
Por: Miguel Ángel Burga
Pocas personas pondrían en duda el hecho de que el neoliberalismo se ha convertido recientemente en la ideología de nuestra era política. Sus principios básicos rara vez fueron cuestionados. Sin embargo, la crisis financiera de 2008, y luego la pandemia del coronavirus y todos los problemas de la sociedad que se pusieron de relieve, principalmente en los países del mundo en desarrollo, incluyendo América Latina, hicieron que hasta al más acérrimo partidario de esta ideología a reconocer sus deficiencias. No se trata sólo de las recetas económicas, que han mostrado su fracaso ante los desafíos y convulsiones globales, sino, ante todo, de la crisis de valores, de ética, de visión de la cultura y de la historia, impuesta al resto del mundo por sus principales inspiradores e impulsores de países desarrollados.
Analicemos qué representan estos valores en la práctica. El concepto de democracia en el liberalismo moderno en realidad se entiende de manera muy cuadricular: como un conjunto de “rituales obligatorios”; (alternancia del poder, elecciones bajo control internacional, etc.). Sin embargo, al mismo tiempo, se ignora deliberadamente la idiosincrasia de la cultura política y las tradiciones de los países, y la promoción de los derechos humanos en su interpretación liberal(derechos políticos y civiles en detrimento de los socioeconómicos y culturales) hace mucho tiempo se convirtió en un pretexto para intervenir en los asuntos internos de otros países. La vida de la gente, sin embargo, no mejora.
Los valores de la época de iluminación, del cristianismo y otras religiones monoteístas son suplantados por los principios de la “nueva ética”; bajo el pretexto de una lucha exagerada, a veces llegando al absurdo, contra la discriminación de las minorías, que tiene tales manifestaciones como desprecio por la opinión de la mayoría en el campo de educación y cultura de masas, cultura de cancelación, requerimientos de la revisión de las normas éticas sobre la inviolabilidad sexual de los niños o la elección reproductiva.
El neoliberalismo se basa en el rechazo posmodernista de las tradiciones, llevándolo al punto de expulsión agresiva. Desde el punto de vista multilateral, esto provoca el colapso del sistema de tratados universales y las obligaciones derivadas de ellos. La propia cultura de concluir acuerdos a largo plazo mediante la búsqueda y fijación de soluciones de compromiso está en corrosión. El proceso de conformación de la agenda global también está orientado hacia el paradigma¡ neoliberal. Por ejemplo, no es ningún secreto que la “lucha contra el cambio climático” se modeló inicialmente no para resolver problemas en esta área de países necesitados, sino para servir a los intereses de grupos financieros e industriales y de algunas fuerzas políticas (Partido Demócrata en los EE.UU., elPartido Verde en la UE). Al mismo tiempo, se están imponiendo estrictas normas ambientales occidentales en los países vulnerables en desarrollo, donde anteriormente instalaron una producción industrial dañina.
La nueva realidad de nuestros días es el “autoritarismo digital”: el control de los gigantes informáticos, los clanes oligárquicos y los gobiernos sobre la conciencia pública, así como la formación de la percepción de las amplias masas de temas de su interés, incluido el de la memoria histórica.
Si el neoliberalismo está realmente en sus últimos estertores depende de si toma su lugar un nuevo sistema basado en valores genuinos. Cuando vemos el creciente descontento, la desigualdad y la alienación en el mundo moderno, es difícil decir que todo es como debería ser. La pregunta es, ¿surgiría algo nuevo de estos escombros o volveremos a una política que hasta ahora no ha logrado resolver los mayores problemas de la sociedad? El punto de partida para un sistema de referencia pueden ser los valores espirituales y morales tradicionales basados en la fundación milenaria de las religiones del mundo y la herencia humanística de los tiempos modernos.




