Vida y familia

POR LA RESTAURACIÓN DE LA CIVILIZACIÓN CRISTIANA (O CONTRA EL LIBERALISMO)

Por: Pedro Luis Llera

Por pura casualidad, encontré un video en Facebook, patrocinado por el BBVA y por el diario El País (entidades de las que no soy muy fan, dicho sea de paso), en el que salía hablando el filósofo José Carlos Ruiz. Y me llamó la atención una parte en la que don José Carlos señalaba la diferencia entre la vida de las personas de “antes” y las de “ahora”. Dice el filósofo (subrayados míos):

“Yo creo que la felicidad anteriormente, la de mi generación, la de mis padres, tenía mucho que ver con una búsqueda y la búsqueda significaba encontrar o no encontrar pero no era prioritario en ninguna de las vidas; es decir, para nuestros padres, incluso para mí, lo prioritario era construirte la vida. Había de vez en cuando un encuentro con la felicidad pero no era el objetivo. El objetivo era la construcción vital. Sin embargo, la felicidad contemporánea me parece que está más orientada hacia la conquista. Como se diría hoy en día en un mapa: “está geolocalizada”. O sea, te dicen que lo importante en esta vida es llevarte una mochila de experiencias encima y que eso te va a dar la felicidad. Entonces, estamos obsesionados con ir acumulando experiencias una tras otra. Entonces, de repente, la gente tiene en su cabeza una especie de check list, donde necesita, pues, consumir la última novedad que ha salido al mercado, visitar el último país que se ha puesto de moda, ir al último restaurante a comer la última comida foodie, practicar el último tipo de deporte, etc., etc. Las consecuencias para mí son catastróficas. ¿En qué sentido? En el que entras en una dinámica en la que el consumo de experiencias se convierte en el eje que va a orientar tu vida. Y al final, cuando no estás en ese proceso de consumo, estás solo o estás tranquilo en tu propia vida, se te genera una angustia. Es decir, somos incapaces de tomar distancia de la realidad inmediata que tenemos y somos incapaces de tener el aprecio del tiempo en un tempo un poquito más tranquilo.”

Don José Carlos no habla de Dios para nada. No sé si es cristiano, agnóstico o ateo. Pero percibe la diferencia evidente que hay entre la sociedad tradicional (cristiana y católica) y la sociedad postmoderna hedonista.

En la sociedad tradicional católica que yo conocí (tengo 56 años), la felicidad tenía que ver, como muy bien señala el filósofo en el video, con “construirte” una vida. Efectivamente, las familias luchaban por sobrevivir, por mejorar las condiciones de vida. Los jóvenes aspiraban a estudiar, si se podía; a encontrar un trabajo lo mejor pagado y lo más digno posible para poder casarse, para iniciar cada uno su propia vida, tener su propia casa; tener hijos, criarlos, educarlos, verlos crecer y formar sus propias familias; tener nietos y, llegados a una feliz ancianidad, entregar el alma a Quien te la dio y morir en gracia de Dios, rodeado de tu familia y de tus seres queridos para dejar en paz esta vida y comparecer ante el Señor con la esperanza puesta en su misericordia de gozar del banquete celestial con los ángeles y los santos. El ideal de la muerte de un cristiano lo expresa maravillosamente Jorge Manrique en las Coplas a la muerte de su padre:

Así, con tal entender,
todos sentidos humanos
conservados,
cercado de su mujer
y de sus hijos y hermanos
y criados,
dio el alma a quien se la dio
(el cual la ponga en el cielo
en su gloria),
que aunque la vida perdió,
dejónos harto consuelo
su memoria.

En la sociedad católica tradicional, la vida seguía el ritmo de las estaciones y de las distintas celebraciones del año litúrgico. La vida era caer y volver a levantarse. Pecar y confesarse y seguir adelante. Y las edades de la vida de los hombres y de las mujeres seguían el ritmo de los sacramentos: primero, el bautismo de los recién nacidos para que, si morían, lo hicieran en gracia y como católicos, y fueran al cielo; luego, la primera confesión y la primera comunión, la confirmación, el matrimonio y los últimos sacramentos: la extremaunción, la confesión y la comunión (el viático) para ir al cielo en gracia de Dios. Y la felicidad consistía en “construir” tu vida, en santificarse trabajando y sacrificándose por la familia, por los hijos, que eran la verdadera felicidad de sus padres. Ver crecer a tus hijos, verlos formar su propia familia, ver a tus nietos crecer… Gastar y desgastar la propia vida poco a poco, día a día, por amor, primero a tu familia, luego a tus vecinos y por fin a tu patria y a todos los hijos de Dios. ¿Hay mayor felicidad? La vida era sencilla. No hacían falta tantas cosas para ser feliz: una mesa de amable paz bien abastada me baste… Así lo expresaba Fray Luis de León:

A mí una pobrecilla
mesa de amable paz bien abastada
me basta, y la vajilla,
de fino oro labrada
sea de quien la mar no teme airada.

