Cultura

LO QUE OLIVIA SE LLEVÓ

Por: Andrés Valle Mansilla

El 25 de julio falleció una de las actrices más recordadas por los amantes del cine: Olivia de Havilland. Luego de una longeva vida entregada al mundo de la actuación en el cine, teatro y televisión. Cualquier persona no llega a los 104 años ni perece por causas naturales como en el caso de ella, por lo que, como cinéfilo, me veo en la necesidad de rendirle tributo a una mujer que fue leyenda viva gracias a su obra interpretativa. Con su desaparición se va definitivamente la última superviviente de la época dorada de Hollywood y todo un referente para el mundo de la actuación, lo cual no es una exageración si se aprecian sus películas y series.

Conocida fue su rivalidad y distanciamiento con su hermana Joan Fontaine (se llamaba así pues decidió llevar el apellido de soltera de su madre), también actriz y ganadora del Óscar. Según la información recogida en la red, la pelea entre ambas se inició desde la niñez, especialmente tras la separación de sus padres mientras vivían en Tokyo, ciudad donde ambas nacieron. Desafortunadamente nunca hubo reconciliación entre ambas ya que Joan falleció en 2013 y Olivia llegó a decir sobre su relación con ella lo siguiente: «Olivia es un león, y yo un tigre; y la ley de la selva dice que no podemos llevarnos bien». Definitivamente ambas eran de temperamentos incompatibles que colisionaban permanentemente y ello puede explicar la ruptura de la relación.

Formó pareja cinematográfica en varias películas con Errol Flynn, el mayor actor del cine de aventuras, especialmente de vaqueros y piratas (muchos años antes que Johnny Depp) como “El capitán Blood”“Las aventuras de Robin Hood” y “Murieron con las botas puestas”, todas obras emocionantes y notables que fueron forjando su imagen de mujer noble, frágil y abnegada, pero no débil ni sumisa. Esta imagen se consolidó para la eternidad con su papel de Melanie Hamilton en “Lo que el viento se llevó”, la obra maestra del productor David O. Selznick (quien trajo de Inglaterra a un joven Alfred Hitchcock).

Esta producción merece una mención especial. Siempre me pregunté por qué tanta admiración a dicha película, especialmente durante los comentarios que escuchaba en familia y en la televisión y me decían que era una historia de amor que se desarrollaba al plena Guerra de Secesión, un episodio históricamente ajeno a Perú, pero decisivo en el desarrollo social, legal y económico de la hoy potencia norteamericana. El hecho de que tuviera 4 horas de duración me hacía pensar que era la típica “peli para viejos” incluso si era a color. Bueno, todos esos prejuicios se desvanecieron cuando la vi completa a los 22 años. La emoción que me produjo la historia, el trabajo técnico y artístico y los galardones que recibió por parte de la Academia me hicieron entender y ratificar el por qué los cinéfilos exigentes dicen que quien no ha visto esa película no sabe de cine.

Pese a que el productor Selznick estaba a punto de pedirle a Olivia que personificara a Scarlett O’hara ante la enorme dificultad de encontrar una actriz que encarnara dicho papel, la aparición de la entonces desconocida Vivien Leigh transformó la historia en un drama apasionado e intenso, pues si bien De Havilland era una gran actriz, no tenía la presencia ni la personalidad de la inglesa Leigh, quien con su imponente belleza interpretó de manera inmejorable a la caprichosa esposa de Rhett Butler (Clark Gable en su papel más célebre). Aun así, Olivia interpretó a la noble Melanie de manera convincente, que muchos todavía la recuerdan por ello, pues no se dejó opacar por Leigh.

Otra película donde Olivia se muestra en la plenitud de su talento es “La heredera”, adaptación de la novela Washington Square de Henry James, donde interpreta a una solterona cortejada por un vividor rechazado por su perfeccionista padre a mediados del siglo XIX. La mayor parte del filme se desarrolla en un solo escenario y pese a ello, el director William Wyler (el de “Ben-Hur”) narra la historia llevada con buen pulso y mostrando la progresiva transformación del personaje: de joven tímida e inocente a mujer fría y cruel, como víctima del desamor, la traición, el desprecio y el dolor que la harían decir hoy en día “¡detesto a todos los hombres!”. Podría decirse que todos los registros dramáticos en el cine se dan cita con la actuación de Olivia en este magistral filme, cuya actuación hoy es considerada modélica y que le llevó a ganar un segundo Óscar.

A partir de los años 50 sus apariciones en el cine fueron menos numerosas y más aún en los 60 y 70, ya que alternó entre el teatro y la televisión. A partir de los 40 años fijó su residencia en París, lejos de los paparazzis, y en sus últimos años recibió importantes reconocimientos, entre ellos el de Dama del Imperio Británico por la reina Isabel II y Caballero de la Legión de Honor, por el presidente de la República Francesa Nicolás Sarkozy.

Al igual que con el también longevo Kirk Douglas, fallecido a los 102 años, 5 meses antes, Olivia de Havilland nos deja un legado de películas valiosas que son producto de una época irrepetible, en la que Hollywood era la fábrica de ilusiones donde se combinaban arte y entretenimiento con guiones impagables que, sin dejar de ser reflejo de su tiempo, muestran que “lo que el tiempo se llevó” no se aplica a los clásicos que hoy podemos admirar y revalorar, sin importar la indefendible supresión de la película de Selznick en el catálogo del canal HBO en tiempos de Black Lives Matter, corrección política liberal y coronavirus.

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