Cultura

“OBRA BIEN QUE DIOS ES DIOS, OBRA BIEN QUE DIOS TE VE” REFLEXIÓN POR SEMANA SANTA

Por: Gabriela Pacheco

Cada Semana Santa viene a mi memoria la primera vez que de niña presencié el auto sacramental de Pedro Calderón de la Barca, El Gran Teatro del Mundo. Fue mi mamá la que me llevó a ver la puesta en escena en el atrio de la Catedral de Lima a cargo de Ricardo Roca Rey. Entre los principales protagonistas estuvo Orlando Sacha como el rey con una actuación impecable; como el rico un impresionante Luis Álvarez y con un performance magistral como el pobre, Ricardo Blume. Apenas era una niña, pero quedé muy impresionada con la actitud del rico que nunca se arrepiente: Un fracasado espiritual. Soberbio y codicioso, apegado a los bienes terrenales y cuya avaricia no tiene límites. La escena de su condena me quedó grabada por largo tiempo.

El Gran Teatro del Mundo de Pedro Calderón de la Barca, es uno de los autos sacramentales más emblemáticos del Siglo de Oro español. La obra es una profunda alegoría sobre la existencia humana y el papel del ser humano en el mundo. Calderón de la Barca propone que la vida es una obra de teatro efímera, y lo que importa no es el papel que se interpreta, sino cómo se actúa. Aunque Dios (el Autor) asigna los papeles, el ser humano es libre de elegir cómo actuar, lo que en última instancia determina su salvación o condena, la redención o al castigo eterno.

Asimismo, subraya la brevedad de la vida con la imagen de una obra teatral con inicio y fin claros y definitivos, donde el vestuario (los bienes terrenales) es transitorio pues al finalizar la obra (con la muerte) se devuelve, quedando desnudos como al nacer. Durante los diálogos se recalca que al finalizar la función -o la vida- ni la riqueza, la belleza, incluso el poder terrenal, tienen valor trascendental frente a un juicio divino, siendo la caridad o el amor el único valor que prevalece.

Años más tarde regresé a verla en compañía de mis hijas, en esas oportunidades la dirección general había recaído en Luis Peirano, por encargo de la PUCP. Primero la vi con mi hija mayor y esa vez resalté la importancia del rey o soberano quien tiene la posibilidad de gobernar con prudencia y sabiduría, o inclinarse hacia el poder y la ambición. Ya en el juicio final, el rey reconoce que tuvo la responsabilidad de actuar correctamente, pero que la ambición del poder le cegó y quizás hizo más daño que bien, por eso le duele haberse equivocado. Su sincero arrepentimiento lo salva, pero deberá pasar un tiempo en el purgatorio.

La última vez que regresé a ver la obra en el atrio de San Francisco estuve acompañada de mi última hija. Ella con gran entusiasmo y precoz madurez propia de los últimos hijos, me dijo “mamá, mira al pobre, es el que más sufre”. Con una humildad y paciencia inacabable soporta todo tipo de dolor y penurias que luego será recompensado con un banquete celestial. Su personaje continuamente pide limosna y como una suerte de hilo conductor interactúa con cada personaje y espera pacientemente sin obtener caridad.  La ayuda a los necesitados es la prueba definitiva de la virtud de cada personaje y el camino hacia la salvación: “Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber;” (. . .) En verdad os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos hermanos míos, aun a los más pequeños, a mí lo hicisteis” Mt 25, 35 – 40. Así, se invita a ver a Jesús en el prójimo cada vez que un necesitado acuda por misericordia.

Hay una escena en el nudo de la obra en la que vidas de estos tres personajes se encuentran. El Pobre pide auxilio, poniendo a prueba la caridad del Rico y la justicia del Rey. El Pobre se acerca con humildad y pide una limosna, recordándonos que su papel es el de la necesidad extrema que busca mover a compasión. El Rico lo rechaza con soberbia y desprecio, totalmente absorto en su papel de opulencia y egoísmo, y falla en su misión de obrar bien. El Rey no es cruel como el Rico, su respuesta es de una caridad distante y política; su poder, aunque legítimo, lo ciega ante el sufrimiento, y falla por indiferente. Como telón de fondo escuchamos el coro que canta “Obra bien que Dios es Dios; obra bien que Dios te ve”. Es la voz del pueblo que une al público con los actores que al igual que la voz de la conciencia resuena en el interior de los personajes, recordándoles que hay una vida verdadera después de la función.

Más que por tradición familiar, cada vez que regresé a verla fue una reflexión sobre la fe y sobre cómo la vivimos en el día a día. La religión es un compromiso de vida y no una estación del año. Nuestra fe se refleja en acciones en cada momento y circunstancia de nuestro día a día; desde cómo afrontamos un dolor o la enfermedad de un ser querido; como manejamos un desempleo o ruina económica; hasta cómo superamos una partida o pena del corazón. Sobre todo, cómo nos comportamos cuando todo va bien y gozamos de posición social, salud, amor y fortuna personal, ¿nos convertimos en el Rico egoísta sin corazón, en el Rey indiferente ante el dolor del otro? ¿O le tendemos la mano al necesitado? ¿Cómo nos comportamos ante el Pobre?

Así como en la obra la fe es el gran eje transversal en cada actor, en nuestras vidas debería ser la guía para nuestra conducta y evitar que nos perdamos en la caracterización de nuestros papeles terrenales olvidando que los ropajes son pasajeros y que luego de esta vida nos espera un banquete Celestial.

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