La columna del Director

MANDILES ROSADOS: CRÓNICA DE UNA CLAUDICACIÓN

Por: Luciano Revoredo

El concepto clásico y arquetípico asocia al militar con lo heroico. Con aquel que está dispuesto al sacrificio supremo por la causa que lo lleva a luchar.

Siempre se ha ligado esta idea a figuras épicas como la de Alejandro Magno o en nuestro país a Bolognesi, Quiñones o Grau. Se ha exaltado su temeridad, su arrojo, su inteligencia estratégica, su capacidad de estar en primera línea afrontando el peligro.

En tiempos más recientes que algunos han llamado postheroicos, los militares se han vinculado más a la sociedad y han cumplido labores no necesariamente de guerra. Sin embargo, no deben jamás desterrar los ideales que han de animar la vida militar. Esto es evidente ya que el tipo de conflictos puede haber evolucionado, pero su deber de defender a la sociedad y la patria no ha variado.

El mundo globalizado y tomado ideológicamente por la progresía aborrece al ideal heroico. Quieren ejércitos controlados por la ideología de género, jefes sin autoridad, jerarquías sin poder, democratismo en las decisiones; es decir todo lo contrario a lo que debiera aspirar como ideal la vida militar en la que deben primar la autoridad, la jerarquía y el orden, siempre al servicio de la patria.

Nada más cómodo para el avance del progresismo que universidades y escuelas tomadas ideológicamente, medios de comunicación controlados, masas ignorantes y militares sumisos y sometidos, capaces de marchar no tras la sagrada bandera por la que juraron dar la vida, sino tras la deplorable divisa del arco iris bien fajados por un mandil rosado.

Efectivamente, la escena que todos pudimos ver, hace tres años en que los más altos mandos militares aceptaron posar con mandiles rosados, con una ministra de lamentable e infame recordación, es un claro ejemplo de esa claudicación frente a la arremetida progresista.

Ese momento marca de modo indeleble la historia reciente de las Fuerzas Armadas del Perú. Constituye una afrenta y una traición al uniforme que la patria les entregó. En necesario  recordar que el uso del uniforme está regulado, en todos los casos, por un reglamento y que en aquella ocasión los protagonistas de aquella vergonzosa escena debieron expresar su negativa a colocarse los mandiles. La política está hecha de gestos y en esa ocasión la ministra los utilizó maliciosamente en favor de su causa.

La vida militar tiene por fin la salvaguarda de los derechos, el orden constitucional y el mantenimiento frente a toda forma de agresión de un espacio de respeto a la patria, la tradición, la vida, la familia y la libertad. En estos tiempos de batalla cultural han de ser los custodios de la dignidad humana frente a los ataques del neomarxismo, esto implica que nunca y en ninguna circunstancia pueden ser funcionales a los avances ideológicos del progresismo.

El momento requiere de nuevas formas de heroísmo, de militares dispuestos a retomar los ideales por los que sus mayores dieron la vida, de actitudes de profunda dignidad y de una absoluta convicción y compenetración con los valores propios de sus instituciones.

 

Artículo publicado originalmente en el suplemento CONTRAPODER del diario Expreso

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