La columna del Director

NADA QUE CELEBRAR

Por: Luciano Revoredo

En 1921 el Perú celebró el centenario de la independencia. Fue tal vez la más grande celebración que Lima recuerde. Gobernaba Leguía y la fiesta que se vivió fue memorable.

Para la ocasión se inauguró la bellísima Plaza San Martín, las diversas legaciones diplomáticas se sumaron a las celebraciones, llegaron representaciones de muchos países amigos, se inauguró diversos monumentos y fueron muchos los regalos que recibió la ciudad de los diversos gobiernos extranjeros y de las colonias residentes en el país. El Museo de Arte Italiano es tal vez el más notable y fue un obsequio de la colonia de italianos, el reloj del Parque Universitario por parte de los alemanes, la magnífica fuente del Parque de la Exposición por los chinos, el monumento a Manco Cápac en La Victoria construido por los japoneses, el Arco Morisco que estaba a la entrada de la avenida Arequipa y que lamentablemente fue demolido y la Estatua de la Libertad de la Plaza Francia, obviamente donada por los franceses.

Las fiestas fueron fastuosas, la gente celebró durante varios días al grito de ¡Viva el Perú!, disfrutaron de las iluminaciones, hubo ferias, los diarios y revistas lanzaron grandes ediciones especiales, en fin, el Perú fue una fiesta.

En 1971 celebramos el sesquicentenario, es decir los ciento cincuenta años. Lamentablemente esa celebración se vio empañada por el gobierno socialistoide de Velasco. Se trató de instrumentalizar la fiesta nacional para llevar agua a su molino. La exaltación de la figura de Túpac Amaru, el discurso nacionalista y la promesa de la “segunda independencia” fueron lo más resaltante. Sin embargo, hay que destacar que se editó la estupenda colección de Fuentes Documentales de la Independencia del Perú y la edición facsimilar del Mercurio Peruano. En cuanto a otras celebraciones, la mayoría fueron de carácter militar y se inauguró el monumento a los Próceres en Jesús María.

El inexorable paso del tiempo nos condujo al bicentenario. Estamos a pocos días de recordarlo. Lamentablemente no hay nada que celebrar.

En los últimos cinco años hemos tenido dos presidentes y dos encargados de la presidencia, es decir cuatro cambios en el gobierno. Todo un récord. La corrupción ha campeado como nunca, la república es un fracaso.

Como si todo eso fuera poco, la pandemia del COVID se ha ensañado con los peruanos y pronto llegaremos al cuarto de millón de muertos. Las perores cifras del mundo gracias a la corrupción, la mentira y la indolencia de Martín Vizcarra, un prócer en la Historia de la Infamia.

Así llegamos al bicentenario, con el añadido de la incertidumbre y la indignación generalizada ante las irregularidades, la manipulación y el fraude evidente que se ha cometido en las elecciones, lo que nos ha llevado a que ad portas de lo que debiera ser la transmisión del mando y el inicio de un nuevo gobierno, aún no se pueda proclamar a un presidente legítimo y legal.

Esa es la realidad. El desánimo es general ante el futuro incierto, sin duda vivimos el ambiente menos propicio para la celebración de tan señalada efemérides. Estando así las cosas, no hay nada que celebrar.

 

Publicado originalmente en el diario La Razón

Dejar una respuesta