
Por: Rene Rodriguez
Vivimos en una época paradójica; nunca antes la humanidad había tenido tanto conocimiento médico, tanta tecnología, tantos medicamentos y tanta capacidad para diagnosticar enfermedades; sin embargo, nunca antes la medicina había estado tan expuesta a convertirse en algo distinto de lo que debería ser: una búsqueda permanente, crítica y humilde de la verdad.
El problema no es la ciencia, el problema comienza cuando la ciencia deja de ser un método para investigar la realidad y se transforma en una autoridad incuestionable. Cuando el experto deja de convencer con argumentos y empieza a exigir obediencia, cuando cuestionar una conclusión deja de ser parte del debate científico y comienza a ser interpretado como un acto de irresponsabilidad o ignorancia. En ese momento, la ciencia corre el riesgo de convertirse en dogma.
La ciencia no es un conjunto de verdades eternas. Es un método imperfecto creado precisamente porque los seres humanos podemos equivocarnos. Una hipótesis se formula, se investiga, se somete a prueba, se critica y, si aparecen nuevos datos, puede ser modificada o incluso abandonada. Por eso resulta contradictorio escuchar frases como “la ciencia dice” utilizadas como si la ciencia fuera una persona que hubiera pronunciado una sentencia definitiva.
¿Pero qué ciencia? ¿Qué estudio? ¿Qué metodología? ¿Qué población fue analizada? ¿Qué conflictos de interés existían? ¿Los resultados son clínicamente relevantes o simplemente estadísticamente significativos? ¿Existen investigaciones que contradicen esas conclusiones?. Hacer estas preguntas no es estar en contra de la ciencia. Es, precisamente, practicar ciencia; sin embargo, en la medicina moderna se ha desarrollado una peligrosa tendencia: sustituir la discusión crítica por el argumento de autoridad. “Los expertos ya decidieron”, “las guías lo recomiendan”, “el consenso científico está establecido”; pero ningún consenso, ninguna guía y ningún experto pueden sustituir completamente al pensamiento crítico.
Necesitamos expertos. Sería absurdo pensar que cualquier persona posee el mismo conocimiento que un médico, un cirujano, un epidemiólogo o un investigador con décadas de experiencia, pero reconocer la importancia de la experiencia no significa convertir al experto en una figura infalible. La historia de la medicina demuestra que incluso las personas más brillantes se equivocan; durante décadas existieron prácticas médicas consideradas correctas que posteriormente fueron abandonadas, tratamientos recomendados por autoridades prestigiosas terminaron demostrando ser inútiles o perjudiciales.Esto no significa que la medicina sea inútil, todo lo contrario, demuestra que su mayor fortaleza es la posibilidad de corregirse.
El problema aparece cuando una institución protege tanto su autoridad que la rectificación se vuelve difícil. Entonces, reconocer un error comienza a considerarse una amenaza para el prestigio institucional. Y allí nace el dogmatismo.
La ciencia necesita especialistas, pero también necesita críticos. Necesita consenso cuando la evidencia es suficientemente sólida, pero también necesita personas dispuestas a preguntar si ese consenso continúa siendo válido. Una comunidad científica donde todos repiten lo mismo puede parecer unida. Pero no necesariamente está más cerca de la verdad.
La medicina basada en evidencia y sus límites
La medicina basada en evidencia representó uno de los grandes avances intelectuales de la medicina contemporánea. Su objetivo era superar las decisiones basadas únicamente en tradición, autoridad o experiencia individual, pero con el tiempo, algo cambió. En muchos espacios, “medicina basada en evidencia” comenzó a interpretarse erróneamente como “obediencia a protocolos”. Y un protocolo puede ser extraordinariamente útil, pero jamás debería sustituir completamente al juicio clínico. La propia literatura médica ha advertido sobre esta crisis. Autores de The BMJ han señalado que la medicina basada en evidencia puede verse distorsionada por intereses económicos, conflictos de interés, investigación comercial y una producción excesiva de guías difíciles de aplicar a pacientes reales.