La felicidad total no se consigue en este mundo. Aquí podemos tener momentos puntuales y fugaces de felicidad: la boda, el nacimiento de los hijos, sus éxitos (más que los propios)… Pero también hay momentos de amargura, de sufrimiento, de enfermedad… Hay reveses de la vida de todo tipo que te causan preocupaciones, desasosiegos, angustia, dolor. Hay injusticias, traiciones, niños que enferman o que mueren, explotadores y tiranos y explotados que sufren la opresión…

Pero la familia siempre estaba ahí: en lo bueno y en lo malo. Y no era infrecuente que tres generaciones convivieran en la misma casa, ayudándose mutuamente a salir adelante y compartiendo los gozos y las sombras de la vida. Y así, las tradiciones y la fe iban pasando de generación en generación y mientras una generación moría, otra nacía y la vida seguía su curso.

La sociedad tradicional distaba mucho de ser perfecta. No se trata de idealizar falsamente un pasado imaginario. Los siete pecado capitales andaban por sus calles y habitaban en sus casas desde el mismo día en el que nuestros primeros padres cometieron el pecado original. Pero la sociedad tradicional católica creía en el arrepentimiento y en la conversión y no se daba a nadie por perdido. Hasta el mismo momento de la muerte teníamos la oportunidad de confesarnos con el cura de nuestra parroquia y recobrar el estado de gracia. Mientras hay vida, hay esperanza. Todos somos pecadores y todos estamos llamados a ser santos porque Dios nos quiere a todos y quiere que todos sus hijos se salven. Por eso la vida se entendía como un camino de santificación, una peregrinación, un camino hacia Dios: un cargar cada día cada uno con su cruz para ir tras el Maestro. Porque sabemos que quien vive unido a Él, no morirá para siempre y el Señor nos salvará de tanto sufrimiento, tanto dolor y tanto pecado. Y después de tantos sacrificios y sufrimientos, Dios nos concederá participar del banquete celestial.

Pero llegó el liberalismo como la peste y nos dijo que la familia era una institución opresora. Que eso del amor era un cuento, un mito, algo imposible. Que lo importante era el individuo: no la familia. Que eso de sacrificarse por los demás era cosa de tontos. Que lo mejor era ser feliz uno solo. Que los viejos sobran y que son un estorbo que mejor se dejan aparcados en un asilo o se les ayuda a morir con la eutanasia para que no sufran ni den que hacer ni sean una carga ni un gasto para la familia y para la sociedad.

Y nos dijeron que los hijos eran otro estorbo para la felicidad individual porque atan mucho. Y la gente dejó de tener hijos. Porque yo tengo derecho a ser feliz y a disfrutar porque la vida es corta y lo que cuenta es acumular experiencias, mantener relaciones sexuales con cuantas más mejor, viajar y conocer lugares exóticos, ir a buenos restaurantes, comprar el último artilugio electrónico que acaban de inventar. Y el matrimonio se cuestionó como una institución opresora de la mujer porque no entendían el significado verdadero del amor y no les puede entrar en la cabeza que donde hay amor no hay lugar para hablar de explotación ni de opresión. Porque el liberal no sabe de sacrificios, sino de derechos individuales. El hombre moderno es autónomo, libre; y no acepta restringir su autonomía ni su libertad para sujetarse a una familia. Nada de sacrificios ni de renuncias: disfrutar. Eso es el hedonismo hodierno. No hay un nosotros: hay un yo. No hay una familia: hay un ser humano solo que busca frenéticamente una felicidad que no existe. Ya Dios no cuenta para nada: cuentan las experiencias. Y cuando te mueras, es lo que te vas a llevar contigo: un montón de experiencias.

Incluso la Iglesia se ha convencido de lo importantes que son las experiencias. Dice el obispo que Maguncia:

«La persona debe tener experiencias de fe, experimentar lo hermoso que puede ser creer en Dios, lo bueno que es pertenecer a una comunidad de fe. Entonces se interesará por la fe, entonces seguirá siendo un cristiano».

