
Por: Luis Yunis
La presentación de Gustavo Adrianzén frente a los medios de comunicación ha sido para hacernos conocer, en toda su dimensión, que tenemos un caradura de Premier, a un hombre sin principios y sin sangre en la cara, y obviamente que la palabra decencia está alejada de su vocabulario.
Su exhibición pública de pobre hombre, además de causarnos arcadas por su postura cínica y sinvergüenza, ha sido increíblemente pretender coaccionarnos, al estilo de los secuestradores, diciéndonos muy suelto de huesos que no hagamos “ruido político”; en otras palabras, que guardemos silencio y que encubramos lo presuntamente delictivo; que cerremos los ojos frente a lo que podría constituir la punta del iceberg de una secuela de corrupción al más alto nivel, lo cual, constituye una sinvergüencería propia de una de las frases del todopoderoso César Acuña, diciendo “no fue plagio, sino copia” o “la vida es lo más preciado que uno tiene en la vida”; definitivamente, ambos cortados por la misma tijera y lo lamentable es que la tela es ajena.
La catadura moral mostrada por Adrianzén es la misma que exponen los ladronzuelos de celulares cuando arguyen que sus robos son de poca monta con un cinismo sin parangón y un descaro propio del iletrado, ignorante y drogadicto, pero, se supone que el premier Gustavo Adrianzén Olaya, es un abogado culto que fue ministro de justicia; y sólo ruego que su apellido materno esté lo más alejado del parentesco de nuestro héroe nacional José Olaya Balandra, que frente a la muerte dijo: “si mil vidas tuviera, gustoso las daría antes de traicionar a mi patria”.
Porque lo que aquí ocurre es justamente traición a las expectativas de todos los peruanos, que lo único que desean es transparencia, trabajo honesto, integridad de sus funcionarios públicos, manos limpias y lealtad a la patria para asumir con responsabilidad el cargo encomendado, y especialmente para reconocer hidalgamente las equivocaciones, los errores, las dádivas o lo que fuera, pero no pretender callarnos con la frase estúpida y poco inteligente de que se trata de ruido político y que con ello se aleja la ansiada reactivación económica; sin duda, muy típico de los delincuentes, “trabajarnos” al susto.
La verdad, la frase de Adrianzén, pasará a la historia como si nos hubiera mentado a nuestras madres con semejante insulto y ello merece disculpas públicas, pero, lo artero y mañoso, es que ha comprometido a todo su gabinete y ninguno de ellos ha salido a defender su honra, lo cual se constituiría en una organización criminal; término muy de moda usada por el Ministerio Público y que bien podría aperturar una carpeta fiscal porque indicios sobran a diestra y siniestra, y el rostro del premier, conforme lo señaló alguna vez el criminólogo italiano Marco Lombroso, se ajusta al perfil definido a que sería el jefe de la banda, aunque esa teoría ya fue superada.
Por último, sea valiente señor Adrianzén Olaya, no se aferre a un puesto pasajero defendiendo sin argumento y con razonamientos absurdos un tema propio de los pasillos judiciales porque lo único que conseguirá es terminar en el basurero de la historia. Emule a nuestro José Olaya y defienda al Perú con la verdad y sólo la verdad.






Es el problema de los nuevos ricos, de golpe han recibido fortuna y no saben qué hacer para lucirla. Y convertirse en escudero, debe pagar muy bien