico, Croacia nos recordó el valor de la trascendencia.
Ayer Croacia perdió un partido en el marcador, pero ganó en lo que verdaderamente importa. Se marchan con la cabeza en alto porque su fe y su identidad jamás dependieron de un resultado. Luka Modric se despide de los mundiales sin la copa en sus manos, pero se va con una victoria mucho mayor. Su leyenda imborrable en el olimpo del fútbol .





