Iglesia y sociedad

PERO NO SON HERMANOS…

Por: Pedro Luis Llera

La cizaña y el trigo crecen juntos y se pueden llegar a confundir, pero no son lo mismo. Parecen iguales a simple vista pero no son lo mismo: no son hermanos. El trigo da buenos frutos. La cizaña da frutos venenosos. Y no seré yo quién juzgue ni mucho menos quien condene a nadie. Eso es competencia exclusiva de Dios. Pero el trigo es trigo y la cizaña, cizaña. Y si no distinguimos una cosa de la otra podemos envenenarnos.

Todos somos pecadores y todos estamos llamados a ser santos porque el Señor quiere que todos nos salvemos. Líbreme Dios de rezar como el fariseo:

10. «Dos hombres subieron al templo a orar; uno fariseo, otro publicano.

11. El fariseo, de pie, oraba en su interior de esta manera: “¡Oh Dios! Te doy gracias porque no soy como los demás hombres, rapaces, injustos, adúlteros, ni tampoco como este publicano.

12. Ayuno dos veces por semana, doy el diezmo de todas mis ganancias.”

13. En cambio el publicano, manteniéndose a distancia, no se atrevía ni a alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: “¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy pecador!”

14. Os digo que éste bajó a su casa justificado y aquél no. Porque todo el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado.»

Lc 18, 10-14

Señor, ten compasión de mí porque soy un pecador.

He aquí, en maldad he sido formado,
Y en pecado me concibió mi madre.

He aquí, tú amas la verdad en lo íntimo,
Y en lo secreto me has hecho comprender sabiduría.

Purifícame con hisopo, y seré limpio;
Lávame, y seré más blanco que la nieve.

Hazme oír gozo y alegría,
Y se recrearán los huesos que has abatido.

Esconde tu rostro de mis pecados,
Y borra todas mis maldades.

10 Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio,
Y renueva un espíritu recto dentro de mí.

11 No me eches de delante de ti,
Y no quites de mí tu santo Espíritu.

Salmo 51

Por el pecado original, tenemos todos la naturaleza herida por la concupiscencia. Tiendo a hacer el mal que no quiero y a no hacer el bien que quiero. Nada bueno se puede esperar de mí si no es por la gracia de Dios. Pero yo quiero ser santo. Quiero cumplir los Mandamientos de la Ley de Dios. Me agarro a la Cruz y trato de cargar con ella cada día. Yo he sido llamado, soy amado por Dios Padre y guardado por Jesucristo. Como bautizado, soy miembro del Cuerpo Místico de Cristo. Soy de Cristo. Y quiero ser solo suyo y vivir y morir en gracia de Dios para que pueda alcanzar las promesas de Nuestro Señor. Y ya ese querer es obra de la gracia de Dios. Y si el Señor puso en mí ese querer, también por su Providencia me dará los medios necesarios para alcanzar la meta hacia la que corro: crea en mí, Señor, un corazón limpio. Purifícame y quedaré limpio.

Pero ahora me veo en la obligación de exhortaros a combatir por la fe que se ha transmitido a los santos de una vez para siempre. Dejemos las cosas claras. El que obra el bien es de Dios; el que obra el mal no ha visto a Dios. Todo el que no permanece en la doctrina de Cristo, no posee a Dios. El que permanece en la doctrina, ese posee al Padre y al Hijo. Si alguno viene a vosotros y no es portador de esta doctrina, no le recibáis en casa ni le saludéis, pues el que le saluda se hace solidario de sus malas obras.

Dice San Pablo:

Al escribiros en mi carta que no os relacionarais con los impuros, no me refería a los impuros de este mundo en general o a los avaros, a ladrones o idólatras. De ser así, tendríais que salir del mundo. ¡No!, os escribí que no os relacionarais con quien, llamándose hermano, es impuro, avaro, idólatra, ultrajador, borracho o ladrón. Con ésos ¡ni comer! Pues ¿por qué voy a juzgar yo a los de fuera? ¿No es a los de dentro a quienes vosotros juzgáis? A los de fuera Dios los juzgará.  ¡Arrojad de entre vosotros al malvado!

