
Por: Fabián Rodríguez
Durante las últimas semanas concurrieron diversos hechos de importancia pública que lanzaron a la palestra el tema de la libertad de expresión e información, derechos elementales para la práctica periodística. Durante mucho tiempo se ha sostenido, sin mayores polémicas, una libertad casi ilimitada para los periodistas de diverso rubro, pero quienes resultan beneficiados y defendidos, ciertamente, están bajo cierto paraguas ideológico. De igual manera, se ha condenado toda querella contra periodistas, escenificando una especie de persecución, aún cuando dichas denuncias sí son justificadas. El núcleo de estas incongruencias yace en la naturaleza de la labor periodística, y el anclaje de la libertad de expresión, ambas proposiciones que implican cierta esencialidad, tan incompatible con la modernidad, y las arenas movedizas conceptuales a las cuales nos acostumbra el discurso de moda.
Ahora, como letrado en Derecho, me encuentro desprovisto de cierta idealización que he testificado en egresados de la carrera de periodismo, o comunicación social en mi alma máter, la San Marcos. Es decir, la idea de que sólo un periodista formado universitariamente puede ejercer el periodismo, e íntimamente conectada a esto, que los periodistas son una especie de clase espiritual incorruptible, sin ideas e intereses preestablecidos. Así que, como es evidente, toca sostener lo contrario a estas afirmaciones: un periodista es aquel que reporta sobre hechos constatados de interés público, sin importar si es o no de algún claustro universitario; y dichos periodistas, como todos, son falibles, y a veces, cegados por sus ideologías. Intentaré desarrollar mis tesis en este marco de entendimiento.
Si hablamos del trabajo periodístico, la tecnología ocasiona una expansión nunca vista. Cada vez más rubros surgen de diversas redes sociales y plataformas de streaming o video, periodistas que, con formación autodidacta y fuentes en diversos sectores, contentan a una nueva audiencia que tienen un poder de selección apabullante, y un abanico de opciones casi infinito. La noción de línea editorial institucional se debilita ante un egresado con números de funcionarios en algún ministerio que es capaz de empaquetar videoreportajes de forma llamativa, por ejemplo. Ya no contamos con predictibilidad, pues a cada nuevo youtuber consagrado le corresponderá una serie de sesgos y tendencias que no se reflejan en actuación institucional, sino en pensamientos personalísimos; así también, el algoritmo nos orilla a intereses e ideas afines, desarrollando cámaras de eco.
En cierto sentido, la democratización de la labor periodística, si se puede llamar así al fenómeno que describo, no contribuyó a la formación cívica, sino a la polarización y a la posverdad. Un trabajo meramente de reporte pasó a ser el reforzamiento de la narrativa simpática a las ideas del reportero, y a las de sus oyentes. Con esto, no se afirma que la televisión de hace unas décadas era imparcial, en cambio, los sesgos que antes se limaban con la necesidad de al menos parecer imparcial se han vuelto el gancho para conseguir un público atento.
La raíz de esta confusión está en el concepto de verdad, e incluso, de lo que el periodismo actual busca hacer con la verdad. Definamos verdad acorde a la tradición intelectual imperecedera, esto es, la que la toma como adequatio rei et intellectus, es decir, la adecuación del intelecto a la realidad. Así, la naturaleza del periodismo es reportar la verdad en asuntos públicos, en virtud de que es tal; no, como se ha escuchado en ciertos espacios, para molestar o incomodar al poder de turno. Interpretarla así genera un uso de la verdad como arma arrojadiza, y niega los matices de todo hecho noticioso que, vinculado a su realidad, pueda tener más aristas de lo que convenga reportar al que tiene militancia con ciertos ideales.
Entonces, este uso armamentístico de la verdad que comento, puede ser evitado a través de la formación del hábito de la prudencia, virtud necesaria para la profesión de las leyes tanto como el periodismo. Consiste en disponer la razón práctica para discernir en toda circunstancia el verdadero bien y a elegir los medios rectos para realizarlo. Esto implica, primero, tener claro el bien, lo cual en la práctica periodística debe estar asociado a la relevancia del asunto público y al cambio que se plantea hacer al echar luz a la problemática. Tal vez un hecho verídico y constatado no debe tornarse conocido porque causa más daño del que se piensa remediar. Segundo, implica asumir la verdad como ocurrió, y no reportarla a medias, según la conveniencia de la narrativa. Puede ocurrir que un caso de corrupción tenga más elementos procesales que pongan en duda la tesis fiscal, y dependerá de la prudencia del periodista reportar cuánto de esto, o darle protagonismo, incluso.
De esta forma, se forman ciertos criterios indispensables que dada la explosividad de la transición televisión a web, se están dejando de lado. No podemos ni debemos plantear un número indeterminado de normas, ni tampoco asumir que sujetar a periodistas a un colegiado y a un juicio deontológico aumentará la calidad de sus reportes. Debemos reclamar la formación de la prudencia, y tomar nota de quienes la niegan, usando el periodismo como un brazo más de propaganda política. En la segunda parte, se analizará lo que es libertad de expresión e información, y si su aplicación resulta coherente.





