
Como dice el refrán, “no hay novia fea ni muerto malo”, una expresión que, con un toque de humor, nos recuerda cómo la muerte tiende a suavizar las críticas y a embellecer los recuerdos. La reciente muerte de José “Pepe” Mujica, expresidente de Uruguay, el pasado 13 de mayo, ha desatado una ola de tributos que lo pintan como un símbolo de humildad y progresismo. Sin embargo, detrás de esta imagen idealizada se esconde un pasado oscuro que no puede ser ignorado.
Mujica, un exguerrillero Tupamaro, participó en acciones violentas que incluyeron asesinatos de policías, secuestros y robos, dejando un legado marcado por la sangre y la controversia, comparable al de Antauro Humala o Polay Campos en el Perú, quienes también que también derramaron sangre policial en nombre de sus ideales.
Pepe Mujica no fue solo el presidente austero que vivió en una chacra modesta entre 2010 y 2015. Antes de eso, fue un miembro activo del Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros (MLN-T), un grupo guerrillero fundado por Raúl Sendic Antonaccio en 1963.
Sendic, un abogado marxista que comenzó organizando a trabajadores rurales, radicalizó su lucha en los años 60, inspirado por la Revolución Cubana, y lideró a los Tupamaros en una campaña de violencia urbana contra el gobierno uruguayo. Mujica se unió al movimiento y participó en acciones como la Toma de Pando en 1969, un operativo donde los Tupamaros ocuparon la ciudad, tomaron bancos y estaciones policiales, y mataron al sargento Enrique Fernández Díaz y a un civil Carlos Burgueño. Sendic fue capturado durante este episodio, pero logró escapar en 1971 junto a Mujica y más de 100 Tupamaros de la prisión de Punta Carretas, a través de un túnel, en una fuga que se convirtió en leyenda. Historia que también recuerda la fuga de Polay de la prisión.
Sendic fue recapturado en 1972 tras un tiroteo que lo dejó gravemente herido, y pasó 12 años en prisión hasta su liberación en 1985. Mujica también enfrentó la cárcel, arrestado varias veces por su participación en acciones violentas, incluyendo un tiroteo en 1970 donde hirió a dos policías, y fue condenado por el asesinato de otro agente en 1971. Pasó 13 años preso hasta su liberación en 1985. Mientras Sendic murió en 1989, Mujica transformó su pasado en un trampolín político, llegando a la presidencia sin haber trabajado formalmente nunca, viviendo de la política y de tierras en Rocha que, según críticos, obtuvo mediante pactos con los militares que traicionaron a sus propios compañeros.
Su gobierno legalizó el aborto y la marihuana, decisiones que polarizaron a Uruguay y chocaron con los valores tradicionales de muchos ciudadanos.
La muerte de Mujica no puede borrar su pasado como asesino a sangre fría, ni las divisiones que dejó su presidencia. El refrán podrá embellecer, pero la historia no miente: Mujica fue un hombre de contradicciones, y su legado está manchado de sangre de inocentes y violencia insana.