1Cor. 5, 9-13

Según San Pablo, hermanos somos los miembros de la Iglesia, todos aquellos que formamos parte del Cuerpo Místico de Cristo. Los de fuera no son nuestros hermanos: a ellos los juzgará Dios. Y a los de dentro, a los que llamándose hermanos son impuros, borrachos, idólatras, ultrajadores o ladrones, San Pablo nos exhorta vehementemente a que los arrojemos lejos de nosotros.

No améis al mundo ni lo que hay en el mundo. Si alguien ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Puesto que todo lo que hay en el mundo – la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la jactancia de las riquezas – no viene del Padre, sino del mundo. El mundo y sus concupiscencias pasan; pero quien cumple la voluntad de Dios permanece para siempre.

Dice el Señor:

 ¡He aquí mi madre y mis hermanos! Porque cualquiera que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre. (Mateo 12, 49-50)

Los hijos de Dios somos los bautizados. Los que hemos sido revestidos de Cristo y hemos nacido de nuevo por el agua y del Espíritu. Esos son mis hermanos: los que quieren cumplir la voluntad de Dios, los siervos del Señor. Un asesino y un mártir se parecen: ambos son seres humanos, creados a imagen y semejanza de Dios. Pero no son iguales: no son hermanos. Uno ha cometido un pecado mortal muy grave y se irá al infierno, si no se conviete a tiempo; y el otro es un santo que ha llegado a la gloria celestial al derramar su sangre por Cristo.

Yo no soy hermano de los violadores o de los fornicadores. No soy hermano de maltratadores ni de asesinos. No soy hermano de los ladrones ni de los corruptos que se enriquecen a costa de comisiones y mordidas. No soy hermano de las madres ni de los médicos y sanitarios que matan niños en los abortorios. No, esos no son mis hermanos. No son mis hermanos los mentirosos ni los soberbios ni los explotadores. Ni tampoco son mis hermanos los que persiguen a Cristo y a la Iglesia: no son mis hermanos los liberales que pregonan la autonomía y la libertad para pecar y viven como si Dios no existiera; ni lo son los comunistas que encarcelan, asesinan y persiguen a los católicos en China, en Corea del Norte, en Cuba o en Venezuela. No son mis hermanos los blasfemos, los sacrílegos, los herejes, los apóstatas. No son mis hermanos los luteranos ni, menos aún, los mahometanos, budistas o hinduistas. No son mis hermanos quienes no reconocen a Cristo como único Señor, como Redentor y Salvador; como principio y fin de la Historia. Los idólatras de la Pachamama no son mis hermanos, porque mi madre es la Santísima Virgen María y no hay otra. Los idólatras, los paganos, los ateos… no son mis hermanos. Los enemigos de Cristo son mis enemigos. Quienes odian a Cristo y a su Iglesia y trabajan sin descanso por destruirla desde fuera y desde dentro son mis enemigos.

Son mis hermanos todos los que se conviertan a Cristo, se bauticen, profesen la fe de la Iglesia y vivan como hijos de Dios. Mis hermanos son quienes se arrodillan ante el nombre de Cristo. Mis hermanos son los santos.

No seré yo quien juzgue ni quien condene a nadie en particular. El juicio es del Señor. Yo soy un pobre pecador: seré basura, pero de Cristo. Y estoy convencido de que el único camino para la fraternidad es la conversión de todos a la única fe verdadera. Convertíos y creed el Evangelio. El que crea y se bautice se salvará. El que no crea se condenará. Por eso la Iglesia lleva más de dos mis años predicando, llamando insistentemente a la conversión, bautizando y haciendo proselitismo, porque fuera de la Iglesia no hay salvación.

La misión fundamental de la Iglesia, su ley suprema, es y debe seguir siéndo siempre la salvación de las almas. Ese es el acto más grande de amor que se puede tener con el prójimo: enseñarle el camino de la salvación para que tenga vida eterna.

Es verdad. Soy un pecador. Soy una mierda. Pero hasta una mierda como yo puede anunciar la verdad que es Cristo.

¡Viva Cristo Rey!

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