
Por: Yorry Warthon
Que la gente en nuestro país tiene el umbral del sacrificio muy alto. Qué duda cabe. La experiencia nos ha demostrado que las crisis deben ser superadas con estoicismo y resiliencia. Otro camino, no hay. Venderle al peruano una ruta diferente es contarle una película de ficción producida por Quentin Tarantino.
Recordemos que las generaciones anteriores resistieron dictadura militar, hiperinflación, terrorismo, epidemia del cólera, corriente del niño, entre otras grandes crisis. Esas generaciones demostraron aplomo y tenacidad colectiva. Pero seamos claros, jamás hemos enfrentado una crisis como esta pandemia. No hay precedentes.
Es claro que no existen fronteras para el virus chino. Y es claro también que no estamos en condiciones de retocar los daños y hacer un comparativo con nuestros pares en la región (LATAM). Esto nos ha explotado por dentro y ha traspasado los límites de salubridad, inclusive. Se trata de una hecatombe nacional que ha desnudado la putrefacción de nuestro sistema público en todas sus aristas.
Ante esto, detectamos una nueva estrategia impulsada por el primer ministro Zeballos y su secretario de Justicia Castañeda. Aquí las declaraciones: “Toda noticia, audio, documento, video o foto que no provenga de una fuente oficial –el gobierno- es falsa. Y compartir esa información solo genera confusión y miedo”.
Siendo optimistas, podríamos estar presenciando la nueva ola de la instauración de censura para bloquear la alicaída prensa libre que tenemos en el Perú. La prensa que no le besa la mano al mandatario de turno, y que no se arrodilla en horarios estelares. Ni que decir del ataque colateral que sufren quienes opinamos aisladamente en pleno ejercicio del derecho a la libertad de expresión.
La amenaza para silenciar, impulsada por la prensa amiga y condescendiente, es equivalente a una maniobra delictiva que despierta consecuencias irreparables en la nación. Buscar el statu quo con estas medidas dictatoriales es elegir el camino del engaño para generar mayor miseria.
Pero, dejando por un momento el tema mordaza, continuamos buscamos soluciones para menguar los efectos de la crisis, y nuevamente encontramos al genio, el Premier Vicente Zeballos. En una de sus últimas declaraciones, él afirma lo siguiente a un medio local: “todas las actividades de índole social van a quedar postergadas de manera indefinida”. Por extensión de interpretación elemental, podemos entender que establecimientos/negocios tales como cines, teatros, eventos sociales, restaurantes, cafés, centros comerciales, gimnasios, entre otros; todo local o actividad que congregue a varias personas quedará proscrito.
El primer ministro añadió: “avizoramos un país marcadamente diferente, no solo desde el ámbito económico e institucional, sino también en reformas culturales”. Vicente Zeballos mágicamente nos avizora el futuro, pero no nos cuenta qué soluciones se han diseñado para paliar las consecuencias que esto traerá.
Por ejemplo, ¿cómo enfrentar la afectación emocional que ya nos castiga? Al no haber espacios de distracción o esparcimiento, además del persistente temor al contagio, las personas serán proclives al estrés colectivo. La salud mental debe imponerse en agenda nacional. Veo a pocos hablando de esto.
En perspectiva laboral, la postergación de la actividad económica en relación a los negocios afectados elevará la tasa de desempleo. Tendremos a trabajadores intentando recurrir a la Superintendencia Nacional de Fiscalización Laboral (SUNAFIL) para denunciar a empresas ya quebradas. Negocios sin un plan para reestructurarse, y renacer en medio de la crisis.
En el ámbito económico, las medidas reactivas de liberar parte de la CTS o parte de sus aportes en las AFP, son soluciones para que la gente se salve con su propio dinero. Pero no hay un plan de rescate y reactivación económica como país. No hasta el momento. No uno eficaz, al menos.
Ni en la época más oscura del terrorismo se paralizó tanto el país, nunca cerraron tantos negocios. No vimos a tanta gente atrincherarse en sus hogares como pasa ahora. Ni siquiera experimentamos la amenaza por controlar libertades de expresión como hoy sucede.
Debemos comprender que esta cuarentena no representa el final de la pandemia, mucho menos del sistema estatal que controla recursos y libertades. Ahora, los peruanos debemos preocuparnos por preservar nuestra salud con mayor determinación, y además en subsistir decorosamente con las nuevas reglas de juego que nos imponen hora tras hora.





