
Por: Gabriela Pacheco
Desde niña me ha apasionado leer cuentos de hadas que me entretenían y me llenaban de fantasía creyendo que algún día haría realidad todo lo que creaba mi cabeza. Ya mayor aprendí que los cuentos encierran gran valor de enseñanza y que a través de metáforas los niños aprenden naturalmente conceptos morales para su vida futura; a la vez que ayudan a comprender el mundo nos alimentan la imaginación haciendo una conexión natural entre lo real y lo maravilloso. De igual forma, muchos de ellos nos ayudan a enfrentar miedos; otros a resolver conflictos; unos nos dejan mensajes sobre la justicia, la honestidad, la bondad y la perseverancia, y siempre nos enseñan algo.
Es en este sentido, cuando la primera vez que vi en el cine Mary Poppins, quedé asombrada, era más de lo que se pudiera esperar. Desde su estreno en 1964, Mary Poppins, dirigida por Robert Stevenson y basada en las novelas de P. L. Travers (1934), ha sido vista como un clásico del cine infantil. Sin embargo, bajo su apariencia encantadora y musical, la película contiene una profunda reflexión sobre el papel de la mujer en la sociedad y el verdadero poder femenino. Aunque la historia se sitúa en un momento histórico marcado por el movimiento sufragista británico, – cuando las mujeres luchaban por obtener derechos civiles y políticos – el eje principal de la historia no es sobre la reivindicación de la mujer en la sociedad; por el contrario, se trata sobre unos niños adinerados pero desatendidos por sus padres que buscan una armonía familiar.
En la película el padre, George Banks, trabaja en un banco, mientras que la madre, Winifred Banks, sale de su hogar por la lucha sufragista. En ese escenario familiar, llega Mary Poppins, la institutriz que rompe con lo esperado. Sin ser madre o esposa, ella es quien educa y guía a los niños, sana el vínculo con el padre y mejora el hogar, como diría Blanca Castilla “Toda mujer es madre de la vida, en cuanto la humaniza”. Es una mujer independiente que entra en la casa con sus propias reglas, ejerciendo autoridad sin violencia y transformando el ambiente desde dentro. Aunque su principal responsabilidad es encargarse de los niños, ella se convierte con delicadeza en un eje restaurador de la armonía hogareña. Su poder es simbólico, pero prevalece la autonomía, inteligencia y autoridad moral de la figura femenina. Es la irrupción de la pedagogía del corazón frente a la pedagogía de la disciplina. el señor Banks enseña con reglas, ella enseña con imaginación. En términos teológicos y simbólicos, podríamos decir que Mary Poppins encarna una forma de “sabiduría del espíritu”, un saber que no viene de la autoridad, sino de la intuición.
El feminismo de Mary Poppins está implícito y se basa no en la confrontación política sino en la transformación moral, convirtiéndose en una figura de emancipación silenciosa. De esta manera demuestra que la autoridad femenina no necesita ni la fuerza impositiva ni el poder político para conseguir construir un mundo mejor. Mary Poppins simboliza hoy la posibilidad de humanizar el mundo sin destruirlo sin confrontaciones ni luchas. El feminismo de Mary Poppins no grita, sino que educa.
Hay muchas escenas memorables llenas de color e imaginación donde apreciamos la vigencia del amor en la educación de los niños. Mary Poppins se convierte en metáfora de un nuevo orden, donde la ternura y la imaginación tienen tanto poder como la razón y la disciplina.
Lejos de las figuras estelares de la época, las cuales aspiraban a ser admiradas por su belleza física, Mary Poppins es admirada por su belleza interior. Su poder no reside en ser mirada, sino en mirar: ella observa, corrige y dirige. Poseedora de una gran inteligencia emocional reestablece el equilibrio familiar con gracias sin imposiciones y con alegría, donde la ternura sustituye a la jerarquía. En este sentido, Mary Poppins no lucha contra el patriarcado con discursos militantes, sino con ejemplo, autonomía y una pedagogía del cuidado que revela el verdadero poder de lo femenino.
El feminismo que atraviesa la película es sutil pero profundo. No busca abolir la diferencia de géneros, sino equilibrar sus fuerzas. En última instancia, Mary Poppins nos enseña que el verdadero poder no está en dominar, sino en educar, cuidar y transformar, gestos que, lejos de ser “menores”, son los cimientos de toda civilización. En una época donde la mujer era vista como complemento del hombre, Mary Poppins representa una nueva posibilidad: la de la mujer autónoma, sabia y justa, capaz de conducir el cambio desde la ternura y la imaginación. Así se convierte en un símbolo de la irrupción de lo femenino, lo espiritual y lo transformador.
Su llegada anuncia una renovación interior: la familia se transforma, el padre se ablanda, los niños aprenden a amar. La escena final, la evolución del señor Banks —cuando ríe, juega con su cometa y abandona su rigidez— constituye la verdadera revolución del relato. El cambio del hombre es el fruto de la acción femenina: Mary Poppins, como alegoría del principio femenino del orden, convierte la autoridad en cuidado y la disciplina en armonía.
Muchas de nosotras a veces podemos sentir que no alcanzamos grandes metas en la sociedad, que no llegamos a ser grandes impulsadoras de cambios radicales o que apenas estamos haciendo lo nuestro. Pues deberíamos tener presente que el poder femenino no reside en enfrentarse con los hombres intentando ser otro hombre; más bien seamos conscientes de que el poder femenino es un soplo invisible que reordena el ambiente donde estamos con elegancia, ternura y sabiduría. El verdadero feminismo es la transformación silenciosa que actúa muchas veces sin ser visto, pero que hace un cambio. El verdadero poder femenino no está en negar lo masculino, sino en equilibrarlo. En este sentido, Mary Poppins representa la madurez del feminismo: cuando ya no necesita demostrar, sino ser.
En definitiva, si en este siglo XXI la mujer quiere encontrar el lugar que en justicia le corresponde en la sociedad, no debe, en nombre de una pretendida “liberación del dominio del hombre” apropiarse de las características masculinas, en contra de su propia “originalidad” femenina. Ello le conduciría a deformar y perder lo que constituye su riqueza más esencial. Por el contrario, se trata de potenciar a nivel público y privado gran parte de las actitudes que, tradicionalmente, han constituido el espacio social de la mujer. Se trata, de asumir el desafío de construir una sociedad con madre y una familia con padre. La contribución activa del varón en estos cambios es, ciertamente, un eslabón fundamental. Sólo así la sociedad y la familia podrán convertirse en el lugar donde se respete y promueva la dignidad de cada persona.