El paciente real no siempre se parece al paciente incluido en un ensayo clínico, tiene otras enfermedades, toma varios medicamentos, pertenece a otro grupo de edad o posee circunstancias sociales y psicológicas particulares;por ello, aplicar mecánicamente una recomendación puede ser tan peligroso como ignorarla. La evidencia debe orientar al médico, pero el médico debe seguir pensando.
Existe además una pregunta incómoda que rara vez se plantea con suficiente fuerza: ¿quién decide qué se investiga?. La ciencia necesita recursos, los ensayos clínicos, los laboratorios y las grandes investigaciones requieren financiamiento, pero el financiamiento nunca es completamente irrelevante. Quien financia puede influir en las preguntas que se realizan, puede determinar qué medicamentos se investigan, qué enfermedades reciben mayor atención y cuáles son los desenlaces considerados importantes. Esto no significa que toda investigación financiada por la industria sea falsa; sería una simplificación absurda, pero sí significa que los conflictos de interés deben ser reconocidos y vigilados. La literatura médica ha documentado cómo los intereses comerciales pueden afectar las agendas de investigación, la publicación de resultados y la presentación de determinadas intervenciones como científicamente incuestionables. El problema no es la existencia de intereses, en toda sociedad existen intereses; el problema comienza cuando pretendemos que no existen.
Uno de los mayores riesgos de la medicina moderna es la transformación del médico en un simple ejecutor de algoritmos.La inteligencia artificial, las guías clínicas y los sistemas de soporte pueden ayudar enormemente. Pero la medicina no puede reducirse a una serie de casillas que deben marcarse, un paciente no es un promedio estadístico.Dos personas con la misma enfermedad pueden necesitar decisiones diferentes, la estadística nos proporciona probabilidades, pero no elimina la individualidad. La medicina basada en evidencia, entendida correctamente, nunca pretendió eliminar el juicio clínico; al contrario, la mejor evidencia debe integrarse con la experiencia profesional y con los valores y circunstancias del paciente, precisamente la literatura sobre la crisis de la medicina basada en evidencia ha reclamado un retorno a una práctica más personalizada y centrada en el enfermo. Pero cuando la burocracia sanitaria transforma una recomendación en una orden incuestionable, el médico pierde autonomía y el paciente pierde individualidad.
Tal vez estemos asistiendo al nacimiento de una nueva forma de religión secular: la religión de los expertos. Sus templos son las grandes instituciones, sus textos sagrados son los documentos oficiales, sus sacerdotes son los especialistas certificados, y su mayor pecado es cuestionar públicamente una conclusión aceptada. Por supuesto, esta comparación no significa que la ciencia y la religión sean equivalentes. Significa algo más sencillo: cualquier institución humana puede caer en el dogmatismo cuando deja de aceptar la crítica. La diferencia fundamental entre ciencia y dogma debería ser precisamente esta: el dogma protege una conclusión; la ciencia debe estar siempre dispuesta a ponerla a prueba. Cuando una institución responde a una pregunta razonable con censura, desprestigio o intimidación, ya no está defendiendo necesariamente la ciencia, puede estar defendiendo simplemente su autoridad.
La medicina necesita recuperar una virtud fundamental: la humildad. El médico debe poder decir “no sé”, el investigador debe poder admitir que su hipótesis fue equivocada, una institución debe poder reconocer un error sin sentir que todo su prestigio se derrumba. Porque equivocarse no destruye la ciencia, negarse a corregirse, sí. Necesitamos mejores médicos, mejores científicos y mejores expertos; pero, sobre todo, necesitamos expertos que comprendan que su conocimiento no les concede infalibilidad,la autoridad debe nacer de la calidad de los argumentos, no del miedo a cuestionar. La verdadera medicina no necesita ciudadanos obedientes ni médicos que repitan protocolos como fórmulas sagradas, necesita personas capaces de estudiar, preguntar, debatir y corregir; porque la ciencia, cuando es verdaderamente ciencia, nunca debería decir: “No preguntes”, sino debería decir algo mucho más difícil, pero también mucho más honesto: “Preguntemos. Revisemos los datos. Y si la evidencia demuestra que estábamos equivocados, tengamos la valentía de cambiar”.





