La columna del Director

UN DISCURSO EN “ARTICULO MORTIS”

Por: Luciano Revoredo

Se usa en el derecho y también en la teología la frase latina en “articulo mortis” para definir la condición de una persona a punto de morir o en trance de muerte, se dice entonces que hizo tal o cual cosa en “articulo mortis”. Esa creo que sería la mejor manera de definir el discurso que leyó Pedro Castillo ante el Congreso de la República el 28 de julio último.

Vimos a un hombre abrumado por un peso que no está en condiciones de cargar. El peso de la culpa de sus actos de corrupción y el peso de una responsabilidad política para la cual no está capacitado.

La llegada de Castillo al Congreso estuvo rodeada de actos de protesta en las calles. Una escena que es común en todos sus actos. La gente le ha perdido el poco respeto que le tenía y es zaherido en cada aparición pública.

El discurso tuvo dos partes. La primera, política, de fuerte confrontación contra la prensa, la oposición, el poder judicial y el ministerio público. La segunda la larga e insufrible lista de lavandería de logros inexistentes y actividades de rutina enviadas por los organismos del estado.

La oposición en el Congreso evidenció una vez más su falta de articulación. Así como fueron incapaces de formar una lista de consenso para la elección de la mesa directiva, tampoco fueron capaces de tener un gesto común de rechazo a la presencia de Castillo en el hemiciclo. Unos e marcharon, otros le dieron la espalda, otros gritaron, lamentablemente ni en eso se pudo ver unidad de las fuerzas democráticas.

Al final Castillo salió huyendo. Algún asesor le había puesto en el discurso un párrafo en que conminaba a los prófugos de su entorno a entregarse y por supuesto lo saltó. La lectura de ese párrafo, por otro lado, en realidad hubiera sido un acto que nadie hubiera creído.

Los días previos al 28 de julio hubo muchos rumores sobre el contenido del discurso. Se habló de un posible adelanto de elecciones buscando un puente de plata por donde escapar. Se habló también de medidas radicales que lo harían más cercano a posiciones chavistas. Se dijo que venía un nuevo gabinete para colocar un primer ministro más dialogante que reemplace al impresentable Torres. Se dijo también que tenían cientos de ronderos dispuestos a sembrar la violencia. Nada de esto pasó. Más bien vimos a un fracasado. A uno de esos delincuentes que ante las evidencias irrefutables de sus crímenes siguen mintiendo. Vimos a un hombrecillo disminuido, mostrando un rictus propio de quien afronta una circunstancia más grande que su propia existencia.

Entramos en la recta final. La caída del régimen es cuestión de tiempo. Es por eso que el intrascendente discurso del 28 de julio lo hemos definido como un acto realizado en “articulo mortis”. Está claro que el progresivo crecimiento de la indignación ciudadana va a ejercer tal presión, que el congreso, por mediocre o comprometido que esté con la corrupción del ejecutivo, se va a ver obligado a aprobar la vacancia. O ese pequeño rufián que ocupa la presidencia tendrá que huir.  Esto es solo cuestión de tiempo.

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