La columna del Director

UN PELIGRO LLAMADO BELMONT

Por: Luciano Revoredo

El panorama electoral de 2026 presenta una amenaza disfrazada de “experiencia” y “patriotismo”. Ricardo Belmont Cassinelli, a sus 81 años, no es el líder visionario que el Perú necesita, sino un personaje cuya fragilidad mental y verborrea sin filtro lo convierten en el instrumento perfecto para que la izquierda más radical retorne al poder por la puerta trasera.

Al igual que ocurrió en Estados Unidos con Joe Biden, Belmont representa una figura cuya declinación cognitiva y deterioro mental son evidentes. No se trata solo de la edad, sino de la pérdida de la brújula presidencial. Un gobernante requiere agudeza, temple y, sobre todo, decoro; atributos que Belmont ha canjeado por un espectáculo de anécdotas grotescas.

¿Podemos confiar las riendas del país a alguien que, en plena campaña, se pierde en incoherencias? Es imposible olvidar sus intervenciones más lamentables, como cuando en un alarde de vulgaridad innecesaria hace ya unos años mencionó que “su esposa le agarraba la cosita”, o cuando, en un intento fallido de pasar por seductor, recordó ante cámaras que “lo llamaban el pederasta” por su afición a las chiquillas. O cuando con expresiones racistas contó como maltrataba de joven a los empleados serranos de su casa. Estas no son las palabras propias de un estadista ni de una persona decente; son los desvaríos de un candidato que hace rato perdido el sentido de la realidad y el respeto por la investidura que pretende ostentar.

Pero Belmont no corre solo; corre rodeado de los fantasmas del radicalismo que casi destruyen al país. Su plancha presidencial es una confesión de intenciones.

Daniel Barragán (Primer Vicepresidente) es el nexo directo con el antaurismo y el fallido gobierno de Pedro Castillo. Barragán no es un técnico, es un operador político que busca viabilizar agendas extremistas. Ha sido candidato a vicepresidente de Antauro Humala y ministro de Castillo. Para qué decir más. Un impresentable.

Dina Hancco (Segunda Vicepresidenta) es una figura que llega con una condena vigente por contrabando. ¿Es esta la “reserva moral” de Belmont? Una sentenciada por delitos contra el Estado es quien espera en la línea de sucesión.

La pieza final del rompecabezas es su nuevo acercamiento a la figura de Pedro Castillo, de quien en su momento quiso ser asesor. Belmont ya ha empezado a deslizar la narrativa de un “juicio justo” y su disposición a un indulto político.

Belmont es la ficha de recambio, el abuelo dócil, el viejito perdido en el laberinto de sus recuerdos de matón apitucado que la izquierda radical usará para firmar las liberaciones de los corruptos y luego ser desplazado por sus vicepresidentes vinculados a las facciones más duras del etnocacerismo y la izquierda más despreciable.

Votar por Belmont es votar por un gobierno acéfalo. Su falta de transparencia financiera ante la ONPE y su historial de alianzas oportunistas, por no mencionar el lamentable caso de los miles de errebecistas que le entregaron en vano su dinero, demuestran que el Partido Cívico Obras es hoy un cascarón vacío al servicio de intereses oscuros.

El Perú no puede permitirse un presidente que sea motivo de mofa internacional o que confunda el Palacio de Gobierno con un set de televisión para sus monólogos vulgares.

Ricardo Belmont es una fachada; detrás de él, acecha la sombra de un radicalismo que busca un títere débil para terminar el trabajo que Pedro Castillo dejó a medias.

 

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