Hay que llegar a la fe a través de experiencias. Se ha invertido el orden natural: antes, lo primero era la fe y luego, las experiencias místicas, si Dios te las daba por pura gracia, que no era lo normal. Ahora, en cambio, para tener fe, hay que tener antes experiencias místicas o pseudomísticas. San Ignacio decía que para empezar a hacer los Ejercicios Espirituales hacía falta “subjecto”; es decir, una persona con cierta madurez y con fe. No se iba de ejercicios a tener una experiencia para encontrar la fe: la fe se daba por supuesta. Ahora dicen que primero hay que experimentar y sentir. La fe no es un don de Dios que se recibe con el bautismo y se vive en la familia y en la parroquia, sino algo que se alcanza, que se conquista; algo que uno mismo consigue asistiendo a retiros de distintos tipos para sentir mucho, llorar mucho… Y así hay verdaderos yonquis de las experiencias – religiosas y profanas. Y hay creyentes que viven en una montaña rusa de subidones y bajones en su vida de fe y que cuando no sienten nada, abandonan la Iglesia porque se aburren. Porque no entienden que la verdadera fe, la verdadera experiencia mística se vive en los sacramentos: en la confesión y en la misa; especialmente, en la comunión sacramental en la que tu alma, si está en gracia, se une verdaderamente a Cristo (lo sientas o no). Porque el amor de verdad no necesita sentir nada. El amor de verdad tiene más que ver con el sacrificio, con el compromiso, con estar ahí. Y sientas o no, Cristo está ahí escondido en las especies del pan y del vino, actualizando su sacrificio en la cruz por ti para entregarse en el Pan de Vida que es Él mismo.

Algunos dejan a sus esposas porque ya no sienten nada con ellas. Otros dejan la Iglesia por la misma razón: porque se aburren y no sienten nada.

En la sociedad tradicional católica, lo importante era el bien común: el de la familia, el de la parroquia, el de la patria. Lo importante era el amor al prójimo: el sacrificio, la entrega, la generosidad. Tú eras feliz haciendo felices a los demás. Y la felicidad mayor era la santidad: cumplir los mandamientos, vivir con honor y morir en gracia de Dios.

En la sociedad liberal, lo importante es el bien individual: disfrutar, pasarlo bien, acumular experiencias, ser feliz tú: hacer lo que te dé la gana. Las relaciones son de usar y tirar: se consume sexo, se consumen relaciones… Y los hijos sobran. Y los ancianos estorban. Y la familia te quita libertad. Y el amor no existe. Y el hombre moderno acaba solo y vacío. Y el suicidio se ha convertido en una epidemia silenciosa, escondida entre las estadísticas oficiales. Y la gran enfermedad de la modernidad es la soledad, la desesperanza: la nada. El hedonismo conduce al nihilismo. Y en esas estamos.

La civilización católica era Cristocéntrica (no teocrática) y el hombre se reconocía frágil y se daba cuenta de que su vida estaba siempre en las manos de su Creador.

La sociedad liberal, en cambio, es antropocéntrica, anticrística: odia a Dios y se enorgullece de desobedecerle.

O recuperamos la cultura tradicional católica o toca adorar a la Bestia del Apocalipsis. El mundo moderno es una bestia cruel e inhumana que exige sacrificios humanos: cientos de miles de niños abortados, eutanasia; sexo sin amor, como si fuéramos animales; elogio del pecado, desprecio de la virtud… Todos adoran al Pensamiento Único que blasfema orgulloso contra Dios.

Y abrió su boca en blasfemias contra Dios, para blasfemar de su nombre, de su tabernáculo y de los que moran en el cielo. Y se le permitió hacer guerra contra los santos y vencerlos. También se le dio autoridad sobre toda tribu, pueblo, lengua y nación. Y la adoraron todos los moradores de la tierra cuyos nombres no estaban escritos en el libro de la vida del Cordero que fue inmolado desde el principio del mundo. Si alguno tiene oído, que oiga. Apocalipsis 13, 6-9.

Y blasfemaron del Dios del cielo por sus dolores y por sus plagas y no se arrepintieron de sus obras. Apocalipsis 16, 11.

 

Conversión y penitencia. No ofendamos más a Dios Nuestro Señor, que ya está muy ofendido.

No adoréis a la Bestia.

¡Viva Cristo Rey!

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